Cinna Lomnitz. Geofísico. Premio Nacional de Ciencias 1995.

El nuevo libro del profesor Michael Coe1 pone al desnudo la petite histoire de la apasionante carrera de los sabios mayistas: dos siglos de esfuerzos y de malas pasadas para llegar a descifrar la escritura de los mayas. El libro es una secuencia novelada de chismes científicos cuyos héroes y villanos se llaman Waldeck, Rafinesque, Stephens, Brasseur de Bourbourg, Maler, Forstemann, León de Rosny, Seler, Thomas, Morley, Whorf, Thompson, Knorosov, Kelley, Tania Proskouriakoff, Robertson, Linda Schele, Lounsbury y David Stuart. Ni un solo mexicano.

El principal obstáculo al desciframiento no fue tanto la dificultad intrínseca de la escritura maya, que es considerable, como el prejuicio universal que existía contra las culturas prehispánicas de Mesoamérica. Los egipcios se consideraban una cultura elegante. Se pusieron de moda en la campaña de Napoleón (recordemos su famosa alocución: “¡Soldados, desde lo alto de estas pirámides veinte siglos os contemplan!”), de modo que a Champollion no le costó mucho trabajo convencer a los científicos de que los jeroglíficos podían servir para comunicar por escrito ni más ni menos que nuestra propia escritura. Los faraones cautivaban la imaginación de los victorianos, y las faraonas otro poco. Los mayas, en cambio, se antojaban unos pobres diablos selváticos que jamás pudieron haber inventado un alfabeto propio.

Los glifos de Yucatán, afirmaban los señores mayistas, jamás serían descifrados porque representaban “un universo místico perdido”. En otras palabras, los mayas eran unos primitivos trastornados por sus propias elucubraciones fantásticas y supersticiosas, incapaces de pensar como occidentales. El experto Sylvanus Morley llegó a vaticinar “que jamás se encontraría un solo apellido o un nombre geográfico en las inscripciones monumentales mayas” y que “es de suponerse que los glifos pendientes de descifrar tratan de asuntos ceremoniales”.

Hoy se reconoce que la escritura maya, como la egipcia, la asiria y la china, es silábica y fonética adaptándose perfectamente a la comunicación del idioma hablado. Las inscripciones en las estelas han sido traducidas. Resulta que tratan principalmente de la conmemoración de eventos dinásticos. Dice la Estela 3 de Piedras Negras, un centro clásico a orillas del Usumacinta: “El 7 de julio de 674 nació doña Katún Ahau, en la ciudad de Man. En 686 fue adornada (o sea, desposada) por el Gran Sol Yo Acnal quien subió al trono 44 días más tarde. El 22 de marzo de 708 nació su hija, doña Kin Ahau, la bienamada, de la Estirpe de la Tortuga. En 711 doña Katún Ahau, originaria de Man, celebró la toma del esceptro. El ciclo del reinado de Yo Acnal finalizó el 5 de diciembre de 711”.

Tales inscripciones no tienen nada de místico. En cambio están llenas de datos históricos y de nombres geográficos. Gracias al desciframiento se sabe que el idioma maya clásico se parecía al chol o al chontal, lenguas que se hablan hasta hoy en nuestro país. Ya tenemos listas completas de las dinastías mayas que gobernaron las diversas ciudades‑estados durante la era clásica; tenemos también las biografías de los gobernantes y de sus principales esposas, las fechas de sus reinados y de sus principales campañas militares. Aprender a escribir maya es más fácil que aprender japonés, el idioma de más bajo índice de analfabetismo en el mundo. Sin embargo, muchos especialistas de la cultura maya siguen sin dominar la escritura, posiblemente porque tampoco aprendieron el chol o el chontal.

Los antiguos mayas eran gente como nosotros, con su propio sistema político complejo, su literatura, su cultura y su sentido histórico muy desarrollado. No fueron místicos ni ilusos; tampoco fueron los españoles quienes acabaron con esta cultura. El periodo histórico comenzó en Mesoamérica hacia el siglo III, casi simultáneamente en Teotihuacan, en la costa del Golfo y en el sureste de México. A partir del siglo X se produjo una profunda decadencia política, moral y cultural por razones que tienen que ver con la descomposición de las élites, fenómeno que periódicamente nos afecta como lo sabe cualquiera que lee los periódicos. Coincidentalmente, en esa misma época también declinaba la Edad Media en Europa. El auge posterior del poderío azteca pudo afianzarse en gran parte gracias al vacío que dejaron las culturas clásicas, facilitando así la conquista española en el siglo XVI.

Pese a la evidencia de los textos clásicos, en México se persiste en el ninguneo que contribuyó a impedir el desciframiento de la escritura maya durante más de doscientos años. Enseñamos en las escuelas que los mayas fueron un pueblo sacerdotal, soñador y pacífico que se dedicaba a contemplar las estrellas y que carecía de organización política y militar. La verdad es otra. Pacal I (603‑683), soberano valeroso y brillante, cuyas múltiples hazañas se reseñan en el Templo de las Inscripciones, gobernó desde su esplendorosa capital de Palenque en tiempos de Mahoma. En México desconocemos hasta su nombre. ¿Negligencia u olvido? Es como si los griegos no supieran quién fue Alejandro, o los egipcios, Ramsés Il.

No es que falte interés por el pasado prehispánico. Lo que pasa es que la ciencia europea y norteamericana difundían, hasta apenas diez años atrás, la leyenda de la inferioridad de las culturas americanas autóctonas, y nosotros… aún no nos enteramos de la realidad.

