Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su último libro es El error de la luna (Alfaguara).

Hay una estatua de Spinoza en la Viljo en Pavillion de La Haya. Es una hermosa estatua, rodeada de tilos. Lo muestra sentado, envuelto en los pliegues de una capa, muy alta y redonda la frente, con una mano cavilante en ella y otra, larga y fuerte, esgrimiendo lápices y plumillas para escribir La mirada de la estatua tiene una concentración melancólica y absorta, la mirada del pensamiento quizá. A un lado de la plazoleta, que es en realidad un camellón con bancas y árboles, hay un restaurant que se llama Spinoza donde sirven executive lunch. A espaldas de la estatua, en la siguiente calle, empieza una de las tres zonas de prostitución de La Haya, la menos cara, salpicada de hermosas y desencantadas negras dominicanas y chinas salvadoreñas. No vi afrenta o contradicción lógica, mucho menos metafísica, en ese avatar urbano. Me pareció más bien una feliz muestra de la tolerancia y la mezcla que dio cobijo en su momento al propio Spinoza, como a tantos perseguidos de credos y países, y le permitió vivir en la libertad de la que Holanda es todavía realidad y ejemplo, como la misma obra de Spinoza, prófuga del dogma religioso y de otras tentaciones del absolutismo. Los subrayados pertenecen al Tratado político. Los números romanos al final de las citas indican el capítulo y los arábigos el parágrafo del que fueron tomadas en la versión española de Atilano Domínguez.

HECTOR AGUILAR CAMIN

Los filósofos conciben los afectos, cuyos conflictos soportamos, como vicios en los que caen los hombres por su culpa. Por eso suelen reírse o quejarse de ellos, criticarlos o (quienes quieren aparecer más santos) detestarlos. Y así, creen hacer una obra divina y alcanzar la cumbre de la sabiduría, cuando han aprendido a alabar, de diversas formas, una naturaleza humana que no existe en parte alguna y a vituperar con sus dichos la que realmente existe. En efecto, conciben a los hombres no como son, sino como ellos quisieran que fueran. De ahí que las más de las veces, hayan escrito una sátira, en vez de una ética, y que no hayan ideado jamás una política que pueda llevarse a la práctica, sino otra, que o debería ser considerada como una quimera o sólo podría ser instaurada en el reino de Utopía o en el siglo dorado de los poetas, es decir, allí donde no hacía falta alguna. (I :1)

Me he esmerado en no ridiculizar ni lamentar ni detestar las acciones humanas, sino en entenderlas. Y por eso he contemplado los afectos humanos, como son el amor, el odio, la ira, la envidia, la gloria, la misericordia y las demás afecciones del alma, no como vicios de la naturaleza humana, sino como propiedades que le pertenecen, como el calor, el frío, la tempestad, el trueno y otras cosas por el estilo a la naturaleza del aire. (I: 4)

Los hombres están necesariamente sometidos a los afectos. Y, así, por su propia constitución compadecen a quienes les va mal y envidian a quienes les va bien: están más inclinados a la venganza que a la misericordia. (I: 5) 

El derecho y la norma natural, bajo la cual todos los hombres nacen y viven la mayor parte de su vida, no prohibe sino lo que nadie desea y nadie puede: no se opone a las riñas, ni a los odios, ni a la ira ni al engaño ni, absolutamente a nada cuanto aconseje el apetito […]. Aquello que la razón determina que es malo, no es tal respecto al orden y a las leyes de toda la naturaleza, sino tan sólo de la nuestra. (II :8)

El pecado no se puede concebir, pues, más que en el Estado, ya que en éste se determina, en virtud de un derecho común de todo el Estado, qué es bueno y qué es malo […]. También la justicia y la injusticia sólo son concebibles en el Estado. Pues en la naturaleza no existe nada que se pueda decir, con derecho, que es de éste o de otro, ya que todas las cosas son de todos y todos tienen potestad para reclamarlas para sí. En el Estado, en cambio, como el derecho común determina qué es de éste y qué del otro, se dice justo aquel que tiene una voluntad constante de dar a cada uno lo suyo, e injusto, por el contrario, aquel que se esfuerza en hacer suyo lo que es de otro. (II: 7; II: 23)

