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Pocas figuras de la realidad mexicana son tan dolorosamente complejas como la del indigenista. Se trata -dice el autor de estas páginas- de un «no indígena que a través de la referencia a lo indígena se construye un alma, una tarea divina, un pasado glorioso, un apostolado, una esperanza, una patria». Sin otro ánimo que el que impulsa al historiador, Tenorio sigue las huellas de este personaje, desde su nacimiento hasta nuestros días. Esta es una versión editada de un ensayo más amplio que forma parte del libro Mitos y personajes mitológicos de México, de próxima aparición.

I. EL POLIZONTE

Existen personajes mexicanos que aunque no han sido estampados en los libros de «tipos populares», recorren de incógnitos la historia de México. Uno de estos protagonistas es el que hoy llamamos indigenista, pero que históricamente ha respondido a distintos nombres: protector de los indios, patriota, o «indianista» (a principios del siglo XX). No existe la estampa certera de este personaje porque es difícil capturarlo en una sola imagen; es huidizo a la vista del historiador, a veces va de sacerdote, otras de filántropo, otras de historiador, otras de guerrillero y otras muchas de antropólogo. Un retrato fugaz del indigenista nos revelaría muy pocas certezas sobre este carácter histórico, como que el indigenista no es indio, que no tiene un solo rostro, y que más bien parece ser el polizonte de la travesía histórica que fue la construcción de una identidad nacionalista. Este polizonte se deja ver en el indigenista que los mexicanos, mestizos y criollos, llevan dentro, vociferante o calladamente.

II. ¿QUIÉN ES?

Tristemente, la efigie histórica del indigenista no es indígena; por ello es precisamente «indigenista». Los orígenes del indigenismo mexicano son criollos. El indígena fue «el otro» visto, estimado y apropiado por una tarea de auto-definición criolla, y así el indio fue visto, según explicó Luis Villoro, como objeto de salvación providencial o como parte de la razón universal. Los primeros misioneros imaginaron un reino de dos repúblicas, la de indios y la de españoles. La separación, creían, facilitaría la protección y cristianización de los indígenas, y mantendría su prístina pureza. Bernardino de Sahagún o Bartolomé de las Casas podrían ser considerados ejemplos de un primer tipo de indigenistas. Las ideas del padre Clavijero y de Servando Teresa de Mier son muestras de otro indigenismo, el nacionalista criollo que encontró en el pasado indígena la épica que daba a México el carácter de verdadera nación.

Aunque de cara cambiante, el indigenista es un personaje innegable de la historia mexicana. México fue una nación-estado del siglo XIX, postcolonial y habitada por una alta población indígena. Un país nuevo que se embarcó en la tarea de una construcción nacional en la que las ideas y proyectos para la nación contaban con ingredientes irrenunciables: el pasado y presente indígena, el legado cultural y político ibérico, y la gradual construcción de la modernidad occidental de la que nadie quería quedarse fuera. La figura del indigenista es un producto de este particular estado de cosas. Se trata del no-indígena que a través de la referencia a lo indígena se construye un alma. una tarea divina, un pasado glonoso, un apostolado, una esperanza, una patria. Pero, decía Luis Villoro, en el indigenista lo indígena siempre aparece como una realidad «revelada nunca revelante». En efecto, la representación del indigenista. cualquiera que sea su cara en el álbum de los tipos nacionales, no retrata una naturaleza, sino un oficio: el de salvador, protector, defensor, rescatador, revelador, incorporador de lo indígena en la vida nacional.

Si oficio, ¿cuáles han sido las herramientas del indigenista? Ante todo, la pasión y el compromiso de quienes desde el momento del contacto se fascinaron de la existencia de una otredad tan radical. El exotismo y la curiosidad no han sido herramientas menores. Pero los avíos que más han servido al oficio de indigenista son religión, historia y ciencia. Con la cruz surgieron los primeros indigenistas. Con la inspiración de Clío, los indigenistas criollos lograron cristalizar el pasado indígena como algo admirable y rescatable y desde entonces ese pasado es una parte sustancial de la conciencia nacionalista de los mexicanos. Y con la ciencia los indigenistas poco a poco lograron hacerse de teorías para entender, aceptar y planear no tanto el pasado sino el presente indígena dentro de un proyecto para todos irremediable: la consolidación de una nacionalidad mexicana moderna.

