Luis Salazar C. Filósofo. Profesor e investigador de la UAM.

1. Acaso no sea demasiado aventurado afirmar que el éxito publicitario del EZLN tanto en nuestro país como en el resto del mundo tiene tres fuentes fundamentales. La primera, sin duda respetable, tiene que ver con el reconocimiento de la injusta situación de marginación, opresión y miseria extrema en que se encuentran las comunidades indígenas. Aunque en muchos casos se trata de un reconocimiento sorprendentemente tardío, que sólo se explica por una profunda ignorancia de las tristes realidades de nuestro subdesarrollo, nadie puede negar que, en efecto, el levantamiento armado neozapatista hizo visible para muchos esta situación dramáticamente. La segunda fuente, más discutible, concierne a la nostalgia por causas trascendentales generada por el final de la guerra fría y el hundimiento de los sistemas surgidos de los grandes proyectos revolucionarios que asolaron al siglo XX. El propio anacronismo, la inviabilidad y el aislamiento mismo de la rebelión neozapatista parecen haber sido en este sentido razones paradójicas del entusiasmo generado por la retórica más bien hueca y cursi de Marcos. Frente al desconcierto de muchos por el triunfo inesperado de la economía de mercado y de la democracia procedimental, el neozapatismo parecía reivindicar -sin por lo demás provocar demasiados riesgos, salvo en la limitada región de Las Cañadas- una Gran Alternativa, un proyecto de sociedad radicalmente diferente, un renacimiento de las utopías comunitarias.

La tercera fuente, que en cambio me parece francamente condenable ética y políticamente, remite a la fascinación que pese a todo sigue provocando el uso de la violencia como recurso político. Por supuesto es apreciable que la reacción mayoritaria de la sociedad mexicana y la propia estrategia gubernamental hayan logrado no sólo establecer y mantener una tregua, sino también desplazar el acento obviamente militarista de los primeros planteamientos y discursos del EZLN, obligándolo a entablar negociaciones que abren la posibilidad de una solución política del conflicto. Pero uno no puede sino preguntarse si los apoyos y simpatías logrados por este grupo, su presunta autoridad moral e incluso buena parte del atractivo de su caudillo enmascarado, no tienen que ver más con su naturaleza armada y su reivindicación de la violencia que con las justas demandas de los pueblos indios. Después de todo, luchas y movilizaciones pacíficas indígenas tienen un largo historial en nuestro país, y lamentablemente nunca concitaron el interés y las adhesiones que ha conquistado nacional e internacionalmente el EZ. Que una revista como Proceso parezca lamentar que Marcos haya ido desarmado a San Cristóbal -interpretando ese gesto como una rendición- es tan sólo una expresión de una enfermiza identificación y confusión entre la justicia de las demandas y la utilización de medios violentos.

No faltará quien piense tal vez que lo anterior, desde un supuesto realismo político que lamentablemente parece ponerse de moda, sólo prueba la racionalidad de los dirigentes guerrilleros del EZ al acudir al expediente de la insurrección armada. Tengo serias dudas al respecto. No sólo porque el proyecto inicial de Marcos y su grupo era incendiar al país y no participar en negociaciones sobre la situación de las comunidades indígenas -y me temo que, a pesar de todo, sigue siéndolo. También porque el hecho de que tantos intelectuales y políticos hayan requerido de un levantamiento armado para tomar conciencia de dicha problemática no habla bien de la violencia sino mal de la sensibilidad social de esos intelectuales y políticos. Tanto más por cuanto conduce a resucitar morbosas confusiones entre la aparente radicalidad de los medios y la presunta pureza de los fines, otorgando una moralidad tan falaz como peligrosa a los que se presumen dispuestos a morir y a matar para realizar sus proyectos.

2. Regresando a la segunda fuente del atractivo neozapatista  -la reivindicación de supuestas alternativas globales-, debo decir que esta obsesión utópica de muchos intelectuales también puede llevar a un empantanamiento innecesario y costoso de las negociaciones en curso. Cada quien es libre de soñar con comunidades ideales, solidarias y fraternales, o incluso de oponer al feroz individualismo posesivo ideales colectivistas de corte rousseauniano o religioso. Pero no parece ni razonable ni responsable polarizar debates de por sí complejos postulando, por ejemplo, que está en juego una lucha entre dos proyectos de nación, o que el futuro de la sociedad mexicana está en los usos y costumbres de los pueblos indios. Que estos últimos reivindiquen espacios institucionales para hacer valer sus legítimos intereses; que exijan respeto para sus identidades y formas específicas de organizarse económica y políticamente -en tanto no contravengan las garantías individuales-, merece sin duda toda la atención así como la elaboración de reformas legales e institucionales incluyentes y programas de desarrollo eficaces. Pero siendo como es la realidad concreta, esto es, compleja, impura y contradictoria, no veo qué utilidad se logra contraponiendo abstractamente proyectos que buscan la eficiencia a proyectos que buscan la justicia, proyectos que promueven el desarrollo económico a proyectos que preconizan la autonomía étnica. Sin duda hay y habrá siempre tensiones y hasta conflictos entre ideales e intereses, sin duda no es siempre sencillo compatibilizar costumbres y tradiciones comunitarias con valores ligados al bienestar material y al mercado. Pero no parece que la vía deseable para enfrentarlas sea sacralizar a una de las partes y demonizar a la contraria, afirmando quién sabe qué superioridad moral de la democracia comunitaria sobre la democracia moderna de partidos.

Lo que realmente está en juego en Chiapas y en el resto del país no son “modelos” o generalidades sobre el bien y el mal absolutos. Tampoco es muy relevante la feria de vanidades entre Marcos, los miembros de la Cocopa, los de la Conai y los asesores del EZLN, por más que capte la atención de demasiados periodistas. Lo que está en juego es más bien la vida, los sufrimientos y el futuro de seres humanos concretos, indígenas y mestizos, que han padecido ciertamente por décadas una situación de opresión y marginación, de miseria y de maltrato. Y que padecen hoy, además, los estragos de inseguridad y miedo provocados por una violencia que ha desgarrado la vida de sus comunidades y de sus familias, y que ha generado nuevos odios y resentimientos. Y lo que se requiere por todo ello son propuestas específicas, soluciones viables, negociaciones y compromisos responsables, y sobre todo, reconciliación y pacificación. Frente a los adoradores del heroísmo armado vale la pena recordar, por ello, la frase del Galileo de Brecht: “pobre sociedad la que necesita de héroes”.