Juan José Reves. Escritor. Es Jefe de Redacción del suplemento El Semanario del periódico Novedades.

Cuando pensamos en la muerte pensamos en los muertos, y en nosotros mismos desde luego. Quiero decir que no lo hacemos en abstracto, como si se tratara meramente de un tema de reflexión, bueno para la ontología o para ensayos antropológicos, o de otro tipo, sino que lo hacemos de una manera viva, y nos reconocemos sin duda en una circunstancia concreta, en el centro perdido de la propia libertad que puede expresarse en cosas aparentemente nimias, como tener que decidir qué calle tomamos, como le sucede a David Sorensen-. La muerte, que siempre es de los otros, no deja de ser nunca el espejo de la de uno mismo. Habría casos, con todo, en los que el prójimo no portaría un espejo más de nuestra posibilidad última: sería sólo un obstáculo, una resistencia insufrible, a la que habría que eliminar. No hay que ensayar gran psicología para saber que el asesino suprime entes que le estorban. Cosas, no personas. No hay duda tampoco de que este asunto puede llegar a ser apasionante. La mente y el ejercicio homicidas rompen del modo más perturbador la normalidad: niegan los valores primeros, al tiempo en que muestran las formas más que torpes y deleznables en que estos valores se despliegan en la vida social. El novelista Fernando del Paso sugiere con precisión el asunto cuando alude a Raskolnikov y a la usurera anciana. Matar al otro no es lo deseable, pero puede ser necesario: para redimir al mundo, en el caso dostoievskiano: para salvar obstáculos, en el de David Sorensen, el personaje de la novela de Fernando del Paso, la “historia de un crimen”.

El autor ha puesto de cabeza, en el principio, el esquema tradicional de las historias de enigma. Comienza por el registro del crimen, de lo que hace el asesino después de cumplir su proyecto. Se trata de la disposición de todo un escenario mental y moral. Se trata de la búsqueda del crimen perfecto: quitar la cosa de enfrente, de junto, quitarla de todo lugar y para siempre, y quedar indemne, o más: rico, muy rico. Si se trataba de la esposa. ¿habría bastado con el divorcio, al parecer inevitable? Se ve claramente que no: David Sorensen se siente defraudado, por lo que decide tomar venganza, y, asumiendo al pie de la letra lo que en una conversación incidental le comunica una cínica millonaria gringa, no esperar el castigo después del crimen, sino los dólares. En todo esto no hay razonamiento moral alguno, sino muy pragmáticas ideas. No hay el reconocimiento del rencor propio, ése que va larvándose en el corazón de David Sorensen desde que supo que su padre lo dejó sin más fortuna que la pasada educación en buenos colegios y la actual y amplísima cultura snob. Hijo de danés y mexicana, David Sorensen es un mexicano atípico en San Francisco, California. De facha eulopea, de espléndido acento inglés, ni siquiera necesita papeles migratolios. Tiene, además, todo el aire de triunfador y conquistador -como se prueba en su ligue instantáneo a Linda- y una especie de ángel de la guarda encarnado en un amigo de la infancia irlandés que le consigue buenas chambas y que nunca podría desconfiar de él. ¿Por qué decide matar, suprimir a Linda? La explicación posible no está nada más en su biografía sino también en su circunstancia.

En sus novelas anteriores Fernando del Paso había desplegado ya una suerte de bien cumplido afán enciclopédico, en favor del fuste de sus historias y de la caracterización de sus personajes. El inventario de objetos, lugares. personajes le dan al mundo consistencia y claridad. Cito un ejemplo claro en Linda 67: el registro de las glorias de los Gigantes de San Francisco, con todo y el frío de su estadio. A Fernando del Paso sólo le faltó aludir a Willie McCovey, en una lista en la que aparecen desde luego Willie Mays y Juan Marichal, e incluso Johnny Mize, que sólo en los cuarenta jugó con los Gigantes, y en Nueva York, no en California. Tales nombres aparecen en la historia de modo natural, tienen que ver centralmente con la vida de David Sorensen en San Francisco, esa tierra de promisión. Este mundo de mitología popular corre junto al de la topografía, la nomenclatura y los ambientes de la ciudad californiana, y junto al inventario de bienes de su gente rica: vinos, platillos, vestuarios, iconografía contemporánea. David Sorensen ha dejado su tierra entrañable -la del beisbol, Ia del recuerdo de su padre, Ia de la amistad con su amigo irlandés- para instalarse en un mundo emblemáticamente encabezado por un Daimler y un BMW, dos autos de lujo. A Linda le regaló el primero su padre, un millonario tejano; a David Sorensen le regaló el BMW Linda, o mejor dicho se lo prestó: es un regalo del padre a la muchacha, para cumplir un capricho. David Sorensen es entonces y de entrada un efímero privilegiado: Linda es una gringa millonaria hija de papá, en un principio tan liberal como Madonna y a fin de cuentas más higienista que Lady D. Lo contrario de Olivia, una azafata morena, de valores explícitos, claros, enamorada de David Sorensen y amada por él.

En el sanfranciscano mundo del dinero -el buen coche, Ia buena casa, Ia buena esposa, Ia buena fortuna -todo se permite, si no es mal visto. Se trata de un lugar común, y Fernando del Paso lo hace vivir con plena eficacia: Linda puede hacer lo que quiera, mientras no ponga en peligro la fortuna del padre, que en este caso también es el honor. Aquello incluye la tenencia de un amante, y el desalojo de un esposo, mexicano, y que para colmo fuma (tabaco), bebe, come carne. Es un mundo cínico, de coartadas constantes, en el que la irrupción de David Sorensen sólo puede ser vista como algo natural. Por ello David Sorensen no parece más que asumir un destino, que va más allá de los adulterios y los conocidos pericazos de fin de fiesta, pero que desde luego los comprende. Fernando del Paso está muy lejos de haber hecho una novela moralista, por ventura. Ha hecho un texto de misterio muy eficaz, entretenido, y a la vez profundo. Sin detenerse en laberinto alguno ha mostrado con la crudeza y la naturalidad necesarias los mecanismos del crimen. Ha planteado las razones -triviales, humanas sin falta- del criminal que busca quedar impune en un sentido que rebasa lo judicial, con todo y que haya todas las agravantes. En un sentido literario, por el que el lector tendrá que ir convalidando cada coartada.

¿La historia de un crimen? En toda la extensión de la palabra y con lodos los dones que acompañan a las ficciones de Fernando del Paso.

Fernando del Paso Linda 67 / Historia de un crimen Plaza & Janés México. 1995 375 pp.