Rollin Kent. Investigador del Departamento de Investigaciones Educativas del Centro de Investigación y Estudios Avanzados. En nuestro próximo número publicaremos un artículo de Ricardo Becerra comentando las opiniones de Rollin Kent.

Hace casi nueve años, Gabriel Zaid caracterizó aguda, y para algunos, ofensivamente, el mito fundador de la UNAM: “así como los Estados Unidos no se creen un país de América, sino América, los unameños se arrogan el ser universitarios como algo especialmente suyo… Sienten que no existe más que La Universidad, ese Tepeyac del Estado donde habla el Espíritu”. (“Una megalomanía”, Vuelta 124, marzo 1987, 10‑11.)

Uno se pregunta cuántos honestos reformadores del plan de estudios del CCH recuerdan hoy con más resignación que entonces las siguientes palabras de Zaid: “Como sucede en los imperios decadentes, las posibilidades de la UNAM están bloqueadas por su mitología. Muchas salidas razonables se vuelven imposibles de realizar, imposibles de decir públicamente y hasta imposibles de pensar, frente a la tradición, la nostalgia, las ideas hechas, la inercia, los intereses creados… Quizá ya es hora de abandonar el mito… Dedicar ganas y capacidad a los que no tienen ganas o capacidad es un desprecio y hasta un fraude… Sirve para legitimarlos, engañando a la sociedad… Habrá quien piense que abandonar la UNAM es derrotista, o peor aún: traición a la patria. Pero ahí está el error del mito megalómano. La UNAM no es la patria: es una de tantas cosas que tuvieron sentido, crecieron y se arruinaron”.

Se puede compartir o rechazar esta terrible sentencia, según las preferencias ideológicas o adhesiones tribales de cada quien. Pero ya es claro que, ante los tristes acontecimientos de este año en la UNAM, los que desestiman el juicio de Zaid tienen la carga de la prueba, ya no el beneficio de la duda.

La secuencia de conflictos de 1995, que se desató con el “movimiento de los excluidos” y que más recientemente se encadenó con el infernal (no hay otra palabra) conflicto en el Colegio de Ciencias y Humanidades, tiene varios niveles de explicación. Uno, ciertamente, es la enferma imbricación de la UNAM con los movimientos de facción en la clase política nacional, imbricación compleja que está en permanente riesgo de perturbar los equilibrios políticos de la universidad en función de la torpeza, el cinismo o la agresividad de los contendientes en este juego desventurado. Por lo visto, la torpeza, el cinismo y la agresividad no hacen sino aumentar. Según Horacio Flores de la Peña, la UNAM padece una especie de maldición bíblica: parecería estar condenada a sufrir cíclicamente convulsiones políticas (Proceso, 2, X, 1995). ¿La UNAM está condenada porque siempre hay algún maloso al acecho del botín que representa? ¿Porque la institución es víctima de una crónica conspiración perversa contra la “Máxima Casa de Estudios”? Esta es una de las explicaciones que circula en las planas editoriales.1

Y es comprensible, pues en efecto a los grupos dirigentes de la actual reyerta ceceachera les tiene absolutamente sin cuidado el daño que han hecho a la institución universitaria. Sin embargo, estas explicaciones parecen estar atrapadas en otro tiempo, recurriendo a la mitología (“la maldición bíblica”) o a la teoría de la conspiración. La falacia consiste en pensar que la UNAM es un jugador inocente, victimado injustamente por fuerzas del mal.

Una institucion bloqueada

Hay otro orden de preguntas, un tanto incómodas. La UNAM sigue produciendo este tipo de problemas viejos, típicos del ciclo anterior de expansión no regulada y politización salvaje. Esto expresa nítidamente el dilema de una institución bloqueada. Precisamente porque la UNAM no se ha reformado, se ha convertido en rehén de esa conexión maldita.

La última década ha sido testigo de varios intentos frustrados de reforma. Las propuestas de Jorge Carpizo no se realizaron. La culminación del Congreso Universitario en un vacío político quizá fue lo esperable de un evento como ése, demostrando que la idea de la reforma como movimiento social de debate y confrontación política, idea cara a la tradición de la izquierda, llegó a sus límites. Desde entonces nadie ha vuelto a insisitir en esa tradición reformista (salvo, por cierto, los actuales impugnadores de la propuesta académica para el CCH). Las fuerzas que componen a la propia UNAM mostraron tener intereses irreconciliables. El no‑resultado del Congreso lo expresó claramente: no hay una UNAM sino varias.

El hecho es que el liderazgo universitario tampoco quiso mirar de frente esta evidencia, haciendo a un lado la necesidad de descentralizar efectivamente y diferenciar funcionalmente. No se sacó la conclusión más importante de ese impasse que fue el Congreso: la diversidad de intereses en una institución de las dimensiones de la UNAM reclamaba una forma de organización y gestión diferenciada que superara el bloqueo interno.

