El fascismo desde México

1. [1922] Más que nada hombre astuto, Mussolini supo aprovecharse de la pasión popular. En la crisis consiguiente a la movilización de las tropas, Mussolini organizó a un grupo de jóvenes de los cuales casi todos habían sido soldados, con quienes presentó resistencia armada a las uniones rojas. A esta organización le llamó Fasci di combattimento y a sus miembros Fascisti. Es decir, Haces de combate. […]

Los Fascisti procedieron a ejecutar los ideales de su símbolo. Formaron un grupo compacto que se administraba la justicia por su mano, y ejercieron la autoridad que habían conquistado gracias a sus revólveres, sus garrotes, sus granadas de mano, su preparación militar del frente. Arrojaron a los obreros de las fábricas y desbarataron por métodos violentos las pequeñas asociaciones agrícolas. La violencia llegó contra los ayuntamientos y concejos locales. Y no bastando esto, incendiaron los periódicos y destruyeron la maquinaria y los edificios. Sobra decir que de las asociaciones comunistas no quedó nada. Se libraron batallas entre Socialistas y Fascisti. La acción de éstos se encuentra fuera de la ley. Miles de obreros han dejado sus antiguas reuniones y se han visto obligados a unirse a sus enemigos. La Confederación Italiana del Trabajo ha visto disminuidos sus miembros en un cincuenta por ciento y el número de los Fascisti aumenta sin cesar. […]

La cuestión es ahora controlar a los Fascisti. Mussolini parece dispuesto a realizar los ideales fascisti por medio pacíficos, abandonando los métodos de fuerza bruta. Pero sus hombres han probado la sangre y es difícil domesticarlos y hacerlos pasar por el aro en política.

Sin embargo, cuando tratan de llevar a cabo algún proyecto, en el Parlamento tienen dificultades. En la Cámara italiana los socialistas controlan cerca del treinta por ciento de los votos. Hay, además, ultraconservadores, liberales, el partido popular católico, los demócratas libres y los demócratas sociales (el viejo partido radical) y aún otros pequeños grupos.

Los Fascisti tienen pues, actualmente, un triunfo ocasional. Pero nada demuestra que tengan razón, ni que ofrezcan la verdadera solución al problema italiano.

2. [2022] En su biografía de Benito Mussolini, Antonio Scurati da cuenta del inicio marginal del fascismo en Italia, de su auge tan veloz como feroz, de su ascenso al poder para más tarde barrer con el Estado de derecho y las libertades democráticas. Para lograr ese golpe fue clave una operación política y legal: la reforma electoral impulsada desde y a conveniencia del poder […] “Mussolini puede mantener en el ojo del huracán al Parlamento con la amenaza de la violencia y su disolución, pero cuenta con sólo treinta y seis diputados fascistas. Para que su poder se vuelva estable y absoluto, harían falta nuevas elecciones y una ley electoral que le garantizara una mayoría granítica, un control total sobre los aliados pendencieros y sobre los fascistas disidentes. Por eso, desde febrero, no se habla de otra cosa: la reforma electoral”. Los fieles al Duce estudian escenarios y, para abril de 1923, él se decanta por “una ley que otorga dos tercios de los escaños parlamentarios al partido que supere el veinticinco por ciento de los votos, probablemente el partido fascista”. Sin embargo, el padre Sturzo, fundador del Partido Popular de corte católico, con ciento diez diputados, y hasta ese momento aliado del fascismo, prefiere la ley que contempla la fórmula proporcional para integrar el Parlamento. La anhelada sobrerrepresentación de Mussolini choca, por un momento, con un dique legislativo.

Lo anterior no obsta para que el 15 de julio se consigne: “La comisión parlamentaria ha aprobado por sorpresa el proyecto de ley propuesto por [el diputado fascista Giacomo] Acerbo que prevé la asignación de dos tercios de los escaños a la lista que obtenga una mayoría relativa y, si el hemiciclo no lo rechaza ahora, las próximas elecciones podrían ser las últimas”.

El Partido Popular, el más numeroso, debe ser el principal contrapeso. Mientras tanto, los liberales encabezados por Giovanni Gigliotti, quien había sido cinco veces presidente de gobierno, “han decidido aceptar el monstruoso sistema electoral propuesto por Acerbo, abrigando su esperanza habitual de que sirva para domesticar al fascismo”, e “incluso muchos socialistas reformistas parecen estar dispuestos a colaborar justificándose con el habitual argumento de la protección de los trabajadores”. Para sortear la resistencia de Sturzo, Mussolini ha chantajeado al Vaticano, que también cede. El bloque opositor se diluye como terrón de azúcar en agua que hierve. En la sesión del pleno ese caluroso verano, Mussolini toma la palabra en el hemiciclo de Montecitorio: “Yo os digo: no dejéis que el país tenga una vez más la impresión de que el Parlamento está lejos del alma de la nación… Porque este es el momento en el que el Parlamento y el país pueden reconciliarse […], escuchad la admonición solemne y secreta de vuestra conciencia”.

Se vota la propuesta: a favor 325, en contra 139 y 77 abstenciones. Con sólo 36 diputados fascistas, el Parlamento fue sometido con los votos suicidas del resto de las fuerzas políticas.

El 24 de mayo de 1924 es la cita electoral para renovar el Parlamento: el Partido Fascista se hace de “una mayoría océanica de 374 representantes elegidos”. Para diciembre Mussolini propone un nuevo “decreto ley para la reforma del sistema electoral con colegios uninominales”, esto es, para desaparecer la representación proporcional, el adiós a los plurinominales […]

En enero de 1925 “la ley fue aprobada con 307 votos a favor y sólo 33 en contra”. El Parlamento ha dejado de ser un estorbo para el gobernante, un filtro incómodo para sortear sus propósitos, pues en un solo día la Cámara aprobó 2376 decretos dictados por Mussolini.

Fuentes: 1. Anónimo (¿Vicente Lombardo Toledano?), en Vida Mexicana. 1922~1923. Revistas literarias mexicanas modernas, FCE, 1981. 2. Ciro Murayama: “La reforma electoral de Mussolini”, nexos en línea, 23 de enero 2022.

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Publicado en: 2024 Abril, Cabos sueltos