III. EL CONTORNO DEL RETRATO

No se puede retratar en una sola imagen la figura del indigenista. Si acaso, podemos hacer un recuento de sus mutantes características. Podemos dejar marcado el contorno que esta imagen ocupa; un contorno bien delimitado, pero vacío. Hagamos el ejercicio de llenar ese vacío con variados ejemplos históricos que si no «grandes» (a la manera de Villoro) sí son emblemáticos momentos del indigenismo mexicano; Son momentos que incluyen la ambivalencia y las contradicciones inherentes a todos los tipos del indigenismo mexicano.

Durante la Colonia, no bien había acabado el proyecto de las dos repúblicas, y Sahagún hacía la etnología de los indios de México, un sabio mexicano, don Carlos de Sigüenza y Góngora, se dedica a coleccionar objetos indígenas y a estudiar la realidad indígena de México. En 1680, don Carlos elabora un monumental arco triunfal que representaba los logros de los doce emperadores aztecas. Se trataba de un arco triunfal para dar la bienvenida en la Ciudad de México a Tomás Antonio de la Cerdá y Aragón. Conde de Paredes. Marqués de La Laguna, y nuevo virrey de la Nueva España. Sigüenza, un criollo, recibía al representante de la Coronación el orgullo de un pasado glorioso indígena, que él estudiaba y revaloraba. Pero el indigenismo de don Carlos mostró su otra cara años después, cuando en 1692 un motín indígena en la Ciudad de México estuvo a punto de destruir su propia biblioteca. No obstante todo el amor y curiosidad científica que le despertaban los indígenas, Sigüenza concluyó que los indios esperaban el momento de exterminar a todos los españoles y criollos. Sigüenza oyó, o creyó oír, estos gritos de los indígenas: «íVamos con alegría a esta guerra y como quiera Dios que se acaben en ella los españoles, no importa que muramos sin confesión! ¿No es nra esta tierra? ¿Pues qué quieren en ella los españoles?». Su indigenismo se mordía la cola.

Siglos después, Porfirio Díaz decide que la estatua de Cuauhtémoc debe ser incluida en el rediseñado Paseo de la Reforma, resumen de la nueva historia patria. En el Cuauhtémoc los indigenistas porfirianos cristalizaron su admiración por el glorioso pasado indígena mexicano, y su convicción de que sobre esos cimientos se podría sembrar una nacionalidad moderna. Historiadores, médicos y antropólogos porfirianos mantuvieron y enriquecieron con sus trabajos este indigenismo. Gentes como Vicente Riva Palacio, Antonio Peñafiel, Leopoldo Batres, Nicolás León, Manuel Orozco y Berra y Alfredo Chavero alimentaron durante años lo que el Cuauhtémoc representaba. Pero este indigenismo incluía la búsqueda científica de la homogeneización y mejoramiento racial del país, así como el constante afán de aceptación cultural, racial y política de México ante el mundo. El indigenismo del Cuauhtémoc, pues, adoraba el pasado indígena como los viejos criollos, pero su ambivalencia sobre el indio vivo llevó a los seguidores de este indigenismo a medir y cuantificar al indio, a presentarlo ante inversionistas nacionales y extranjeros como mano de obra sumisa, y a hacerlo caber en teorías raciales que aseguraban su desaparición por la mezcla racial y la educación.

Un tercer indigenismo quedó plasmado en 1940 en el Monumento a la Raza de Luis Lelo de Larrea. Se trataba de un indigenismo revolucionario que declaraba al pasado indígena como el único pasado mexicano, y afirmaba que la nación era orgullosamente indígena y revolucionaria. Una nación surgida de una revolución popular en la que los indios definieron el perfil del país. Los nuevos indigenistas revolucionarios presentaron su indigenismo como tabula rasa del anterior indigenismo al que consideraban olvido y explotación del indígena. Pero el indigenismo del Monumento a la Raza estaba sostenido por los estudios y trabajos realizados por siglos de indigenismo, por la misma idea de raza surgida del siglo XIX, y por la iconografía del indigenismo porfiriano. En el monumento, la sobria masa de una pirámide de concreto se coronaba con el águila de bronce originalmente diseñada para el viejo y afrancesado palacio legislativo porfiriano que nunca fue terminado. Y los relieves en bronce de emperadores aztecas, ejecutados por Jesús Contreras, momentos ilustres del indigenismo porfiriano hechos para exhibirse en París en 1889, remataban la cúspide de la pirámide. Aún más, este indigenismo oficial posrevolucionario, aparentemente indígena, sostenía la incorporación del indígena en el desarrollo moderno de México, ya fuera mediante una educación patriótica o mediante la expansión de la economía y la absorción de las comunidades indígenas por el desarrollo industrial. Así se lograría el objetivo de este y todos los anteriores indigenismos: homogeneización y construcción de una verdadera nación nueva y moderna.

