A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Jaime López. Músico. Su último disco es Odio Funky.

«No es por generación espontánea que haya surgido de hueso, algo de carne y sobre todo estrafalaria vestimenta y apariencia (aún no se le decía look), 99.9% de su personalidad, el mito del rockerondero. Es más el que vive el rol sin escribirlo ni cantarlo ni tocarlo, quien define al personaje típico. Es el cábula callejero más que el cuasiautista rockero como músico y el cuasimodo ondero como escritor». Este texto forma parte del libro Mitos y personajes mitológicos de México, de próxima aparición.

Para el más cerrado lugareño del chauvinista México Lindo y Qué Herido, hay algo peor que ser un pocho del otro lado: el ser un pocho de este lado.

El estigma de Gutiérrez Nájera, ese franchute nacido de este lado del Atlántico, que hasta se sentía duque, sigue vigente, Fernández. El cuasiclaro y cuasioscuro Quetzalcóatl, es el eclipse como identidad. Así el rockerondero no es exactamente güero, pero tampoco justamente Prieto… y como dijera don Guillermo: «Los valientes no asesinan». Y es que ser fronterizo es más una actitud que una pintoresca apariencia.

Aunque lo muevan como simio semidiós, el existencialismo sartreano, la kerouaquiana beat generation, el garcíamarxista boom latinoamericano, todos estos pleonasmos, no son con rigor, Tovar, sus signos. Quizá un poco de kafkianismo involuntario… o de juanorolismo desparramado. Pues desde los sesenta, el rockerondero como músico y como escritor se negó a ser fresa, pero el dos-en-uno-músico-poeta Agustín Lara resultó ser más macizo.

Rock y onda. El rol sin ton ni son sintoniza con el arte de aventar la piedra al agua, que algunas olas hará. Pero, sobre todo, aventar la piedra y sacar la mano. ¿Batear y correr? Simón: un toque de sacrificio y huir para no llamar la atención. Paranoia amar la tensión, es la onda. Y como canto rodado, como piedra rodante (suena más interesante), este rockero pregonó la buena onda como liberación mental y resultó más carnalmente machista que el Charro Avitia… íhasta’i nomás, wilber!

Como hay demagogia alternativa y caudillismo marginal, hay centralismo subterráneo. Y esta visión del rockerondero es un mito más que nada de la ciudad capital del país y sus alrededores, que no dejan de ser centralistas. Porque en el principio fue el norte…

Unos le llaman el Norte, otros le dicen el Sur; Este, Oeste, qué importa… es la Frontera el albur. Y ahí estuvo Ritchie Valens, pero como por Acámbaro no quieren a los que se cambian el nombre por cambiar de país, digamos que, entonces, la piedra de toque fue Toni de la Villa, aunque «hay algo peor que ser un pocho del otro lado…». De todos modos quien hizo que La Bamba evolucionara hacia la guitarra eléctrica y que fuese ésa la primera pieza (todavía no se le llamaba rola) en español dentro del naciente panorama del Rock’n’roll y su Hit Parade, fue el semipaisano Ricardo Valenzuela, alias Ritchie Valens, el chavalo que feneció en 1959 a los diecisiete años de edad en aquel accidente aéreo en que también perdiera la vida Buddy Holly, «el día en que la música murió», como cantara Don McLean en su épica American Pie.

Poco después de aquel deceso, fueron Los Locos del Ritmo, con su cantante Toni, bueno, Toño de la Villa, entonces sí, quienes le dieron el sabor de Cábula (libro sagrado de los mexicanos) al rock’n’roll. Yo no soy un rebelde sin causa / ni tampoco un desenfrenado, / yo lo único que quiero es bailar rocanrol / y que me dejen vacilar sin ton ni son Eran los cincuenta, casi los sesenta, y era la frontera, una al norte y la otra al centro: la del Río Bravo y la Ciudad de México. Sólo que, rockanroleramente hablando, hacia fuera se creció y hacia dentro se enconchó. Realidad nacional / Realidad internacional. Por allá se dio Freddy Fender, Sam the Sham and the Pharaohs, Linda Ronstadt, Los Lobos y qué decir de Santana (no el que concedió buena parte del territorio nacional mexicano sino el que lo recuperó musicalmente hablando), quien a la vez por los antrillos de Tijuana tuvo un maestro en Bátiz. Y he ahí la clave de nuestro rockanrol: Santana se fue pa’l norte y Bátiz jaló pa’l sur.

A mediados de los sesenta Javier Bátiz y sus Famous Finks, llegan al DF a cultivar negroidemente al personal rockerondero. Y mientras ciertos cronistas en Estados Unidos le consideran con orgullo un jerarca del blues de la frontera, aquí se le toma como un ajolote de estanque. Pero, bueno, Bátiz es el eslabón perdido entre el norte y el sur de ese cuerpo de animal mitológico que es el rockerondero. Cuando Toño de la Villa había muerto y las voces líderes de los principales grupos capitalinos de rock se volvieron baladistas, es, pues, Javier Bátiz quien genera en la capital del país un modo de vida en el ya de por sí pintoresco mural diegorrivereño.

