“Otra vez, en la herida de quienes sobreviven a su juventud y a la de sus contemporáneos. ¿Qué hicimos mal? ¿Por qué estamos cargando tantos desfalcos quienes creímos que era posible enderezar el mundo?”
Camino por las calles de la antigua Puebla, por ahí donde hace medio siglo comprábamos los lápices y todo lo que la imaginación podía desear. Por ahí donde al crecer intuí el territorio de las alegorías que cuento. O que he contado. Ya no sé si por aquel rumbo volverá lo que sueño. Lo cierto es que ahí vuelve, necia, como su dueña, la memoria.
Me detengo en el umbral de una casa recobrada con arte y con lealtad por un pasado que no se destruye, se recobra. Ahí está la librería Profética. La fundó un bibliófilo, hijo de otro apasionado por los libros y de una mujer que escribía cuando hablaba.
Vuelvo también a ellos y los recuerdo con reverencia. Cruzo la puerta rumbo a los secretos que se agolpan en los libros cuando son muchos y están cerrados, esperando. En el recibidor, como dejados deliberadamente por el azar, encuentro unos versos de Octavio Paz.
El bien, quisimos el bien;
enderezar el mundo.
No nos faltó entereza,
nos faltó humildad.
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