Alvin y Heidi Toffler son autores de libros tan conocidos como El shock del futuro. Guerra y antiguerra y La Tercera ola.

En una Casa Blanca más familiarizada con Madonna que con Metternich, la estrategia global consciente no sólo escasea sino que es ridiculizada por obsoleta.

Los maestros cantores de la Casa Blanca anuncian al son de la trompeta el surgimiento de Clinton como líder mundial, y citan Haití, Irlanda del Norte y ahora Bosnia. Se aseguran de que sea televisible en el funeral del primer ministro israelí Rabin. Y le atribuyen que la Organización del Atlántico Norte se mantenga unida. Mucho de lo cual tal vez sea plausible o tal vez no lo sea. Pero viéndolo bien, lo que aparece es la parte más vulnerable del “liderazgo mundial” de Clinton.

Si estrategia significa algo explícito y diseñado de antemano -un plan consciente de despliegue de los recursos necesarios para alcanzar metas elegidas conscientemente-, no hay ninguna. Para Clinton, Bosnia es simplemente la crisis políticamente útil del mes. Hace dos años, al mismo presidente que hoy envía soldados norteamericanos a Bosnia se le citaba como sigue: “No tengo que emplear en esto un minuto más de lo que debo”. Nada gramatical, pero claro.

Pero si estrategia significa algo implícito, no planeado y elegido inconscientemente, entonces la Casa Blanca sí la tiene. Y esto ha pasado inadvertido. Incluso, sin ninguna duda, por el propio Clinton.

Por lo tanto, la decisión de Clinton respecto a Bosnia representa una intensificación fatal del compromiso de los Estados Unidos con una Europa en declive, a la vez que Clinton socava el compromiso y la posición de los Estados Unidos en la región del mundo de crecimiento más rápido y económica, política y militarmente más importante, Asia.

Apenas quince días después de anunciar su decisión de enviar soldados a Bosnia, funcionarios norteamericanos y de la Unión Europea en Bruselas anunciaron un pacto memorable que vinculaba aún más estrechamente a los Estados Unidos con Europa y que enumeraba más de 130 zonas de acuerdo o acción común en todo lo que va desde educación hasta control de enfermedades, leyes antinarcóticos y rotulación de productos.

El único logro real de la administración ha sido la ampliación de la OTAN para que abarcara a los países del antiguo Pacto de Varsovia. Pero queda por ver lo eficaz que será esa nueva OTAN para mantener la paz en Bosnia, por no hablar de la seguridad en el continente europeo.

No cabe duda de que las relaciones fuertes con Europa son necesarias para los Estados Unidos. Pero la Europa que Clinton abraza tiene aproximadamente el doble de desempleo que los Estados Unidos. Mientras que en todo el mundo, las empresas y hasta los gobiernos están aplastando sus jerarquías y luchando por desburocratizarse, la Unión Europea ha tomado 15 burocracias nacionales y puesto a otra por encima de ellas, verticalizándose aún más. Los esfuerzos hechos públicos con bombo y platillos para la integración económica y financiera de Europa, basados en nociones obsoletas sobre las economías de escala, aún tienen que dar los resultados predichos y reciben la oposición de amplios sectores del público, como lo demuestran las recientes huelgas en Francia.

Lejos de ir “a la par” con Japón y los Estados Unidos y salirse con la suya, como lo predijeron el economista Lester Thurow y otros, Europa está muy rezagada en la carrera económica global y sigue apresada en nudos políticos.

Una razón clave es que durante décadas los gobiernos europeos derramaron miles de millones en subsidios en su agricultura, mientras que dejaron morir de hambre a sus industrias de alta tecnología basadas en la información. Hoy, según Michael Vlahos de la Fundación Progreso y Libertad en Washington, Europa cubre sólo el 7% del mercado mundial de computadoras. Ninguna de las cinco computadoras más utilizadas en Europa es europea. Ni una sola de las diez compañías de semi‑conductores más importantes del mundo es europea. Europa está rezagada en todas las industrias clave del mañana, incluidas telecomunicaciones, electrónica y biotecnología, por no mencionar campos como películas, televisión y multimedia, cada vez más significativos en el mercado mundial.

