Ricardo Espinoza Toledo. Doctor en ciencia política por la Universidad de París. Profesor titular de ciencia política en la UAM.

Si se quisiera caracterizar muy brevemente el pensamiento y la obra de François Mitterrand puede decirse que el campeón del socialismo moderno francés fue, ante todo, un republicano radical. Tuvo el mérito de reconciliar a la izquierda francesa con el poder del Estado, en un proceso, digamos, doloroso, expresado en cambios sucesivos, pero necesarios.

En 1981 se trataba de poner en marcha las bases del socialismo. La primera tarea era la ruptura con el capitalismo. Las nacionalizaciones al 100% y la descentralización constituían los dos polos del programa. Las nacionalizaciones fracasaron, la descentralización triunfó y condujo a la verdadera transformación del Estado. Poco tiempo después se impuso el rigor económico. El presidente Mitterrand decidió volver a la ortodoxia en materia económica. Francia permaneció en el sistema monetario europeo aceptando sus condiciones. Fue una decisión histórica que contrapuso el sueño socialista al interés de la nación, con base en el cual, paradójicamente, se reforzó la indeclinable ambición del expresidente por la unidad europea.

Si bien la historia política francesa permite constatar cambios notables en la identidad doctrinaria del socialismo francés, no puede perderse de vista que bajo la conducción de Mitterrand se dio la completa recuperación, por la cultura de izquierda, de la Constitución de 1958 -origen de la Quinta República- como base del consenso social. La izquierda socialista pudo entonces desarrollar una cultura de gobierno.

Mitterrand confirmó la legitimidad de la Constitución de 1958 diseñada por Charles de Gaulle. En el ejercicio de sus funciones presidenciales dejó de cuestionarla, aunque en ese proceso la fue corrigiendo gracias a las leyes de descentralización, a la extensión del papel del Consejo Constitucional, al pluralismo que se le imprimió al sistema de medios electrónicos de comunicación, a la alternancia, a la cohabitación y a la presencia fluctuante pero decisiva de mayorías relativas. Mitterrand y los socialistas concluyeron su primer periodo al frente del Estado (1981-1988) con una imagen moderada, desprovistos de todo radicalismo y habiendo demostrado su capacidad para gobernar el país. La inteligencia política de Mitterrand consistió en crear entre los socialistas una verdadera mística de la Constitución, del estado de derecho y del pluralismo político. A pesar de los cambios sobre los cambios, Mitterrand se convirtió en el campeón de la reelección para un nuevo periodo (1988-1994).

La práctica política puesta en marcha por Mitterrand fue innovadora. La llamada apertura al centro adquiere aquí toda su pertinencia. Se buscaba una forma de gobierno estable, fundado en alianzas de centro-izquierda, pero dominado por un gran Partido Socialista, con un discurso progresista pero moderado en la práctica. A excepción del declive del PS, los otros puntos se cumplieron, pues ni las dos cohabitaciones políticas (1986-1988 y 1991-1994) entre un presidente de la República surgido del PS y un gobierno emanado de la mayoría parlamentaria de centro-derecha lograron alterar el funcionamiento regular de las instituciones .

Más allá de debates jurídicos e ideológicos, algo de fondo se modificó durante la era Mitterrand. Pues aunque no buscó acabar con las instituciones de la Quinta República, el expresidente francés se encaminó hacia una práctica más próxima a la República de partidos. Su interés fue siempre el de reforzar el rol del Parlamento, pero sin pretender caer en el extremo de dotarlo de poderes excesivos que restauraran el régimen de partidos (como en la Cuarta República), así como evitar el peligro de la concentración del poder en una sola persona. El gran estadista era partidario de una reforma intermedia que evitara ambos riesgos.

Si el general Charles de Gaulle introdujo el sistema político francés en el cuadro de las grandes democracias occidentales al dotarlo de un poder presidencial fuerte, elegido con base en el sufragio universal y acompañado de un gobierno surgido de la Asamblea Nacional, a François Mitterrand corresponde el mérito de haber consolidado el pluralismo político y el consenso en torno de la Constitución. Muy probablemente, Mitterrand buscaba restablecer la continuidad de aquello que él consideraba secretamente como la tradición republicana. La historia juzgará. Su vocación de hombre de Estado lo sobrevivirá.