La política enloquece. El poder trastorna los sentidos, hace perder piso, prudencia, sensatez. Y, al mismo tiempo, la locura no deja de tener sus encantos. Hay épocas que encumbran locos. El hombre de vanidad inflamada, el combatiente de la obsesión enferma, es visto con frecuencia como el líder indispensable. La política es caldo de contagio del delirio. Cualquier acercamiento al fenómeno del poder exige adentrarse, por lo tanto, en la psicopatología. ¿Cómo es posible que un hombre que habla con su perro muerto y que recibe de su espíritu las instrucciones para salvar a la patria atraiga la devoción de millones?
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