En los Estados Unidos, punta de lanza de la revolución informática de la Tercera Ola, el empleo subió el 33% entre 1976 y 1990. En Europa, el número de puestos de trabajo aumentó sólo el 8% y Vlahos agrega que el “97% fue en el sector público”.

En suma, el liderazgo de Europa orientado hacia el pasado ignoró básicamente el cambio histórico más importante en los últimos 300 años, el ascenso de una economía y una sociedad de la Tercera Ola basadas en el conocimiento. Europa tiró dinero en su sector agrícola de la Primera Ola, dejó morir de hambre su naciente sector de la Tercera Ola, y hoy contempla impotente cómo sus empleos manufactureros de la Segunda Ola parten hacia los Bangladesh del mundo. Europa se rehabilitará sin duda, pero no será fácil ni pronto.

Contrástese esto con acontecimientos en la otra parte del mundo.

Los asiáticos, dirigidos por Japón, Singapur, Taiwán, Malasia y últimamente por China, han hecho exactamente lo que los europeos no hicieron, han perseguido conscientemente una estrategia de Tercera Ola.

Han corrido para aprovechar al máximo las nuevas formas de creación de riqueza que hace posibles la Tercera Ola. Esto no ha salvado a Japón de sus tonterías financieras ni de su quimera de bienes raíces. Pero al ser el primero en aplicar los métodos de la Tercera Ola para manufacturar sistemáticamente, Japón fue capaz de sacar productos de calidad sin igual y de crear tipos totalmente nuevos de productos. Japón se disparó abruptamente de no ocupar ningún lugar a ser la superpotencia económica en un breve parpadeo de tiempo histórico. Haciendo uso de su vasto capital, invirtió y estimuló a gran parte del resto de Asia.

Mientras, Lee Kuan Yew, entonces primer ministro de Singapur, planeó conscientemente convertir esa ciudad‑estado en una economía modelo de la Tercera Ola sustentada en información, comunicación, finanzas y otros servicios basados en conocimiento. Ahora Singapur intenta reproducirse en una zona especial dentro de China. Y Malasia ha adoptado en buena medida el modelo de Singapur.

Las 18 naciones que integran el Foro de Cooperación Económica de Asia y el Pacífico (FCEAP) celebraron recientemente su tercera reunión. Esos países, incluidos Canadá, los Estados Unidos, México y Chile, junto con China, Japón, Corea del Sur y Singapur, poseen el 38% de la población mundial y un PIB conjunto de 14 billones de dólares. Dirigen el 56% del comercio mundial. Dependiendo de cómo se hagan las cuentas, el comercio de doble dirección entre los Estados Unidos y los países de Asia y el Pacífico es más o menos el 50% superior al comercio con Europa. Las tasas de crecimiento en la región del FCEAP se cuentan entre las más rápidas del mundo y la mayoría de los países asiáticos derraman fondos inmensos en investigación y desarrollo.

¿Cuál ha sido la respuesta de Clinton a ese amplio giro del poder económico de Europa y el Atlántico hacia la región de Asia y el Pacífico?

Golpear constantemente a los japoneses por el comercio, no a causa de “intereses nacionales” sino para atraer votos de grupos especiales y estrechos y de contribuyentes para la campaña. Para los Estados Unidos no es materia de interés nacional el que los japoneses compren un solo grano de arroz norteamericano. Pero la administración (y para lo que importa, la anterior administración republicana) los presionó para que lo hicieran, perjudicando el apoyo de los cultivadores de arroz al Partido Democrático Liberal japonés, desde hace mucho su fuerza política más pronorteamericana.

Clinton ha respondido a Detroit, a los productores de carne y a un sinnúmero de otros intereses especiales, entre los que sólo las industrias de semiconductores y telecomunicaciones son verdaderamente significativas para los Estados Unidos desde una perspectiva a largo plazo.

La guerra comercial tosca (y en buena medida ineficaz) de su administración contra Japón ha puesto en peligro la alianza militar entre los dos países en un momento en que casi toda. Asia depende de ese acuerdo de seguridad para proporcionar estabilidad a la región. Sólo cuando Wall Street empezó a preocuparse de repente sobre una fusión financiera en Tokio y el retiro a gran escala de fondos japoneses de los Estados Unidos, la gente de Clinton abandonó súbitamente la tentativa.

