José Homero. Escritor. Es director de la revista Graffiti.

Entre las señas particulares de la filiación de José Agustín no se cuentan sólo el cabello lacio o la nariz aguileña, también el lunar que distingue a los miembros de la estirpe de la modernidad: la busca de vehículos expresivos en consonancia con el tema. Orientado por las elipses de las estrellas polares de la vanguardia latinoamericana de los sesenta: Julio Cortázar y Guillermo Cabrera Infante, Inventando que sueño renovó el cuento en nuestro país. “Es que vivió en Francia” recurre al procedimiento burroughsiano del collage: la recapitulación autobiográfica en duermevela de Julie Christie es una hilación de declaraciones periodísticas rítmicamente enfatizada por los cortes tipográficos y las repeticiones frástricas. En Cuál es la onda”, se narra el súbito enamoramiento entre una jovencita de clase media y un baterista huesero con un ritmo sincopado conseguido mediante acotaciones del narrador, albures, juegos de palabras, aliteraciones, metástesis y reflexiones sobre el idioma, el modo de narrar y las propias acciones en la mejor tradición de la tardía vanguardia del boom latinoamericano.

Dejaron el bolero, La rumba y el son

Las argentinas sombras del cinematógrafo y las percusiones y voces chillonas del bolero, el mambo, el cha cha chá y la cumbia tremolan y resuenan en las páginas de los narradores de una generación anterior, como Carlos Fuentes, Manuel Puig, Guillermo Cabrera Infante o Mario Vargas Llosa. Agustín fue más allá; no se resignó a la alusión y tradujo a lenguaje los aspectos propios del cine, el teatro y la música pop, como lo prueban esos cuentos emblemáticos del decir agustiniano que son “Cuál es la onda” y ” Amor del bueno” y la composición de Inventando que sueño como una totalidad orgánica donde cada elemento se vincula en relación al conjunto. Al lado de la crónica de un valiente mundo nuevo encontrábamos una vigorosa y burda ironía ante un lenguaje que de tan cuidadoso en la dicción y el diccionario a punto estuvo de la atasia. El sarcasmo ante las frases preconcebidas indicaba igualmente repudio a las costumbres y respuestas preconcebidas de la burguesía.

Como el propio Agustín reconoce en la carta dirigida a su hijo y ahora editor Andrés Ramírez que funge como epílogo a esta edición de sus cuentos completos, Inventando que sueño, el volumen de 1969, fue un buen comienzo y es hasta el momento el libro de cuentos más logrado del autor. Los problemas y no sólo en el ámbito cuentístico surgieron cuando Agustín cambió de dirección. Ciertamente la novela que marca esa transición cenital, Se está haciendo tarde, es la mejor obra de Agustín y una de las más memorables para nuestra sensibilidad, pero tan persefónico periodo se distingue por su decaída vegetación; El rey se acerca a su templo, La mirada en el centro, No hay censura, Cerca del fuego, Dos horas de sol, son frutos yermos, frutos acaso para recordar que proceden de una tierra gastada.

Y de repente, no encuentras nada

Si primeros cuentos de Agustín mostraban un denodado impulso experimental como cumplimiento de una volición realista, en una de esas extrañas bodas entre tradición y ruptura que tanto gustan al mexicano, Ios cuentos posteriores se empeñarán en narrar las vicisitudes anímicas. Influidas por la lectura del pensamiento taoísta, de las tesis de C. Jung, de la tradición esotérica, de las novelas alegóricas de Nietszche y de las grandes obras de Occidente que se alimentan del mito y el sustrato religioso -de El asno de oro a La tierra baldía, dichas obras recorren los caminos de perfección señalados por los ritos iniciáticos con el esmero y la previsibilidad de quien salta las casillas de la rayuela. Esfuerzos de un aprendiz de brujo, tan ambiciosa empresa ha sido resuelta con poco fortuna. La mayoría de los cuentos de Agustín son desesperantemente malogrados. Parece rescatar del cesto de papeles los esbozos o los residuos de temas que ha explorado en sus novelas. El mundo externo ha perdido consistencia para tornarse reflejo del combate entre las dualistas fuerzas cósmicas. Lo más terreno, la política y el erotismo, se encuentran recargados de imaginería gótica y de connotaciones iniciáticas. Los sucesos cotidianos sólo pueden ser trasuntos de vaivenes cósmicos, como si contempláramos un eclipse en la linfa de una jofaina. Los cuentos de Inventando que sueño leídos a mitad de la década de los noventa lucen tan ridículos y vigentes como una película de Milos Forman de esos años y si bien aquello que se deseaba grueso terminó siendo naif cuando no aportando una nueva cabeza a la hidra del kitsch, dichos relatos conservan su poder incantatorio. Muchos de los cuentos últimos de Agustín prolongan la línea de “Cómo te quedó el ojo querido Gervasio”, textos deficientes en tanto no son autófagos pero necesarios para la cabal unidad del volumen. Si estos cuentos no son ya modernos, es decir, cuentos con un desenlace preparado y sustentado en signos inclusos en la narración, los elementos de sentido que diría Todorov, lo que explica que el llamado efecto sorpresa nunca sea tal sino sólo una diestra suerte de prestidigitador, su final no es abierto sino abrupto. Los cuentos son oclusivos, no herméticos. Entre los extremos del discurso parasitario en tanto no se sustenta a sí mismo sino que tiene funciones de prólogo, epígrafe o epílogo en relación con los otros -una asimilación de Agustín de los álbumes pop conceptuales de los últimos sesenta, y los relatos que pretendiendo mostrar las tormentas interiores resultan abstrusos para el lector-, han transcurrido los años últimos de este narrador. “Transportarán un cadáver por express”. “No hay censura” o incluso Las sombras llegan suavemente”, un cuento de ritmo tan equívoco como el de una película proyectada a una velocidad distinta para la que fue concebida y que habría que reelaborar, son cuentos exactos que nos recuerdan que José Agustín es un narrador de gran talento: una razón más para invocar fervientemente que nuestro joven abuelo emerja ya del lado oscuro de la luna.

Acaban de aparecer los cuentos completos de José Agustín, “nuestro joven abuelo”. Esta nota los ubica en el sitio destacado y primigenio que ocupan en la literatura mexicana.

José Agustín Inventando que sueño Cuentos completos 1968‑1992 Joaquín Mortiz México, 1995 390 pp.