La ciencia mesoamericana

El obispo Diego de Landa (1524‑1579) no tenía ilusiones acerca de la supuesta irracionalidad de la cultura maya. Sabía que era puro cuento. En su descripción de las cosas de Yucatán, nos legó una magnífica y desapasionada etnografía de la sociedad maya a principios del siglo XVI. No fue de balde que se esforzó por acabar con todos los documentos mayas. Eran peligrosos para la fe y para el dominio español. No contenían “asuntos ceremoniales” sino ciencia y cultura; y un pueblo privado de su ciencia y de su cultura es un pueblo indefenso.

Por fortuna, el padre Landa transmitió a Madrid un abecedario maya, que eventualmente serviría para descifrar los escasos textos que él no logró destruir. Todos suponemos que las culturas mesoamericanas poseían grandes conocimientos de medicina y de astronomía y que habían inventado el cero. Tales generalizaciones sirven para esconder nuestra ignorancia, y en muchos casos, para disimular un malinchismo vergonzante. Porfiamos en admirar a los antiguos mayas como si se tratara de monos amaestrados y no de hombres y mujeres que hoy habitan nuestras ciudades, hablan idiomas vivos y siguen tratando de sobrevivir en torno a las ruinas de sus antiguas capitales.

La ciencia mesoamericana no estaba más avanzada que la de Europa, India o China de su época. Se encontraba en una etapa de desarrollo comparable. Es uno de los secretos científicos mejor guardados. Para romper la barrera del silencio, y para recuperar el contacto con el mundo sumergido de las culturas americanas, propongo que exploremos un tema específico cualquiera, por ejemplo la sismología prehispánica, tema que obviamente me interesa. No hay información explícita. Los científicos mexicanos no nos hemos preocupado de averiguar lo que se sabía al respecto. Considérese el glifo ollin que también se usaba para sismo en la pictografía mesoamericana. Según el erudito alemán Eduard Seler (1849‑1922), este glifo se traducía como “movimiento”, pero Seler no lograba explicarse su origen. Supone que representaba dos serpientes entrelazadas, pero no está claro qué tenía que ver con la idea de movimiento. Trasladémonos por un momento al mundo cultural azteca. Ollin es el único de los veinte signos del tonalámatl o calendario mensual que representa una idea abstracta. Según la mitología, cuando los dioses crearon el universo hicieron una gran fogata y se sacrificaron en ella para transformarse en astros. El primero en autoinmolarse fue Nanahuatzin, el dios tutelar del día 17, o sea Ollin. Nanahuatzin se arrojó al fuego y subió en las llamas convirtiéndose en sol. Pero el sol estaba pegado al firmamento y no podía moverse. Entonces los demás dioses, encabezados por Quetzalcóatl, se arrojaron a la hoguera y subieron hasta el firmamento logrando que éste se moviera: Ollin significa, por tanto, no cualquier tipo de movimiento sino específicamente el movimiento sideral de los astros.

Ahora, recordemos que la ciencia de esa época tenía a la tierra por plana. No había nacido Copérnico, ni existió su equivalente en América. El tratar de explicar el movimiento del sol y de las estrellas presentaba una dificultad: ¿dónde se metían los astros cuando desaparecían en el horizonte del poniente y cómo reaparecían más tarde en el horizonte oriental? Forzosamente, el sol y los astros tenían que caminar dentro de la tierra. Esta solución la encontraron también otros pueblos, el egipcio entre otros. Lo original de Mesoamérica consistía en la explicación de los temblores. Si los astros se movían -ollin- por dentro de la tierra podían chocar ocasionalmente o tropezar causando sismos -tlalollin-, es decir, un movimiento terrestre de origen sideral. Los que ocurrían de noche generalmente eran atribuidos al sol, o a su fiel compañero el planeta Venus, identificado con Quetzalcóatl. Los demás se atribuían a las estrellas que se ponían al amanecer y que, por lo tanto, tenían que caminar bajo tierra durante el día. Eso decía la ciencia azteca con respecto a la causa de los sismos.

¿Cómo lo sé? Por esto. Una explicación más lógica y sencilla del glifo ollin es que representa dos horizontes enlazados: el azul de la tarde y el rojo de la mañana, con el sol en el medio. A veces el escriba le agregaba a cada horizonte una nubecita, para su mejor identificación. Interpretando el glifo, significaba el movimiento que recorre el astro de horizonte a horizonte, 12 horas arriba en el cielo y 13 horas bajo tierra. Es la causa de los sismos y por eso, el mismo glifo también sirve para representar el sismo.

Atisbar la ciencia precolombina nos enseña que el pensamiento mesoamericano no era “místico” ni “ritual” sino que buscaba explicaciones originales y realistas de los fenómenos. Los propios mitos fueron en su origen explicaciones científicas. Invito a los colegas a participar en este juego encontrando otras explicaciones científicas, que sirvan para desentrañar el conocimiento indígena y a restaurar el mundo americano a su sitial de honor.

En el Año Nuevo (libremente, según Goethe)2

¡Felicidades a todo mundo! Una cuña nueva a cada palo, A cada pillo, pillo y medio, y al resto salud, dinero y amor.

El desciframiento de la escritura de los mayas tiene más que ver con la derrota del eurocentrismo que con sus dificultades intrínsecas. Aquí se repasan algunos detalles del tormento de los mavistas y se propone una mirada más fresca y desprejuiciada de las culturas indígenas.

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REFERENCIAS

1 Michael D. Coe, Breaking the Maya Code (Thames and Hudson, New York, 1993).

2 Goethes Werke, vol. 1, Denkspruche und Merkreime, “Zum neuen Jahre” (Th. Knaur, Berlin, p. 141).