José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente novela es Mátame y verás.

Napoleon y la historiografia

Aunque no fue sino hasta tiempos modernos que la libertad intelectual se convirtió en ideal e incluso en obligación de la creación cultural (Alzate, por ejemplo, se sintió obligado a enfrentarse, en cuanto escritor, al virrey), siempre anduvo rebullendo en todos los autores, desde tiempos clásicos.

Los autores casi siempre eran “siervos” o cortesanos de los poderosos, escribían para complacerlos, para ganarse la vida o algunos favores, o la llana supervivencia, pero a la vez siempre, en cuanto el poderoso se descuidaba, iban a más, y buscaban la verdad, la fama, la belleza, la utopía y establecer su propia visión de los hechos. Había que mantenerlos, sí (a pocos poderosos les gusta hacer el arduo trabajo intelectual por sí mismos: el estudio, la reflexión, la composición de las obras), pero mantenerlos bajo estrecha vigilancia.

Una extraña paradoja ocurre cuando el autor libertario se fascina y hasta identifica con el mandón e incluso con el tirano. Se diría que el poderoso es el verdadero autor, el que escribe directamente en la realidad, con hechos sólidos, lo que el escritor apenas finge con sus palabras. Muchos autores, y entre ellos no pocos excelentes, consideraron a Napoleón como el gran autor de realidades concretas, del libro de la vida de todos, de toda la nación, del mundo entero: el gran historiador en vivo y en sólido, el mayor poeta en el mundo objetivo.

Voltaire se había fascinado con Luis XIV; infinidad de autores del siglo XIX escribieron sobre Napoleón no sólo para revivir y apoyar su memoria y su leyenda, sino para sentirse un poco él, una parte suya, ecos verbales de su realidad práctica.

Napoleón cortejaba a los autores y a los poetas: Chateaubriand, Goethe, Fontanes. Desde luego, como todos los tiranos, cortejarlos era una forma rigurosa de someterlos.

Pero más sutil e inteligente que otros poderosos, Napoleón los envolvía, los confundía, los dispersaba, le impedía a cada cual entender qué función y qué peso tenía en el conjunto de la revolución cultural y artística que se proponía establecer en su milenio. Eran tuercas que desconocían la máquina global en que servían.

Los autores favorecidos por Napoleón vivían en continuo asombro. A veces recibían elogios y favores desmedidos, inexplicables, y en ocasiones se enteraban de que precisamente las ideas, las tendencias y las personas más antagónicas recibieran iguales estímulos, o asimismo, lo que también era frecuente, semejantes desprecios, indiferencias o velados castigos. Según Sainte‑Beuve, la política literaria de Napoleón, aparentemente atrabiliaria y contradictoria, consistía en mantener a todos los literatos, ente sí, en continuo jaque. Unos a otros se impedían, se limitaban, se estorbaban. Involuntariamente, cada autor era una manera de tener en jaque a los otros. Cada cual el contrapeso, el antídoto, el policía del otro.

Las oficinas de Napoleón no se ocupaban solamente de batallas ni de leyes. Dedicaban mucho tiempo a las letras, especialmente a la escritura de la historia. Para él, la historiografía no era algo que escribían los historiadores, sino algo que al emperador le tocaba mandar e inspirar. Y se inspiraba y mandaba todo el tiempo, hasta en los detalles.

Por ejemplo: en Burdeos, el 12 de abril de 1808, ordenó a su ministro del Interior que el bibliotecario Halma continuara una antigua historia oficial francesa, el Abregé chronologique de Hénault, que se había quedado en el capítulo de Luis XIV. El ministro, muy moderno, puso reparos: no era asunto político, dijo, sino cultural, y había que dejarlo en las manos de los hombres de letras. Napoleón “prendió fuego”, dice Sainte‑Beuve, y le contestó a su ministro en una “nota secreta”: había que continuar esa historia clásica, dijo, y ya, y en manos del señor Halma, porque era “de la mayor importancia asegurarnos del tipo de espíritu” en que se escribieran los hechos históricos.

“La juventud”, dice Napoleón, “no puede juzgar suficientemente los hechos sino según la manera en que se le presenten. Engañarla al redibujar los recuerdos es preparar los errores del porvenir”. Enseguida encargó a sus ministros, incluyendo al ministro de la policía, continuar todas las obras historiográficas importantes que se habían quedado en la época dorada del Rey Sol: “Es necesario que este trabajo no se confíe solamente a los autores de talento verdadero, sino también a los funcionarios públicos (des hommes attachés), que presentarán los hechos bajo su punto de vista verdadero, y que prepararán una instrucción sana”. Ninguna tarea le pareció a Napoleón más importante que esa.

A continuación dictó sucintamente cómo debían narrarse cada hecho y cada reinado, y para obtener qué tipo de emoción en los lectores y estudiantes (por ejemplo: “Se deben pintar las matanzas de septiembre y los horrores de la Revolución con el mismo pincel que a la Inquisición”). Se trataba sobre todo de reconciliarse (pero no mucho) con el pasado general de Francia, sin privilegiar facciones, en busca de la unidad nacional, pero mostrando que todo el pasado había sido pesaroso, “de modo que se respire al llegar a la época en la que se goza de los beneficios debidos a la unidad de las leyes, de la administración y del territorio”: la tierra prometida del propio Napoleón.

“No hay trabajo más importante”, insiste. Hay que propiciarlo para orientarlo, para inspirarlo, para hacerlo posible, y para impedir que gente ajena se inmiscuya en este asunto, toda vez que en cuanto la obra esté terminada y publicada por quien el propio poderoso ha nombrado, instruido y vigilado (“bien hecha y escrita y en una buena dirección”), ningún otro autor “tendrá la voluntad ni la paciencia” de hacer otra por su cuenta, dice un emperador conocedor de la gran debilidad humana de los escritores: nadie querría ni podría escribir otra historia, “sobre todo, porque lejos de ser estimulado por la policía, sería desestimulado por ella”.

FUENTES: Sainte‑Beuve: Portlaits lilteraires (capítulo “M. de Fontanes”), ed. Gérald Antoine, Editions Robert Laffont, París, 1993.