Todos estos fueron y son indigenismos. No hay uno verdadero y otro falso.

IV. La estampa es postcard

En el siglo XIX, la avalancha de viajeros europeos por Asia, Africa y América proporcionó materia prima para el surgimiento de intereses anticuarianistas, orientalistas, arqueológicos, antropológicos e indigenistas en las metrópolis, en las colonias y en las excolonias. El indigenismo mexicano de la segunda mitad del siglo XIX es inentendible sin este paralelo científico y cultural internacional. Las excolonias de España, ávidas de articularse al flujo migratorio europeo y a los mercados mundiales, permanecían al tanto de los gustos estéticos y corrientes culturales de Europa. Frecuentemente encontraban que vender «exotilia» era redituable. Y así los indigenistas locales, que por supuesto no eran inventados por las corrientes internacionales, adquirían relevancia interna y externa. Por ello, el Cuauhtémoc porfiriano del Paseo de la Reforma fue mil veces copiado y enviado al exterior, al igual que colecciones de antigüedades indígenas y miles de fotografías y estudios de indios mexicanos circularon por todo el mundo. También teniendo en mente esta influencia internacional, se reconstruyeron ruinas arqueológicas, como fue el caso del largo proyecto porfiriano de Teotihuacan que pretendía transformar a México en el Egipto de América.

El indigenismo mexicano posrevolucionario, por autóctono que parezca fue especialmente «extranjero». Las revoluciones sociales de las primeras dos décadas del siglo, la decadencia cultural y económica de Europa después de 1914, hicieron que culturalmente lo indígena y lo autóctono se volviera opción cultural y política. Así, el indigenismo posrevolucionario, con sus baluartes artísticos en murales, pinturas, novelas y políticas (repartos de tierra, políticas de educación, etc.) fueron parte de un movimiento internacional que tuvo, en América, su corolario en Perú, Bolivia, Brasil e incluso en Estados Unidos.

V. EL INDIGENISTA SIGLO XXI

Si el futuro no dispone otra cosa, el indigenista del siglo XXI ya está en formación. Le ha tocado la muerte de uno de los últimos grandes antropólogos indigenistas, Guillermo Bonfil Batalla. Va viviendo la redefinición del nacionalismo mexicano que sus padres conocieron, y ve a su país «integrarse» a nuevos bloques económicos. Ha sido testigo del cambio de las nociones tradicionales de naciones-estados; ha visto a naciones-estado partirse y debatirse. Es más, le ha tocado vivir, como consideran algunos historiadores, el fin del siglo XX: 1989. Desposeído de la candidez que da pararse en terreno conocido, huérfano de certeza en el presente y el futuro, a este indigenista en ciemes le ha tocado vivir la última rebelión indígena del siglo XX mexicano, y seguramente se ha enardecido ante la injusticia y marginación en que las comunidades indígenas permanecen. Muy seguramente le ha tentado la idea de la máscara y el mesianismo epistolar desde la guerra. ¿Qué cara tendrá en el siglo XXI el o la indigenista de estas circunstancias?

No sé. Sé que el viejo indigenista vive en la conciencia de un discurso nacionalista largamente en formación, y sobrevive en ramplones sentimientos patrioteros, o incluso en la versión antimateria, el opuesto, de este anejo indigenismo: los hispanismos simples o los snobismos modernizantes que se repiten, o en los no menos anacrónicos, para citar a Rabasa, «impulsos liberales de generosidad jacobina» que, ante el resurgimiento de rebeliones indígenas, niegan por decreto la existencia del problema étnico en México. El indigenista del XXI, déjenme creerlo, se sentirá menos un artífice de la nación, que un factor de solución de los problemas de las poblaciones indígenas de México. Más que un ideólogo nacionalista que se carga al lado indígena, será un comprometido, avezado y práctico instrumento para la resolución de los problemas de las comunidades indígenas. Y en ese afán, quizá su objetivo no será defender el México «real», indígena, vs. el México fraude, el México criollo; no buscará forjar patria, sino lograr ciudadanos aunque para ello tenga que violar la frontera, históricamente limitante, de ser mexicanos.

El consumo de drogas en México ha conocido épocas de tolerancia y permisión. Incluso ha conocido épocas en las que no se le identificaba con prácticas antisociales. El fresco que el autor ha pintado, y que abarca las primeras cuatro décadas de este siglo, ilustra el paso de la permisibilidad a la persecución, y los orígenes de la corrupción policiaca en el combate a las drogas.