Posteriormente, los eventos de 1992 mostraron los límites de la autonomía y remacharon la idea de la irreformabilidad de esa forma de organización. Por temor gubernamental a una reacción estudiantil en la ciudad más grande del mundo, el rector Sarukhán archivó una propuesta largamente preparada y bien diseñada para aumentar diferenciadamente las cuotas y colegiaturas. Si hubo alguna vez una violación no militar a la autonomía, sin duda fue ésta la más flagrante de los tiempos recientes. La UNAM perdió una oportunidad singular para actualizar sus finanzas y elevar su legitimidad ante la sociedad, y su cuerpo dirigente quedó colocado en una situación poco envidiable.

En 1995, nuevamente, la UNAM se ve envuelta en un conflicto que resultó de una decisión tomada en el ejercicio de la autonomía: la decisión de elevar gradualmente los promedios exigidos a los estudiantes ingresantes. Las franjas sobrevivientes2 del Consejo Estudiantil Universitario ocuparon la rectoría en defensa de los estudiantes que no pasaron el examen de selección con el puntaje mínimo necesario.

Y enseguida surge un nuevo conflicto, claramente engarzado con el anterior, en torno a la propuesta ampliamente preparada para reformar el plan de estudios del Colegio de Ciencias y Humanidades. Se trata del primer intento de reforma en más de dos décadas, consultada entre propios y ajenos, e impulsada por personas claramente comprometidas con el proyecto del CCH. No fue impuesta por el gobierno, los empresarios o el Banco Mundial. Por cierto, no representa innovaciones pedagógicas radicales sino un ajuste necesario a las condiciones contemporáneas, un punto de partida para iniciar experiencias de innovación en la enseñanza.

En cada uno de estos casos se repite el mismo y triste síndrome: se propone una reforma, florece el conflicto, se golpean públicamente los contendientes, negocian las partes, se archiva la reforma.3 Uno se imagina el cartón alusivo de Magú: al descender de la arena de lucha, ensangrentados y con las togas hechas jirones, el Rector y los ceuístas se amenazan con el puño en alto, “¡Nos vemos en la siguiente reforma!”.

La no reforma como forma de muerte

Mientras que algunas universidades estatales, como la Universidad de Sonora o la de Guadalajara, se embarcan en procesos significativos de transformación, la UNAM languidece. O bien se ve envuelta en conflictos francamente desproporcionados a raíz de los pequeños pasos que intenta dar.

¿Por qué sucede esto, si después de todo se trata de la Máxima Casa de Estudios, el ejemplo a seguir? En apariencia, la UNAM -que no depende de la Subsecretaría de Educación Superior de la SEP, a diferencia de otras universidades públicas -tiene un mayor margen de maniobra que las demás universidades. Pero la UNAM es demasiado grande, compleja, importante y cercana a la política nacional para tocarla así sea con el pétalo de una rosa reformadora. El altisimo costo de esta pinza fatal es que no le ha permitido crear los mecanismos para ejercer la autonomía en el único sentido que vale: la autonomía para fijar su identidad como institución, formular estrategias propias de mejoramiento y reforma de largo plazo, y llevarlas a efecto. No es sólo el dilema de una institución ensimismada, sino la trampa de una institución atravesada por múltiples hilos y vasos comunicantes que corren entre las direcciones de facultades y puestos de la administración universitaria hasta las secretarías de Estado, la presidencia, los gobernadores y diputados. Cualquier reforma significativa implica de hecho perturbar este siniestro entramado lleno de sensibilidades políticas, cuya lógica nada tiene que ver con la del ámbito propiamente académico.

Una consecuencia natural de esta situación es la gestación progresiva de un estilo conservador de liderazgo. Si la innovación es potencialmente desestabilizadora, se tiende a preferir la regularidad o los pasos tímidos. Pero es precisamente la estrategia que no necesita la universidad pública más grande del país. Caminar siempre cerca del abismo constituye la esencial razón por la pervivencia de un aparato burocrático tan extendido y complejo. Los costos de este aparato son evidentes para todos, pero sigue allí pues cumple con una función latente de servir como sistema de circuitos procesadores de una multitud de intereses distintos. Por supuesto, el resultado más previsible de todo este maravilloso enjambre es la no‑decisión. Esa es su especialidad.

Por tanto, la innovación, fruto exótico y delicado, se da sólo en ciertas temporadas y sólo en contados árboles del huerto. Allí donde existen grupos académicos fuertes con clara concepción de su futuro, florece la imaginación: véanse las Facultades de Química e Ingeniería de la UNAM. Pero no podrá ser la regla. Se observa la dificultad para realizar cambios en áreas rezagadas o estancadas de la universidad: la regla implícita de este sistema de autonomías internas, de equilibrios políticos entre sectores, consiste en respetar tanto la opción de cada sector para innovar… como de ir a la bancarrota. En la UNAM se encuentran algunos de los mejores grupos académicos y científicos del país, sin duda. Pero el huerto tiene también árboles desvencijados y frutos descompuestos. No puede ostentar así un síntoma principalisimo de la excelencia: la confiabilidad institucional, la garantía de que la universidad genera productos uniformemente buenos. Los egresados lo descubren cuando su diploma de la UNAM no es aceptado en las oficinas de personal de las pocas empresas que ofrecen empleo. Además, el no reconocimiento de este problema perjudica inevitablemente a los enclaves de excelencia de la propia universidad.

