Rodrigo Morales M. Consultor político de GEA

La nueva síntesis programática que nos ofrece el subcomandante Marcos para iniciar el año, merece algunos comentarios, si la tomamos en serio. Siendo el caso, podemos decir que el pensamiento político zapatista conoce en los nuevos planteamientos la aproximación más cercana, o mejor, la más acabada, a la fantasía. Estamos ante una ficción muy congruente. El planteamiento de renunciar a la toma del poder por las vías institucionales, la proclama de construir alternativas bajo el formato comunitario, el desprecio por las representaciones políticas convencionales, la apuesta por lo ciudadano, la no renunciación a las armas, son ingredientes que se conjuntan en una misma idea: la política, entendida por sus sinónimos tradicionales, es algo que aparece demasiado bajo para la altura moral del pensamiento estratégico zapatista.

Como paréntesis y para documentar con optimismo el pragmatismo, habría que destacar la capacidad desplegada por los líderes zapatistas para sostener de cualquier forma el diálogo formal con las autoridades gubernamentales. Diálogo por lo demás que está resultando lo suficientemente productivo como para albergar esperanzas de que ahí se construyen expectativas serias de pacificación.

En fin, volviendo a lo nuestro, resulta por lo menos llamativo que un grupo clandestino y armado postule e invite a la horizontalización de la política. Sin ser demasiado original, más que por querer conjugar mandos y modos clandestinos (verticales por necesidad) con maneras civiles y abiertas, esta reedición de las proclamas autogestivas, parece hacerse cargo de un estado de ánimo tan propicio como estéril para prender. El desprestigio de la política, genéricamente entendida como todo lo que tenga algún punto de roce con el poder en cualquiera de sus formas, está lo suficientemente asentado en la parte más pura de la clientela zapatista como para que la nueva proclama resulte eficiente y cautivadora. ¿Hasta dónde puede llegar la convocatoria?, es acaso una pregunta pertinente.

Abre, sin embargo, un novedoso frente de batallas ideológicas: conjugar la fascinación por Marcos con la convicción simple de las vías electorales, es una operación que a muchos los ha puesto a pensar. He ahí otra virtud del nuevo ejercicio reflexivo de Marcos, que emplaza a que se produzcan los pronunciamientos necesarios como para llegar a desbrozar el confuso panorama del territorio de la izquierda. Ante la urgencia de tomar posturas respecto de una frontera que el caudillo de relevo ha postulado, por supuesto que bien hará la izquierda en pronunciarse. Poder diferenciar a aquellos que están por las vías institucionales de la política de aquellos que prodigan una especie de “hippismo” postmoderno (el poder apesta, lo comunitario perfuma; las representaciones convencionales perturban, el mandar‑obedeciendo purifica; sus armas reprimen, las nuestras dignifican, etc.), puede ser una manera de incentivar una evolución que ubique con seriedad y certidumbre los planteamientos de la izquierda que hace tiempo renunció a utopías de las comunas.

Según el nuevo evangelio de lo que se trata es de activar comités ciudadanos y democráticos en todos los espacios, que democráticamente se reproduzcan, discutan y resuelvan sobre los tópicos ciudadanos y democráticos de la vida nacional, para de esa manera, y sin caer en la tentación de acercarse al fuego del pecado (el poder), poder darle vida a las alternativas, ciudadanas y democráticas. Esta ambigüedad en la ubicuidad de los espacios de la política, es acaso la mayor virtud a los ojos de sus seguidores. La política deja de ocuparse de la conquista del poder, y ahora construye y conquista espacios, que al parecer son susceptibles de ser aislados del conjunto social.

Marcos, y si lo tomamos en serio, como me parece que hay que hacerlo, ha conseguido depurar su oferta: su discurso está dicho para cautivar y sumar a lo que antaño, y de manera genérica, conocíamos como la izquierda social, es decir, para los fragmentos organizados de la sociedad que, desconfiando de las vías institucionales, levantaban las más sentidas demandas de la población, reclamando para sí la asistencia de las más profundas e incontrovertibles razones de la historia, y esperando siempre que ésta les diera la razón, no se descartaba del horizonte posible, por muy lejano que estuviera, el acceso al poder. Ahora esto ya no aparece y, en cambio, se pretende conservar sólo el componente de autoridad moral, aquella que antes otorgaba la razón histórica. Tengo la razón, no quiero el poder: llamativo fraseo en tiempos de transición.

Pero además, ha logrado adosarle un novedoso y eficiente relevo al discurso: lo indígena es hoy, al decir del zapatismo puro, la nueva fórmula para frasear el viejo principio de “cuoteo”. Habiendo renunciado a las formas tradicionales de organizar las representaciones y darle cuerpo al poder; de todas maneras, en los planteamientos expresados en el foro nacional indígena, se da a conocer la panacea zapatista: lo indígena es la paradisiaca fórmula para darle vida al poder comunitario, digno y justo, y por tanto debemos todos alentar y cultivar los usos y costumbres y de esa manera purificar ancestralmente nuestros espíritus.

Llama la atención la reedición (por la vía de lo indígena) del viejo principio de las cuotas según el cual no habría manera legítima y genuina de representar nada. Es decir: para pretender defender y hacer causa por el feminismo, sólo se podía ser mujer, los alegatos eran tan íntimos y excluyentes que sólo una mujer podía ser portadora del discurso. Así, para animar una perorata para la dignificación de la homosexualidad, tendría que ser un homosexual quien la encarnara; si de un alegato gerontológico se tratara, quien lo defendiera tendría que ser un hombre de edad, y así al infinito, hasta caer en cuenta que un congreso de 500 legisladores resultaría insuficiente para hacerse cargo de todas las causas justas.

Hoy el posible deslinde entre esa izquierda social y aquella institucional (por simplificar las cosas) puede ser uno de los grandes activos para encarar 1997 de manera imaginativa. Habiendo la izquierda transitado históricamente por esos debates, el nuevo ejercicio de Marcos es una oportunidad para el deslinde que debemos celebrar. Si además se consigue clarificar, ubicar, ponderar, deslindar posturas, pero también (y sobre todo) identificar coincidencias, postular acuerdos, construir consensos, es dable pensar que la izquierda encuentre un buen camino para hacerle frente a la contienda electoral de 1997.