La vida cotidiana no está fuera de la historia, sino en el centro mismo del acontecer histórico.
—Pilar Gonzalbo Aizpuru
Dice mi hija que lo peor del tráfico abigarrado es hablar de él mientras lo padecemos. A mí, no hacerlo me resulta imposible. Lo mismo que cuando me aprieta la tonta desazón y el disgusto de no ir a estar en el año 2050 para ver qué anda pasando en el mundo. Y no puedo callármelos.
Digo entonces que estoy haciendo una lista con mi música predilecta para que la pongan mientras me velan en el patio de mi casa. O me disculpo con mis seres queridos por las molestias que he de darles un mal día. O, mientras vemos el final de una película en la que un hombre subido en una canoa, con sus dos hijas, echa al agua las cenizas de su esposa, le comento al señor de mi casa, interrumpiendo la tranquilidad de nuestras piyamas: “Quizás no es una mala idea que eso hagan con uno. Aunque, lo sé, no hay que dejar instrucciones, harán lo que puedan”. Él frunce el ceño y resopla. No necesito más para acudir a su sentencia de que cuán de mal gusto es hablar de cosas así. Del dolor y la muerte ineluctable, considerados, no sólo por el poeta, asuntos de farmacia y notaría.
Hay quienes prefieren callarse. “Dichosos ellos”, pienso y me propongo callarme. Si ando viva y tengo tal fortuna, lo mejor, como con el tráfico, es no hablar de eso.
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