Yo sé que a todos nos caben varias personas dentro. Semejante desfalco lo tengo aceptado desde hace muchos años. Incluso antes de haber oído hablar del doctor Freud y su sabiduría.
Una de las mejores medicinas contra este mal menor es inventar historias. Y, si se puede, creerlas.
Después de los cincuenta años, lidiar con el yo, el ello y el superyó, con los desajustes de lo que ahora cualquier mercachifle sabe llamar “disonancias cognitivas”, es algo tan fácil como caminar con decoro sobre el hielo: cosa de ir haciendo el esfuerzo. Nada con lo que presumir o de lo que inquietarse.
Sin embargo, en esto de vivir como si nada hay a quienes se nos empieza a complicar el asunto cuando el litigio ya no es ni contra el ello, ni contra el superyó, sino contra y entre las muchas categorías en las que puede aparecérsenos el simple y solitario yo: el ensimismado y contemplativo yo disolviéndose como la sal en granos, como cualquier otra derivación de las fracciones de un supuesto y magnánimo todo.
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