Entonces es obligado preguntar ¿qué es la UNAM? No es propiamente una universidad, sino de hecho una especie de sistema educativo semicompleto con varios niveles escolares y diversas funciones académicas. Contiene de todo: dos sistemas de bachillerato, carreras de licenciatura en seis sedes (Ciudad Universitaria y las cinco ENEP), un nivel de posgrado grande peropoco integrado (algunos programas están en las Facultades y otros en los Institutos y Centros de Investigación), y un sistema de difusión cultural de amplios alcances. Esta inmensidad ya ha dejado (o debería dejar) de ser motivo de orgullo. En realidad, cada uno de estos componentes cumple con funciones distintas y podría constituir una institución con identidad propia. Sus respectivas vocaciones, formas de operar e intereses estratégicos difícilmente podrían confluir en una sola organización que se quiera funcional.

Otra consecuencia de este sistema bloqueado son los altos costos financieros. Un organismo como éste necesita estar permanentemente lubricado con suficientes recursos financieros que permitan al liderazgo gestionar los equilibrios de un universo tan dispar de intereses. Pero es un sistema que no es capaz de rendir cuentas de cómo asigna los recursos y qué resultados obtiene con ellos. No es principalmente un problema de corrupción ni de mala fe de los individuos involucrados, sino de identidad múltiple, de fines encontrados. Para tener una idea de la eficacia institucional, se debe tener una idea de para qué sirve la institución. Y la UNAM sirve para demasiadas finalidades distintas. Tiene misiones académicas enormemente dispares, pero también funciones políticas latentes. Y todo esto cuesta, por razones equivocadas, educativamente hablando.

El costo de la inercia

La UNAM es indefendible en su actual configuración. Pensar que con exhortos a la no intervención y con más recursos financieros4 no volverá a ser víctima de la maldición bíblica es no entender sus resortes de operación. Si ha de mejorar, estos resortes deben cambiar. Obviamente, esta fórmula puede ser calificada también de ingenua: ¿quién, en uso de sus cabales, estaría dispuesto a jugarse su carrera política intentando modificar las bases de operación de un aparato tan complejo y conflictivo? ¿No es mejor dejar las cosas como están, no moverle? La respuesta es afirmativa sólo para los que prefieren la inevitable degradación de la universidad más grande del país como costo asumible de la estabilidad política.

Los efectos de la no reforma en la UNAM trascienden el perímetro de la Ciudad Universitaria. Por un lado, su imagen (incorrecta) como la universidad pública mexicana actúa injustamente en contra de las demás universidades públicas, algunas de las cuales han encontrado la manera de superar sus propios bloqueos, poniendo en marcha reformas importantes. Estas experiencias demuestran que las universidades públicas pueden encontrar caminos nuevos, pero la fuerte imagen de la UNAM pesa como una losa sobre las demás instituciones: los críticos de la universidad pública señalan con dedo flamígero a la UNAM para sostener sus argumentos.

Por otro lado, la aceptación del estancamiento en la UNAM erosiona la capacidad gubernamental para impulsar políticas generales hacia la educación superior. La subsecretaría del sector siempre será vulnerable al reclamo rectoral en universidades estatales de que los programas de modernización sean aplicados sin distingos ni excepciones. ¿Puede hablarse de una política nacional para la educación superior si la Universidad Nacional no se incorpora al movimiento de cambio que algunas de las demás instituciones han asumido? Se puede, si se asume que la UNAM deje de ser nacional, dándole la razón a Gabriel Zaid.

REFERENCIAS

1 Gilberto Guevara habló del reciente conflicto en la UNAM como un ensayo general, como la chispa que puede encender la pradera, subrayando el papel de disparador político que tiene la UNAM (La Jornada 16, X, 95). El supuesto es que los grupos antipartido de la izquierdo están buscando coyunturas como la de la UNAM para mostrar la ineficacia de las instituciones existentes y avanzar políticamente por fuera de éstas. Hay razones para pensar que, parcialmente, este diagnóstico influyó en la postura neutral del gobierno federal, que fue criticada por varios columnistas (entre ellos “Fray Bartolomé” de Reforma, quien preguntaba “¿Dónde está Luis Llórens, el subsecretario de Educación Superior?”).

2 El calificativo es exacto: según Proceso (2, X, 95), Oscar Moreno, del CEU, lleva 9 años en la UNAM: más tiempo que el doctor Sarukhán en la Rectoría.

3 Esto fue escrito antes de que el conflicto en el CCH llegara a un desenlace, pero los acontecimientos hasta fines de noviembre de 1995 no permitían abrigar esperanzas de que esta hipótesis no se volvería a comprobar.

4 Los diputados de la Comisión de educación de la Cámara hicieron un llamado para aumentar en 60% el subsidio a la UNAM (Reforma, 26, Xl, 95). ¿Con más dinero se salvará la UNAM? No. Pero el diputado Martínez della Roca piensa que no cuesta pedir. Es el tipico reflejo condicionado de políticos tradicionales ante los problemas endemoniados de una institución pública que no se modernizó cuando hubiera podido.