José Carlos Castañeda. Editor de cultura del Semanario etcétera.

A Elena Garro se le atribuyen muchas frases, opiniones, aforismos, incluso largas elucubraciones, aparte de las que ha publicado. Su rostro se oculta bajo el disfraz de una leyenda viva. Por momentos es desconcertante, y parece imposible precisar con fidelidad el sentido de sus afirmaciones. Esconde un alma de polemista alerta a la caza de una querella. Cada una de sus confesiones encierra una controversia.

Su vocación literaria es alérgica al rigor de las clasificaciones y al espíritu del juicio lógico. Decir que piensa tal o cual cosa sería arbitrario, con frecuencia oscila entre posturas contradictorias. Pese a ello, queda una certeza: su presencia provoca cierta perplejidad y obliga a los demás a cuestionar el valor de sus certidumbres. Para quienes la conocieron, este ánimo polémico, y muchas veces francamente heterodoxo, retrataba a una personalidad voluble e insegura. Pero Garro no creía que la coherencia era una virtud, más bien cree que es una cualidad vegetativa.

Encarna una imaginación fabulista que busca escapar del naufragio de la modernidad, pero no parte de una decepción postmoderna porque nunca cultivó la ilusión del progreso. Garro quiere ser la cronista de esta crisis espiritual que anuncia una nueva educación sentimental estampada con la efigie del rebelde. El mundo -según su diagnóstico del siglo XX- entró irreversiblemente en el tiempo de los fusilamientos: la era de las persecuciones. En una ocasión, cuando Luis Enrique Ramírez le pregunta por el supuesto delirio de persecución que algunos críticos detectan en su obra. Garro contraataca: “Pues si yo tengo delirio de persecución, no soy la única, lo padecemos millones en el mundo. Todos los que se han escapado de Indochina, de China, de Rusia, de Alemania, de España; 400 mil tenían delirio de persecución cuando huyeron de Franco ¿no? Es que es la época de los grandes desplazamientos”.

La revolución más violenta, que gestó la utopía moderna, fue la mutación de nuestra idea del tiempo. Pasamos de la concepción mítica del eterno retorno a la imagen temporal que ha venerado la modernidad: el futuro. Esta transición recuerda la alegoría de la caída, el individuo moderno se encuentra en la intemperie del desarraigo, expulsado de la memoria colectiva y lanzado al porvenir, donde los lazos sociales se convierten en un contrato de voluntades autónomas libres de cualquier patrimonio consagrado por la memoria de la tradición.

La conciencia de la expulsión del paraíso surge cuando el tiempo cíclico que ordena el pasado en jerarquías establecidas se derrumba; y el individuo descubre que ya no puede recurrir a valores absolutos capaces de justificar definitivamente la bondad de una opción, de una vez para todas. La ausencia de certezas delata que caímos en la corriente salvaje del presente, donde no quedan vestigios de la antigua armonía universal.

A partir de ahora, el caos aparece con un nombre propio: la velocidad del presente. que aniquila toda reliquia de la tradición, que borra cualquier asomo de la reminiscencia. Desde entonces, abandonamos el jardín del edén, donde las normas son inflexibles y claras, para adentrarnos en el bosque de los fugitivos, donde se desploman los monumentos preestablecidos y no subsisten atavismos que conservar. Arrojados al torbellino del presente no hay tiempo para respetar el canon, es preciso crear uno nuevo. Y este adiós al orden idílico del pasado significa el surgimiento del ciudadano moderno y el nacimiento de la autonomía, entendida como libertad para inventar una nueva ley que ya no dependa necesariamente de la exaltación de la antigüedad, sino que ahora persigue en el porvenir, en su proyecto, las nuevas reglas de comportamiento.

La modernidad, antes que defensa de unos valores, significa proyecto de construcción de un nuevo orden social, basado en principios éticos, pero sobre todo fundamentado en la creencia de que el futuro “contiene en potencia la respuesta a todos los males, que su desarrollo implica la elucidación del misterio y la reducción de nuestras perplejidades, que es el agente de una metamorfosis total, como escribió E. M. Cioran.

Con la pérdida del paraíso también renunciamos al ciclo del eterno retorno, que garantiza la estabilidad del cosmos mitológico, para hundirnos en el remolino del instante animados por el aguijón del futuro. Listos para enfrentar la levedad de lo contingente y descubrir la fragilidad de lo perecedero, pero sujetos a las leyes del azar e incapaces de librarnos de la incertidumbre de lo fortuito. Aguijoneados por la posibilidad de elegir el destino de nuestras acciones, seducidos por el ideal del libre albedrío, partimos al sacrificio del presente en el templo de lo desconocido: el porvenir. Libres en el ahora, atados al mañana.