Y aquí viene lo popular. El concepto que de música popular mexicana se tiene, generalmente es una idea cerrada y nostálgica, cuando la tradición de esta música es, desde tiempo atrás, abierta, fronteriza y variopinta Ya T. S. Eliot decía que la mejor manera de preservar la tradición es contradecirla. A estas alturas, la música popular mexicana no sólo es la que se hace en México sino también la que se oye por distintos medios, folklóricos y masivos, de difusión, con todas sus contradicciones regionales y trasnacionales.

Lo folklórico y lo popular, una vez más. Y abreviando pochamente, ¿qué es el Folk y qué es el Pop? Folk es La Bamba con Arcadio Hidalgo en Tlacotalpan y Pop es La Bamba con Ritchie Valens en Los Angeles, ¿no? Es decir, ¿el Pop es el Folk en los mass-media? Cuestión de explosión demográfica y avances de la tecnología. Aquella identidad de las pequeñas comunidades, vía la sociedad de consumo, con todo y sus replanteamientos, se vuelve indiscriminadamente representativa en las masas. El Rock, como el Cantar de los Cantares, es el Folklor de los Folklores, donde las minorías se vuelven mayorías. Así nació y así evolucionó. Los mismos Beatles hicieron bolero en inglés e introdujeron por ahí la citara de la India, entre muchos otros logros. Hasta la lira parachera evolucionó por estos rumbos. La guitarra eléctrica es la guitarra ecléctica por excelencia disco tras disco. Y los surcos en el acetato hicieron olas en el papel. Los fonogramas, en masiva explosión de consumo, generaron una novedosa perspectiva en la literatura. Aquí es donde el DF es frontera, por ejemplo.

En rock la tradición oral y la tradición escrita se viven simultáneamente. No obstante, entre el personal asiduo, en México se polarizan dos maneras de hacerlo: hay un rock escrito en papel y hay un rock escrito en acetato. Y hay todo eso que flota en el aire: smog ondero. Mucha pachequez. No es por generación espontánea que, moviéndose en medio de los dos polos ya citados, haya surgido de hueso, algo de carne y sobre todo estrafalaria vestimenta y apariencia (aún no se le decía look), 99.9% de su personalidad, el mito del rockerondero. Es más el que vive el rol sin escribirlo ni cantarlo ni tocarlo, quien define al personaje típico. Es el cábula callejero más que el cuasiautista rockero como músico y el cuasimodo ondero como escritor. Es gracias al Cariñoso, al Apache y al Toquis, entre miles que culminan en el bucólicopastoril festival de Avándaro en ’71, que se forja… el rockerondero como mito.

Contrario a los revulsivos sucesos de aquellos años en el resto del mundo, desde la década de los sesenta este país se fue convirtiendo en un triste purgatorio. Con su oscurantismo de ciertas rendijas luminosas y su consecuente crisis acicateando la imaginación pero controlando el desarrollo de la misma con esa sistemática praxis bonsai propia de la realidad nacional, el gran medievo mexicano es palpable no sólo en las relaciones más íntimas sino, como derivación poética, en su música. La industria de la canción, por ejemplo, ha permanecido más pasiva y receptiva a los impulsos de lo externo que activa en la promoción y exportación del vernáculo talento creativo. Desde abajo se ha ido empujando poco a poco y, por cierto, muy lentamente (debe ser el espíritu de Toño de la Villa no aniquilado del todo aún). Pero llegaron los noventa como última llamada para dejar este Limbo Azul (y por los sucesos del ’94, tal pareciera que apenas nos están llegando los sesenta al país).

No todo es trauma. Si en el centro nos alejamos del espíritu de Toño de la Villa, allende el Bravo seguimos evolucionando con las cenizas de Ritchie Valens. El rock y los que hacen el rock, biológicamente hablando, son el fenómeno. Sólo que, en algunos casos, los que están alrededor del fenómeno creen ser el fenómeno en sí. Perdido el criterio científico, el observador aplica ideas preconcebidas para explicarse el fenómeno ese que brota ante sus sentidos, en vez de contemplarlo y hacerse una idea de ello. Lo que vino a ser la literatura de la onda pretende justificar esta idea. Pero hay quien por el rock se puso a escribir y difícilmente quien por escribir pueda hacer rock. La pugna ni siquiera viene de los músicos de rock, puesto que para ellos es muy claro que el lenguaje es la raza. No sólo el lenguaje de un solo sector sino la interrelación de todos los estratos que conforman una lengua nacional, musical, hablada, cantada, dinámica. Un lenguaje representativo de una comunidad, como la raza, no es nomás la de las clases bajas, la de las altas, la del ondero, la de los mass-media, etc., sino la interacción de todos estos ambientes. Ese fluido que corre alternativamente entre los extremos de la solemnidad y la hilaridad, es el humor. Y el humor es un signo de identidad, más que el himno nacional o la bandera.

