Roberto Pliego. Escritor. Es editor de la revista nexos.

La despoblada categoría de los ensayistas de primera clase no podría concebir la ausencia de Martin Amis. Parece tenerlo todo: el refinado patrocinio de la mordacidad, una combinación temerariamene literaria de anatomista y destripador, un estilo ejemplar, cierta propensión a liarse a puñetazos con todo lo que no idolatre, y un tono ácido, hiperbólico, a veces festivo.

Hace muchos años que Martin Amis va cada vez más para arriba. Me refiero a sus libros, por supuesto. Vayan ustedes a saber cómo le hace, pero el caso es que el último siempre termina imponiéndose a los anteriores. Luego aparece el siguiente. Algo le dice al lector que el próximo sólo tendrá sentido en la medida en que supere y potencie a sus hermanos mayores. Considerando la creación literaria como un misterio enorme. Martin Amis imagina y concibe sus libros a la medida de ese misterio. No engorda, no flaquea.

Todo lector asume que aquello que está leyendo debería, cuando menos, aspirar a lo ejemplar, que lo leído se vuelva primordial. Es algo que se desea con sobrada inquietud: encontrar una lectura primordial. Visitando a Mrs. Nabokov puede materializar con creces este deseo. Hay que reconocerle una cosa, entre muchas otras: que sea capaz de trasmutar el burdo metal del periodismo en materia suntuosa y segura de pertenecer al reino del ensayo literario. Por lo visto, en manos de Amis el periodismo es también una cuestión de forma.

El libro reúne artículos publicados en revistas y suplementos de cultura a lo largo de quince años y explora tres ámbitos principales. Primero, y sin un agrupamiento riguroso, mantiene encuentros con algunos escritores en lengua inglesa que suelen caracterizarse con una cortante ironía, y de vez en cuando con una franca veneración. El libro también es, al parecer, un centro adonde las figuras del espectáculo musical van a depositar sus huesos en paz. En tercer lugar, es una especie de vitrina que exhibe, desde luego mediante un criterio de afición, a tres o cuatro figuras del deporte o, con tremenda movilidad, de los juegos de salón. Lo mismo Saul Bellow que Madonna o la famosa partida entre Karpov y Kasparov, lo mismo Roman Polanski que un juego de futbol o una entrevista con Graham Green. Amis despliega un juego de combinaciones típicamente literario, y se pasea entre la multiplicidad humana y todas sus producciones como si diera la vuelta al mundo en un carrusel.

Con Amis se puede prescindir de los temas mismos, incluso de sus mismos propósitos, pero es imposible eludir las revelaciones de su estilo. No sólo desecha las empresas fáciles sino la facilidad con la que algunas grandes empresas se llevan a cabo. Y tiene razón. El lector de sus páginas tiene la sospecha continua de que para escribir hace falta carecer de remordimientos. Ofrezco algunos ejemplos: “Sabatini parece un purasangre humano, un experimento logrado en geneto‑estética, concebida, cultivada y acondicionada para el máximo esplendor” (en “Tenis: Categoría femenina”); “el clima recuerda esa intensa sexualidad de los años setenta; los actores son una diligente conserjería del cuarto de calderas venéreo” (en ‘Madonna”); “los escritores pretenden desdeñarlo todo, pero también quieren tenerlo todo; y lo quieren ahora mismo” (en Nicholson Baker”). No hav duda que leyendo a Martin Amis se pueden averiguar muchas cosas sobre la falta de remordimientos.

De manera inevitable, Visitando a Mrs. Nabokov explora muchos de los universos personales y recurrentes en las novelas de Martin Amis. ¿Qué más amisiano que Nabokcv? Es decir, ¿qúe más nabokoviano que el ajedrez y qué más ajedrecístico que la épica de Saul Bellow? Pero el libro también se sugiere como una guía para no quedar excluido del siglo XX. Mientras nuestros sentidos se recrean con una inquietud violenta, la pornografía, Ia amenaza nuclear, la muerte de John Lennon, Ronald Reagan, la India de Naipaul o la ciencia ficción se vislumbran al margen de la página como algunos de los puntos de destino de la modernidad y sus filias y tropiezos.

Lo más relevante, sin embargo, me parece la soltura con la que Martin Amis consigue hacernos ver aquello de lo que está escribiendo. Siguiendo el modelo entremezclado del reportaje, la crónica y la entrevista, los artículos revelan siempre formas humanas definidas, casi diría con una precisión voluminosa e inquietante. ¿Por qué pasa eso? ¿Porque hay una capacidad de observación atenta al mínimo detalle? No. Es porque no hay diferencia entre observar y escribir. Son la misma cosa. Cada trazo de escritura lo decide la manera con la que el ojo se apropia del mundo. El estilo que Amis emplea para ver el mundo no dista nada del estilo para escribirlo. Se trata igual de una fuerza instintiva que de un instrumento de alta precisión.

En el ensayo final dedicado a V.S. Pritchett, “cuyo estilo hace las veces de instrumento moral”, Amis señala que los grandes escritores influyen de manera concreta en sus lectores. Elevan y transfiguran el mundo sensible para siempre”. Leyéndolo, uno tiene la impresión de haber dejado un poco de ser el mismo. Sí. La literatura ya no podrá volver a ser la misma después de Martin Amis.

Martin Amis es uno de los novelistas ingleses contemporáneos más reacios a la empresas fáciles o consabidas. También es un gran ensayista, un temperamento con una caldera estilística siempre a punto de reventar.

Amis Visitando A Mrs. Nabokov Anagrama Barcelona, 1995 284 pp.