El liberalismo no ganó la batalla, como dicen sus publicistas. Quien celebró el derribo del Muro de Berlín como victoria propia fue, en realidad, un traidor. La guerra contra el totalitarismo provocó la abdicación del ideario. El liberalismo terminó convertido en una doctrina temerosa y conservadora. A mediados del siglo XX, el proyecto liberal dejó de ser una palanca de progreso para transformarse en una filosofía medrosa. En cada esfuerzo por mejorar las cosas, los liberales veían el bigote de Stalin. En cualquier programa de reorganización social imaginaban un campo de concentración.
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