El miedo a la soledad es innato a todos los hombres, puesto que nadie, en solitario, tiene fuerza para defenderse ni para procurarse los medios necesarios de vida. De ahí que los hombres tienden por naturaleza al estado político y es imposible que ellos lo destruyan jamás del todo. (VI: I)

El estado político se instaura para quitar el miedo general y para alejar las comunes miserias; y por eso busca, ante todo, aquello que intentaría conseguir, aunque en vano, en el estado natural, aquel que se guía por la razón. (III : 6)

Todo el mundo desea que los demás vivan según su propio criterio, y que aprueben lo que uno aprueba y repudien lo que uno repudia. De donde resulta que, como todos desean ser los primeros, llegan a enfrentarse y se esfuerzan cuanto pueden por oprimirse unos a otros; y el que sale victorioso se gloria más de haber perjudicado a otro que de haberse beneficiado él mismo. (I: 5)

No está en nuestro poder tener un alma sana más que tener un cuerpo sano. Como, por otra parte, cada cosa se esfuerza tanto como puede en conservar su ser, no podemos dudar en absoluto que, si estuviera igualmente en nuestras manos vivir según las prescripciones de la razón que ser guiados por el ciego deseo, todos se guiarían por la razón y ordenarían sabiamente su vida. Ahora bien, esto no sucede así, en absoluto, sino que cada uno es arrastrado por su propio placer. (II: 6)

Por consiguiente, un Estado cuya salvación depende de la buena fe de alguien, y cuyos negocios sólo son bien administrados si quienes los dirigen quieren hacerlo con honradez, no será en absoluto estable. Por el contrario, para que pueda mantenerse, sus asuntos públicos deben estar organizados de tal modo que quienes los administran, tanto si se guían por la razón como por la pasión, no puedan sentirse inducidos a ser desleales o actuar de mala fe. Pues para la seguridad del Estado no importa qué impulsa a los hombres a administrar bien las cosas, con tal de que sean bien administradas. En efecto, la libertad de espíritu o fortaleza es una virtud privada, mientras que la virtud del Estado es la seguridad. (I: 6)

Si la naturaleza humana estuviese constituida de suerte que los hombres desearan con mas vehemecialo que les es mas útil, no haría falta ningún arte para lograr la concordia y la fidelidad. Pero como la naturaleza humana esta conformada de modo muy distinto, hay que organizar de tal modo el estado, que todos, tanto los que gobiernan como los que son gobernados, quieran o no quieran, hagan lo que exige el bienestar común; es decir, que todos, por propia iniciativa o por fuerza o por necesidad vivan según el dictamen de la razón. Lo cual se consigue si se ordenan de tal suerte los asuntos del estado, que nada de cuanto se refiere al  bien común se confíe totalmente a la buena fe de nadie. (VI: 3)

Como nadie defiende la causa de otro a menos que crea asegurar con ello la suya propia, hay que organizar de tal forma las cosas que los funcionarios que velan por los asuntos públicos, sirvan mejor a sus intereses cuanto mejor velan por el bien común. (VIII: 24)

Tanto en el estado natural como en el político, el hombre actúa según las leyes de la naturaleza y vela por su utilidad. […] En ambos estados es guiado por la esperanza o el miedo a la hora de hacer esto u omitir aquello. Pero la diferencia principal entre uno y otro es que en el estado político todos temen las mismas cosas y todos cuentan con la misma garantía de seguridad y una misma razón de vivir. (III: 3)

Para que la sociedad sea autónoma tiene que mantener los motivos del miedo y del respeto; de lo contrario, deja de existir la sociedad. (IV: 4)