A la larga, y ya muy entrada la década de los noventa, algunos caciques de la prensa rockanrolera pregonan que han sido ellos los que han hecho el rock y, más aún, el ambiente rockanrolero en México. Y nadie se los niega. En estas latitudes en que casi todo se polariza y casi no hay corrientes alternas, dad al rockero lo que del rockero es y aquellos que se queden con su onda. Pero hasta el verso más jodido del más rascuache hoyofonkero, cuenta más que las cincuenta mil cuartillas que hayan escrito todos los onderos juntos. «Los valientes no asesinan», estimados gacetilleros gatilleros.

Rockeros, ondaos, de cacofonías estamos hechos y ni modo, la perfección es sólo una aspiración. El músico de rock en México no habla de lo que pudo ser sino de lo que es, para bien y para mal. Independientemente del rockerondero como dualidad en un solo individuo, hay diferencias entre el rockero (músico de rock) y el ondero (escritor de onda). Una de ellas, que viene a ser política, es que el rockero, mal que bien, genera empleos y hasta una economía en forma; en tanto que el ondero, por norma general, es más bien un cazabecas, buscaembutes, muy dependiente del fenómeno en sí (el rock) y de las instancias económicas alrededor del fenómeno. Para colmo, la mayoría de las veces, la versión y clasificación que estos cronistas hacen del rock en México, resulta ser una simple visión burocrática de los hechos; por un lado, no los conocen a fondo; por el otro, casi siempre los miden desproporcionadamente en comparación a los datos que barajan del panorama internacional del rock (y que parecen conocer mejor). Esta Versión de los Vendidos es una actitud típica del subdesarrollo y sus voluntarias e involuntarias formas de control del crecimiento. Suelen opinar, por ejemplo, que tal guitarrista es el Clapton mexicano, que tal compositor es el Dylan de la Conasupo, que tal cantante es la Madonna totonaca, etc. Su visión es de segunda como si fuéramos un país de segunda y un público de segunda. ¿Por qué ser un John Mayall de segunda cuando se es un Javier Bátiz de primera? Pero en México no son los músicos de rock los acomplejados sino los escritores de rock. ¿Acaso son ellos unos Allen Ginsbergs de tercera?

Dudo, pienso, luego insisto: no es extraño que el rock en México haya generado más escritores que músicos; lo raro es que los escritores hayan generado música de rock. Qué canto urbano ni qué las garnachas, el del rock es un canto fronterizo. Y como pasó antiguamente con el romance, del cual nació el corrido para mexicanizar la lengua española, así los rockanroleros circunscritos a México sacan del rock un idioma vernáculo que toma la estafeta del corrido. Y hasta los que están más allá de este territorio, han hecho que el inglés suene mexicano.

Culturalmente hablando, un movimiento no se mide por sus frustraciones sino por sus aciertos. Pocos, desperdigados, inconexos y elefantiásicos en su gestación, los logros de la música de rock en México ahí están por un poco más de tres décadas. A fin de cuentas, con rockerondero o sin rockerondero, por todo el país ya le llamamos rola a la canción. Hacia dentro quizá podríamos llamarle más bien el Movimiento de la Rola a este movimiento-no-movimiento, disperso como las ondas en el estanque que provocó esa piedra rodante, ese canto rodado, que aventó el que sacó la mano, mano. Pero hacia fuera el rock sigue siendo una especie de idioma universal que no puede ser minimizado por aparentes movimientos chauvinistas con fines más mercantiles que culturales, como «rock en español», por ejemplo, que vienen a resultar posturas autosegregacionistas. Así no se puede creer en un rock en español ni en portugués ni en francés ni en sánscrito. El rock es una especie de esperanto en sí y, a partir de esto, de lo que se puede hablar es de la presencia alemana en el rock (Nina Hagen, por ejemplo) o de la mexicana (Ritchie Valens y Santana, por citar algunos) o la de Jamaica (Bob Marley, entre muchos). No hay varios tipos de rock, hay uno solo. Si a la industria disquera le convienen las reservaciones étnicas, allá él a quien le guste el olor a ghetto encerrado.

No, no somos la primera generación de gringos nacidos en México los que vimos la luz entre los cuarenta, cincuenta y sesenta. Qué contracultura ni qué subcultura ni qué las tuercas. No es que no tengamos cultura. Es que tenemos otra cultura. Nacimos cuando el tren de la Revolución se iba y el sueño (de la modernidad) empezaba. Ahí cambió el siglo. Y vimos que estábamos hechos de contradicciones en un país que es todo frontera. Y aquí encontramos nuestra afirmación.