No sé de dónde se saca que la literatura ha de someterse al juicio de la posteridad. La posteridad es tan falible, tan transa, tan humana (demasiado humana) como los contemporáneos. La posteridad francesa ha decidido retomar a Albert Camus, probablemente el más aburrido y sobrevalorado de los Nobel franceses. Era anticomunista, era buena conciencia, era inefable, creía en la prosa bonita (abstractita, dubidu-bidú); y era capaz de espantarse de los campos de concentración soviéticos pero soportaba sin chistar todos y cada uno de los campos de concentración franceses en Argelia, su propia patria. Como Hitler y Stalin han sido los únicos malos de la historia europea, se ha olvidado que durante la postguerra los inefables franceses fueron tan brutales o más con los argelinos, que lo que habían sido los nazis en la Francia ocupada. Sartre cometió todos los pecados del siglo: pensó por cuenta propia, creyó en la revolución, buscó crear una izquierda independiente, trató de reformar el comunismo real, y escribió algunas de las obras más emocionantes y menos valoradas de los Nobel franceses (bueno: es el mayor no-Nobel de Francia): La náusea, El muro, Las moscas, Reflexiones sobre la cuestión judía, A puerta cerrada, Las manos sucias, Los secuestrados de Altona…).

A su muerte, Libération publicó en un dossier una sección curiosa: “Uno de los hombres más insultados de su época”. Dejemos que los bien-pensantes se aburran con el buen Camus: recordemos al diablo Sartre, constelado de insultos.

En mi culo, donde se halla, no se le puede pedir a Sartre que vea claro ni que se exprese con nitidez. Sartre ha previsto al parecer el caso de la soledad y de la oscuridad en mi año. 

Louis-Ferdinad Céline

Excrementicia, obscena, sucia, miserabilista y propia del basurero, la literatura sartreana llegó a su mayor porquería con Simone de Beauvoir y El segundo sexo. Libro donde uno “estudia las peculiaridades de la vagina de la señora de Beauvoir”.

François Mauriac, el humanista católico

Libertad solitaria, hombre sin raíces, desesperación nacida de la impotencia, mundo invertebrado que ha perdido su objeto, su libertad y su contenido, filosofía sin acción, literatura reaccionaria que todo lo que toca lo enfila a una ruta dentro de un garage.

Roger Garaudy

Saint-Germain des Prés era un tranquilo barrio conventual hasta que Sartre lo convirtió en ressort turístico de existencialistas sucios y prosoviéticos, y sede de Les Temps Modernes, la revista más ilegible del mundo.

Boisdeffre

Sartre, ese hombre incurablemente inofensivo.

Mauriac

El sostén invariable de los terroristas.

Pascal Gauchon, Le Monde

Lo que Sartre odia en los burgueses, es que no sean suficientemente depravados, que no sean suficientemente stalinistas.

Jean d’Ormesson, Le Monde

En sus obras literarias, Sartre manifiesta un gusto repugnante por todo lo que es sucio y sórdido. Un personaje de Los caminos de la libertad acompaña a una chica enferma y aspira con delicias, sobre sus labios, el olor innoble de sus vómitos. El país de Sartre es el de los hoteles de mala nota y las tentativas de aborto. Para él tienen algo de intolerable la belleza, la ligereza, la luz, la bondad, la fantasía, la naturaleza. Su obra, despojada de todo encanto, con frecuencia inocentona y escolar, ni siquiera ofrece los atractivos de un horror profundo. Se pasea sobre la superficie de las aguas puercas. Su influencia ciertamente ha contribuido a ensuciar la literatura de su tiempo.

Kleber Haedens,

Une histoire de la littérature française.

Genet es un poeta; Sartre un oportunista.

Un estudiante de Mayo 1968.

Fuentes: Dossier Sartre Libération, 1980; Album Sartre, La Pléiade, 1991; Boisdeffre: Métamorphose de la Littérature, Marabout, 1974; Simone de Beauvoir: La fuerza de las cosas, Edhasa.

José Joaquín Blanco. Su último libro es Mátame y verás.