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¡No le puedes dar caldo a uno y luego al otro no!
—Teófilo
Adriana vive en una vecindad con su hermano Ismael. Como cada noche, trabaja en el restaurante de la salida del pueblo de Badiraguato. De pronto irrumpen seis hombres armados. Se la llevan por la fuerza en una pick-up. El que ordenó el secuestro la viola dos veces y le da una golpiza. De regreso a la cabecera su secuestrador la deja libre temporalmente bajo la orden de llevarse sus cosas: por las buenas o por las malas, tendrá que irse a vivir con él.
Cuando Ismael llega al cuarto se encuentra a su hermana bañada en lágrimas, recostada en el suelo. Ella logra explicarle que el que la secuestró va a volver. Pero Ismael la ayuda a escaparse: le pide a una familia, de amigos de su padre, de la cabecera municipal que escondan a Adriana hasta que él baje de la sierra a buscarla. Escondida bajo una cobija en la camioneta del padre, Adriana se fuga in extremis del pueblo mientras el secuestrador y otros hombres armados la siguen buscando.
Ismael me contó todo esto cuando volví a la cabecera municipal: “Se la robaron”, me dice. Yo estaba en Culiacán cuando ocurrió el secuestro. Lograron sacarla del pueblo una noche antes de que yo regresara. Así que Ismael me cuenta que el día anterior, de noche, el tipo llegó ahí mismo, a los cuartos, armado y soltando amenazas, en busca de Adriana. Mientras Ismael habla lleno de ira y de preocupación por lo que podría suceder, Imelda, una vecina, pasa por ahí y se acerca a nosotros. Ella también acaba por contarme que vio al secuestrador buscando a nuestra vecina. Le aterra pensar que el tipo podría volver. Cuando al fin se va Imelda, Ismael cierra el relato: el día anterior le había pedido ayuda a Imelda para esconder a Adriana, pero Imelda estaba demasiado asustada y no quiso.
Como los demás vecinos, Ismael conoce a Armando, el que secuestró a su hermana: trabaja para un pistolero vinculado a una de las redes importantes del municipio. Armando ya tiene mujer —lo cual sólo exacerba aún más la ira de Ismael—. Lo repite varias veces: “¡Si ya tiene mujer!”. Ismael quería ir con Armando y recriminarle en cara lo que había hecho. Pero todo el mundo lo disuadió. Le pregunté después si su hermana estaba a salvo en el rancho del papá y me dijo que sí, que los hombres de Armando “no pueden entrar allá”. Dijo que, de hecho, no se podía descartar del todo que su padre y otros hombres de su rancho fueran a tomar represalias.
Ismael me explica entonces lo que al parecer son las premisas del secuestro: durante las fiestas conmemorativas de la fundación del pueblo, dos días antes del secuestro, Armando vio de lejos a Adriana y mandó a Iván, otro de los vecinos, a pedirle su número telefónico. Ismael estaba con ella y dice que su hermana se negó a darle el teléfono de manera muy educada: ella ya estaba comprometida con alguien y su pareja iba y venía entre Badiraguato y el estado de Chihuahua. Ahí se había quedado la historia. Pero otras dos vecinas presenciaron todo y conocían a los protagonistas. Según Ismael, al día siguiente de la fiesta una de esas vecinas fue a ver a Adriana, descubrió que estaba con otro muchacho y fue a reportarlo a Iván, quien a su vez se lo dijo a Armando.
Éstos son los antecedentes del secuestro de Adriana, según Ismael y los vecinos. Cuando Teófilo —uno de mis grandes amigos en Badiraguato y exprisionero septuagenario que tuvo que inmigrar de regreso— vuelve a los cuartos aquella noche, me repite el mismo relato. Acaba diciendo: “Ves, ¿cómo te dije? ¡No le puedes dar caldo a uno y luego al otro no!”. Agrega que no es la primera vez que Adriana se mete en asuntos turbios. Me cuenta que él mismo presenció una escena de celos de un pretendiente armado, ahí frente al cuarto de Adriana. Según Teófilo, él se encargó de sacar a ese tipo del patio al ver que las cosas podían acabar mal para Adriana, a la que aprecia mucho. Pero Teófilo insiste: lo que pasó ahora “es culpa de ella” y no se puede hacer nada. Por lo demás, a diferencia de Ismael, Teófilo no cree que habrá represalias. Según él, el papá es un cabrón, pero no tiene suficiente influencia.
Unos meses después Adriana seguía en el rancho del padre. Se rumoraba que ya se había casado con un socio del papá y que tal vez ahora sí regresaría a la cabecera municipal.
Luego de pasar una temporada en Francia, volví a Badiraguato, pero ahora a vivir en otra parte del pueblo. Un día fui con Imelda y le pregunté por Adriana, a quien no volví a ver. “Ah, sí, tú estabas cuando según se la llevaron”, dijo Imelda. Quedé anonadada porque Imelda y yo hablamos de lo ocurrido con mucha preocupación y temor: “¿Según?”, le pregunté. Imelda me explicó que ella también se había espantado, pero luego se enteró de que Adriana andaba “pa‘cá, pa’llá con varios y que ya había tratado con él [quien se la llevó] antes y no es la misma. Si uno se encapricha con alguien pero que nunca la trató, eso es otra cosa. Pero Adriana, pues, fíjate, es como… ya había sido novia, pues. Sí se la llevó a la fuerza, pero pues no es como si nunca se hubieran tratado”.
Los procesos que ya había observado, y que se dan ante cualquier acto violento en el pueblo, volvieron a ocurrir durante las horas y los días luego del secuestro de Adriana. El acto en sí mismo entra en una trama narrativa con precedentes y causalidades.
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