Los súbditos […] dependen de la sociedad en la medida en que temen su poder o sus amenazas o en que aman el estado político. De donde se sigue que no pertenece a los derechos de la sociedad todo aquello a cuya ejecución nadie puede ser inducido con premios o amenazas. Así, por ejemplo, nadie puede renunciar a la facultad de juzgar. ¿Pues con qué premios o amenazas puede ser inducido un hombre a creer que el todo no es mayor que su parte […] y a admitir, en general, algo contrario a lo que siente o piensa? […] ¿Qué sería sino un delirio, aquel derecho al que nadie puede ser constreñido? (III : 8)

Cuál sea la mejor constitución de un Estado cualquiera se deduce fácilmente del fin del estado político, que no es otro que la paz y la seguridad de la vida. Aquel Estado es, por lo tanto, el mejor en el que los hombres viven en concordia y en el que los derechos comunes se mantienen ilesos. (V: 2)

Los hombres tienden por naturaleza a conspirar contra algo, cuando les impulsa un mismo miedo o el anhelo de vengar un mismo daño. Y como el derecho de la sociedad se define por el poder conjunto de la multitud, está claro que el poder y el derecho de la sociedad disminuye en cuanto ella misma da motivos para que muchos conspiren lo mismo. (Ill: 9)

Para aquel que detenta el poder del Estado, es tan imposible correr borracho o desnudo con prostitutas por las plazas, hacer el payaso, violar o despreciar abiertamente las leyes por él dictadas y, al mismo tiempo, mantener la majestad estatal, como lo es ser y, a la vez, no ser. Asesinar a los súbditos, espoliarlos, raptar a las vírgenes y cosas análogas transforman el miedo en indignación y, por tanto, el estado político en estado de hostilidad. (IV: 4)

Las sediciones, las guerras, el desprecio o infracción de las leyes no deben ser imputados tanto a la malicia de los súbditos cuanto a la mala constitución del Estado. Los hombres, en efecto, no nacen civilizados, sino que se hacen. (V: 2)

Los afectos naturales del hombre son los mismos por doquier. De ahí que si en una sociedad impera más la malicia y se cometen más pecados que en otra, no cabe duda que ello proviene de que dicha sociedad no ha velado debidamente por la concordia ni ha instituido con prudencia suficiente sus derechos. Por eso, justamente, no ha alcanzado todo el derecho que le corresponde. (V:2)

Un estado político que no ha eliminado los motivos de sedición y en el que la guerra es una amenaza continua y las leyes, en fin, son con frecuencia violadas, no difiere mucho del mismo estado natural en el que cada uno vive según su propio sentir, con gran peligro de su vida. (V: 2)

Una multitud libre se guía más por la esperanza que por el miedo, mientras que la sojuzgada se guía más por el miedo que por la esperanza. (V: 5)

La causa de que, en la práctica, el Estado no sea absoluto, no puede ser sino que la multitud resulta terrible para los que mandan. La multitud mantiene, por tanto, cierta libertad que reivindica y consigue para sí, no mediante una ley explícita, sino tácitamente. (VIII: 4)

La multitud tiende naturalmente a asociarse no porque la guíe la razón, sino algún sentimiento común, y quiere ser conducida como por una sola mente, es decir, por una esperanza o un miedo común, o por el anhelo de vengar un mismo daño. (VI: I)

Los hombres que tienen mucho ocio, suelen maquinar crímenes. (VII: 20)

Lo característico de quienes mandan es la soberbia. (VII: 27)

La naturaleza es la misma en todos. Todos se enorgullecen con el mando; todos infunden pavor, si no lo tienen. Y por doquier la verdad es a menudo deformada por hombres irritados o débiles, especialmente cuando mandan uno o pocos que no miran, en sus valoraciones, a lo justo o verdadero, sino a la cuantía de las riquezas. (VII: 27)

Nadie puede negar que el silencio es con frecuencia útil al Estado; pero nadie probará jamás que dicho Estado no pueda subsistir sin él. En cambio, confiar a alguien el estado sin condición alguna y al mismo tiempo conseguir la libertad, es totalmente imposible. (VII : 29)