Rafael Pérez Gay. Escritor. Su más reciente libro es Llamadas nocturnas.

Algunos lectores y amigos saben que muchos de los que trabajamos en nexos hemos vivido siempre en la colonia Condesa, lugar en el que la revista puso sus oficinas a mediados de los años ochentas. Los mismos amigos saben que para hacer un viaje al norte o al sur de la ciudad, meditamos largamente el asunto, como si tomáramos una decisión esencial. Este pascaliano espíritu sedentario nos ha ganado epítetos lacerantes y comentarios mordaces no menos ciertos, pero la verdad es que si habláramos de vinos, a este espíritu remiso se le llamaría denominación de origen.

Al principio fue el Xel‑Ha, un restorán de comida del sureste de México donde el equipo editorial de la revista despachó a deshoras con diligencia y relativo profesionalismo. Nada escapó a las comidas del Xel‑Ha: la cavilación melancólica, la euforia futbolística, Ia confesión amorosa, la disputa cultural, la revelación escandalosa. Los grandes cambios se producen bajo un velo de distracción. Una noche, cuando salíamos del Xel‑Ha, nos restregamos los ojos; primero hicimos responsable de nuestras visiones al whisky y unos a otros nos prometimos dejar de beber. Más tarde aceptamos la realidad: buena parte de la colonia se había convertido en un gran restorán dividido, a su vez, en pequeños restoranes. Un amigo llamó La Fondesa a La Condesa para referirse a esta explosión de comederos, fondas, loncherías, taquerías, creperías que poblaron en unos cuantos meses las calles de Montes de Oca, Tamaulipas, Vicente Suárez, Atlixco, Sonora, avenida México, Amsterdam, Campeche y, sobre todo, lo que se conoce como el Corredor de Michoacán, que avanza imparable en su ambición culinaria entre las calles de Nuevo León y Mazatlán.

Ahora bien, ¿qué hacer cuando la colonia donde uno vive y trabaja se ha vuelto un comedor gigantesco? Lo que se hace en momentos de gran urgencia: nada. O cuando mucho, registrar los momentos culminantes de esta ofensiva culinaria.

Desde muy temprano, los empleados de los restoranes salen a la calle, escobas en ristre a fregar las banquetas con agua jabonosa que viene del piso de la cocina del restorán en cuestión y va a mezclarse con gran naturalidad a la grasa del asfalto. No se ha hecho aún un análisis de este poderoso líquido, pero si se estudiara su composición química, Mario Molina volvería a ganar el Premio Nobel. Un modesto río de aguas que llevan restos de comida de ayer y Fab de hoy corre las calles en las primeras horas de la mañana. Nunca tuvimos banquetas tan limpias. Hay días afortunados en que uno puede adivinar el menú del restorán más cercano debido al olor picante de la acción limpiadora y el vapor que despiden las ollas pioneras de la cocina. Ayer a las diez de la mañana supe que el plato fuerte de un restorán de la zona sería pescado. Me sentí feliz de saberlo antes que los comensales, como si pudiera ver el porvenir. Esta operación matutina se extiende hasta el momento en que la gente ocupa las mesas dispuestas bajo un toldo, en la banqueta, lugar donde los comensales se darán, antes que nada, un festín de ozono bajo un insólito cielo azul cobalto, naranja y morado. Wim Wenders pagaría por un espectáculo de esta naturaleza para una de sus películas.

A la hora de la comida la mayoría de estos comederos se llenan hasta los topes. Los paladares curiosos pueden ejercer distintas aventuras culinarias (tache su opción con una X): el sope con salsa roja (en un lugar que no revelaré porque es muy pequeño y no soportaría el éxito), Ia baguette de roast beef (en II Mangiare), la costra de atún (en Los Arroces, de gran éxito entre hombres y mujeres que conversan a celular abierto), el spaghetti y el vino (en La Garufa y La Gloria, siempre a reventar, concurridísimos por jóvenes que extrañamente siempre visten de, negro), la pierna al horno (en el Bal Nuel o León, que se llena desde las dos de la tarde y donde, hay que decirlo, la redacción de nexos ha logrado una nueva madriguera), los medallones a la mostaza (en II Vaticano o La Trattoria), la variedad de crepas (en La Creperie de la Paix), el churrasco en el No llores por mí, Ios tacos del Tizoncito y el Farolito, el gusto oriental en el Daikoku o el Paraíso de Oriente.

La consecuencia inmediata de esta fertilidad de cocinas es que hay que caminar a la mitad de la calle, a menos que uno quiera picar del plato de un desconocido mientras pasa haciendo equilibrio entre las mesas. La segunda consecuencia de este éxito es la cantidad de veces que hay que saludar al pasar por los restoranes. He saludado a más de cinco amigos que no sé quiénes son. ellos me saludan amablemente y yo hago lo mismo, pero ni ellos ni yo sabemos quiénes somos. Ayer saludé tres veces a la misma persona: ella pensó que yo buscaba con disimulo una invitación a comer y yo que ella iba a engordar porque tenía un platillo distinto cada vez que pasé frente a su mesa. Estos encuentros obedecieron una razón geográfica imposible de soslayar: para ir a la peluquería donde me corto el pelo hay que tomar un helicóptero o pasar por el Corredor de Michoacán. una de ida, otra de regreso: otra de ida porque se me olvidó el saco en la peluquería. Cuando recuperé mi saco, regresé a mi casa en minitaxi para evitar las murmuraciones. Conclusión: hemos ganado restoranes, pero se ha perdido el anonimato, la libertad de cruzarse con caras que no volveremos a ver nunca.

¿Qué otras conclusiones científicas se pueden extraer de este trabajo de campo? Varias, la primera de ellas, que hay una proclividad al título argentino e italiano (Vean si no: Che Genaro’s, No Llores por mí, La Garufa, Argentinísima, El Buen Bife, La Trattoria, II Vaticano, II Mangiare, II  Bel Canto, Vucciria, La Lucciola). ¿Por qué han elegido los dueños de estos establecimientos nombres italianos y argentinos? Mi equipo de investigadores lo ignora; yo también lo ignoro. Otra conclusión no tan definitiva, pero no por eso menos interesante, es que hay un bloque nostálgico de la vieja Europa Oriental enclavado en la colonia, ellos son: El Balatón, el Páprika y el Specia, que son respectivamente húngaros y polaco. Otra conclusión notable es la resistencia cultural que oponen las vulcanizadoras, los talleres mecánicos y las tlapalerías de la colonia. No será infrecuente, entonces, que uno se coma un filete de pescado a dos metros de un mecánico que cambia unas bujías; o bien, que pida usted un buen bife a unos pasos de un saco de cal, ochenta metros de manguera, una torre de cubetas y un rollo de jerga flamante. Esto le da al paisaje urbano de la Condesa un toque internacional, aún no sé si la estampa recuerda a París y Roma o a Calcuta y Bombay. Sin embargo no hay de qué preocuparse, aunque ocurren cosas muy raras en la colonia, todavía no se sabe de nadie que se haya metido a comer en una tlapalería o a tomarse un trago en una vulcanizadora. Dicho lo cual: hon apetif.

El lector se preguntará qué demonios hace un artículo de restoranes y comida en una columna de literatura y política cultural. No lo sé. Esta página llegó inopinadamente a este espacio, igual que los restoranes a la Condesa.