Sin embargo, como plantea Cioran, “en cuanto nos hallamos ante la imposibilidad de adherirnos al futuro, nos dejamos tentar por la idea de la decadencia”. Garro parte de ahí, de esa visión apocalíptica de la modernidad. Concibe a la historia como un tiempo donde se desarrolla el proceso monótono de nuestra decadencia. No cree que esta caída pueda eludirse, apenas es posible que encuentre refugio en una arcadia ficticia, en un salvoconducto literario, que se convierte en huida permanente, en ficción del fugitivo. Ante la cruzada del mal no queda más que la pasión inane de los fugitivos que ‘viven toda organización social como si fuese igual a la de una temible tiranía y tratan de borrar sus huellas y los rasgos de su rostro”, como sugiere Claudio Magris.

La concepción moderna de la revolución se basa en una nueva imagen de la temporalidad. Garro alude a esta metamorfosis del tiempo con una frase: “la Revolución estalló en una mañana y las puertas del tiempo se abrieron para nosotros”. En la acepción tradicional de la palabra, revolución remite al movimiento circular de los astros; significa tiempo cíclico, entraña repetición y regularidad en el cambio. La imagen moderna no refiere al eterno retorno del orden natural, proclama una transformación radical: plantea una ruptura con el antiguo orden y funda una nueva experiencia temporal. Se inicia la ilusión del progreso lineal y con ella, los modernos heredan el futuro como único itinerario de salvación. No más retornos al pasado perdido.

Esta marcha al futuro destierra la gravedad de la memoria y vaticina un ajuste de cuentas con la tradición, que rápidamente se convierte en el rival. No tardó en emerger una reacción contra esa visión moderna del tiempo, que vive cautivada por el futuro y pretende abolir los poderes del recuerdo. La revuelta contra el porvenir enfrenta la emboscada de la modernidad y recuerda que, como Ernst Junger señaló: “somos víctimas del espejismo del tiempo: pensamos avanzar hacia adelante cuando en realidad nos estamos moviendo hacia el pasado”. En lo más profundo del inconsciente sobrevive, arraigada en pulsiones soterradas, otra visión del tiempo que combate la utopía del progreso.

Los orígenes de ese conflicto pueden rastrearse hasta el nacimiento de la modernidad, incluso esta rivalidad termina por escindir el espíritu de rebelión. Surgen dos estrategias antagónicas: por una parte, el estilo revolucionario; del otro lado del espejo, la resistencia de la revuelta. Mientras la revolución significa advenimiento del futuro, Ia revuelta lucha por regresar al origen: para una lo original es lo nuevo, para la otra, lo originario. Asimismo, el proyecto revolucionario apunta a un programa racional, definido por la autonomía del individuo. Y la revuelta hunde sus raíces en una vocación romántica, que añora las tradiciones comunales amenazadas por el individualismo. Y se asienta en valores legendarios amenazados por el progreso.

Elena Garro se encuentra en una encrucijada. Su posición refleja el asombro y el desconcierto propios de un espíritu desorientado frente al caos que rodea las fronteras de la modernidad. Algunas rivalidades la guían: no acepta el fundamento de la era moderna, esa tierra prometida: el Yo. Para sus personajes, el dilema radica en descubrir y enfrentar la inestabilidad del sujeto. El destierro de la divinidad inyecta un tono trágico a sus relatos de creaturas extraviadas en un mundo que aniquiló la inocencia y sacrificó su legado en la tentación de la emancipación. Su diagnóstico toma por asalto el corazón de la identidad, y revela que el individuo moderno sufre un proceso de disolución, que paraliza su ánimo vital y fragmenta su pasado. Pues la memoria ya no consigue unificar sus impresiones, y los recuerdos se borran lentamente, anulando la coherencia del Yo. Nuestra entrada en el tiempo lineal de la historia originó una identidad rota, un desgarramiento inicial, que marcó el inicio de la invasión del mal. Con otras palabras, el enigma de la identidad se transfiguró en el desasosiego por la inanidad del Yo.

Elena Garro es la narradora de nuestra iniciación en la modernidad. Registra el choque cultural que significa una revolución que toma por asalto fundamentalmente a la mentalidad rural. Para el campesino, la lucha revolucionaria simboliza una resistencia frontal al progreso de la vida moderna, pues el desarrollo de las prácticas urbanas profetiza su derrota como clase y como cultura de apego a la tierra. En sus inicios, Garro narra la desaparición de esta cultura de la tierra, tratando de recuperar sus orígenes mitológicos y sus costumbres mágicas. Los recuerdos del porvenir es una novela sobre la destrucción del edén y el eclipse de la inocencia. Es una réplica en prosa de un poema de López Velarde: El retorno maléfico. A partir de la relectura de la rebelión cristera, Garro evoca la historia de la expulsión del paraíso. Recreada como la subversión del edén, que se calla tras la mutilación de la memoria. Esta evocación de la infancia secuestrada por la guerra profundiza esa íntima tristeza reaccionaria, que observa con escepticismo el espíritu liberal del siglo XIX.