Para entonces, la relación con Japón había sido tan mal manejada y se había agriado tanto que cuando una muchacha de 12 años de Okinawa fue violada tumultuariamente por tres militares norteamericanos, se desencadenaron protestas antiEstados Unidos a una escala no vista desde principios de los años sesenta. El nacionalismo antinorteamericano va en ascenso.

Es de esperar que pronto haya otra explosión antinorteamericana, esta vez en Corea del Sur. Junto con la corrupción, los sudcoreanos se disponen a investigar la matanza de Kwangju en mayo de 1980, incluidas las acusaciones de que los militares norteamericanos se mantuvieron al margen y no hicieron nada o de que en realidad fueron cómplices de la matanza de 200 estudiantes o más por los militares sudcoreanos.

Si el “liderazgo mundial” de Clinton ha carecido de una estrategia amplia, su táctica tampoco ha pasado de ser la de un aficionado. Uno de muchos ejemplos fue el fracaso de sus halcones comerciales en la partida decisiva de China contra Japón en la cúspide de la disputa comercial de Estados Unidos con Japón. Washington atacó e insultó públicamente a China y otros países asiáticos. Al parecer, nadie en la Casa Blanca conocía la máxima “divide y vencerás”.

Una de las razones de la ineptitud de la Casa Blanca es el fracaso generalizado en reconocer diferencias culturales clave entre Oriente y Occidente, y por lo tanto la incapacidad de entender las señales que envía a los asiáticos conscientes de serlo. Así pues, el eurofílico Clinton canceló abruptamente una aparición muy anunciada en la reciente reunión en Osaka de la Organización de Cooperación Económica del Pacífico Asiático y una reunión con el primer ministro japonés; reprogramó apresuradamente esa cumbre para enero de 1996; y después, con un mínimo aviso previo a los japoneses, la canceló de nuevo, anunciando que no podía ir a Asia hasta abril. Pero no tardó en encontrar tiempo para una gira de cinco días a Irlanda del Norte y Londres, incluida por supuesto una fotografía con la reina Isabel.

Ninguna de esas bofetadas han pasado inadvertidas en Asia. Con ellas Clinton confirmó una vez más, al grupo cada vez más reducido de amigos en Asia, que Washington ahora los considera adversarios o, peor aún, carentes de importancia.

Por lo tanto, ahora se difunde por toda la región que los Estados Unidos ya no están fundamentalmente comprometidos con Asia y que puede que se retiren -o más bien, puede ser que los obliguen a retirarse-, dejando “Asia para los asiáticos”. Estos peligrosos puntos de vista son los que sostienen no sólo los jingos asiáticos como el primer ministro de Malasia, Mahatir, y el ultranacionalista japonés Shintaro Ishihara, sino lo que es mucho más grave, los altos círculos de los militares chinos.

En suma, la torpe diplomacia de Clinton ha logrado convencer a Japón de que ya no es necesario ni querido como aliado, a China de que los Estados Unidos quieren “contenerla” y bloquear su desarrollo económico, a Corea de que no tienen un plan plausible para tratar con Corea del Norte y su potencial nuclear, y a todos los demás de que Asia no cuenta. Esto podría llevar a un error de cálculo y algún día, incluso, a otra guerra en el Pacífico.

Dirigidos por un “líder mundial” que carece de una estrategia global meditada, los Estados Unidos siguen una estrategia irreflexiva. Sin una discusión extendida, sin debate público y ni siquiera una clara conciencia de sus opciones, los Estados Unidos se encaminan a una decisión histórica: un eurotorneo irreversible que podría amenazar a toda la economía global, el lugar que ocupan los Estados Unidos en ella y la continuación de la paz en el Pacífico.

Esto es lo que sucede mientras todas las miradas están puestas en Bosnia.

“Los Estados Unidos se encaminan a una decisión histórica, un eurotorneo irreversible que podría amenazar a toda la economía global, el lugar que ocupan los Estados Unidos en ella y la continuación de la paz en el Pacifico”.