¿Elena Garro es una escritora conservadora?

¿Quién es Abacuc, el héroe fantasmal de Los recuerdos del porvenir? En la novela personifica al caudillo cristero, que permanece ensombrecido durante toda la trama. Siempre se espera su llegada inminente, que luego se aplaza hasta diferirse en un tiempo inmemorial, que sólo reconocen los muertos, justo cuando comienzan los fusilamientos. Garro describe a su héroe rebelde como un antiguo zapatista, que abandonó las armas y guardó silencio cuando Carranza asesinó a Zapata. “Se dedicó al pequeño comercio. Viajaba de pueblo en pueblo, montado en una mula, vendía baratijas y se negaba a hablar con el gobierno carrancista. Enigmático, vio cómo después Obregón asesinó a Carranza y tomó el poder para más tarde pasárselo a Calles. El, Abacuc, siguió vendiendo sus collares de papelillo, sus arracadas de oro y sus pañuelos de seda, mientras el grupo en el gobierno asesinaba a todos los antiguos revolucionarios. Al empezar la persecución religiosa, Abacuc y su mula cargada de fantasías desaparecieron de los mercados. Se decía que se había ido a la sierra y que desde allí organizaba la sublevación de los “cristeros”.

Elena Garro trasladó este protagonista de las páginas del Antiguo Testamento. El héroe de la revuelta es un profeta bíblico: llamado Habacuc. Una especie de héroe justiciero, que reclama por el mal y la injusticia. Al acudir a esta alegoría se puede ver, con claridad, la dimensión religiosa en la obra de Garro. El profeta Habacuc, en su invocación divina, protesta por la ceguera de Dios ante la conjura del mal y el avance de la injusticia en el mundo, y frente a su sordera vaticina la rebelión: “¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia y no salvarás? Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio: ¿por qué ves a los menospreciadores, y callas cuando destruye el impío al más justo que él y haces que sean los hombres como los peces del mar, como reptiles que no tienen quien los gobierne? ¿No se levantarán de repente tus deudores, y se despertarán los que te harán temblar, y serás despojo para ellos’?… Por cuanto tú has despojado a muchas naciones, todos los otros pueblos te despojarán a causa de la sangre de los hombres, y de los robos de la tierra de las ciudades y de todos los que habitan en ellas. ¡Ay del que codicia injusta ganancia para su casa, para poner su nido, para escaparse del poder del mal! ¡Ay del que edifica la ciudad con sangre, y del que funda una ciudad con inequidad!”.

Esta inquietud digna del pensamiento social cristiano recuerda algunas de las declaraciones más polémicas de Garro; en 1965, en una entrevista que realizó Carlos Landeros, dijo: “para mí un reaccionario es un señor que explota a los pobres, se ponga cartel de izquierda o de derecha”. Años después, en 1991 le aseguró a Luis Enrique Ramírez que ella era de derecha porque cree en la monarquía y sospecha de las democracias porque “nunca se ha demostrado que el pueblo pueda gobernar en realidad. Yo creo en los valores establecidos” y remata con una total prueba de escepticismo conservador: “la libertad no existe, ¿cómo eres libre si vives en sociedad?… Vivimos en sociedad y mi libertad termina, donde empieza la tuya”.

¿Cómo define Elena Garro a la derecha? En sus propias palabras: “Primero que nada como un tipo que cree en la religión, que cree en la jerarquía, que cree en el honor, que cree que debe respetar al prójimo, que cree en la caridad, que cree que hay que proteger a los huérfanos y a las viudas”. Veintiséis años separan estos dos testimonios, y revelan el carácter provocador de su crítica de la odisea moderna. Esta perspectiva escéptica y antimoderna repite el credo del pensamiento conservador antiiluminista, que nació como reacción al espíritu que anima la Revolución francesa.

El perfil político de Elena Garro surge más como resistencia ante el desorden provocado por el desmoronamiento de la modernidad, que por la injusticia que genera su desarrollo, pues nunca ha considerado al programa moderno como un germen de esperanza, al contrario, la modernidad -para ella- representa la sepultura de la ilusión, porque entraña el abismo del porvenir, donde se cancela el retorno al edén prometido, que se extingue en la mutilación de la memoria.

El texto que presentamos a continuación forma parte de un estudio amplio de la obra de Elena Garro, “la narradora de nuestra iniciación en la modernidad. Registra el choque cultural que significa una revolución que toma por asalto fundamentalmente a la mentalidad rural”.