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Camille Paglia. Escritora. Entre sus libros, Sexual Personae y Sex Art and American Culture.

La película más reciente del actor Sylvester Staltone es una fantasía futurista inspirada en un cómic británico. Su recepción entre la crítica norteamericana ha sido desastrosa. Con una sola excepción: la de la crítica posfeminista y provocadora irrefrenable Camille Paglia. Estas son sus razones.

El Juez (Judge Dredd), la producción británica de 80 millones de dólares protagonizada por Sylvester Stallone, se estrenó el pasado 30 de junio en Estados Unidos, desatando una gigantesca oleada de reseñas negativas. El enciclopédico reporte de mercado de Buena Vista Pictures, rama distribuidora de Disney Co., demostró que la avasalladora cantidad de reseñas aparecidas en prensa y radio calificaban la película de «mala» a «regular». Los periódicos de las principales ciudades fueron particularmente mordaces, aunque los responsables de encabezados no pudieron resistir las jugosas ironías: «Mejor muerto que Dredd» o «El desastroso Juez es violenta y estúpida», «Intragable, aturdidora parodia», «Torpe Dredd».

Esta cinta recrea un famoso cómic inglés (El Juez apareció por vez primera en el segundo número de la tira semanal 2000AD, en 1977) prácticamente desconocido en Estados Unidos, y fue lanzada al comenzar la controversia altamente politizada en torno al sexo y la violencia en la cultura popular. El presidente de la mayoría del Senado, Bob Dole, el favorito de los precandidatos republicanos para las elecciones presidenciales del próximo año, desencadenó una tormenta de publicidad con un discurso pronunciado en mayo que atacaba la inmoralidad de Hollywood, señalando a la compañía Warner como la principal culpable. La bomba en el edificio Alfred P. Murrah en Oklahoma, el 19 de abril, desató intensas averiguaciones sobre grupos paramilitares anarquistas e inspiró sermones a los demócratas liberales, encabezados por Bill Clinton, acerca de la tan discutida mala influencia de los tradicionales talk shows radiofónicos llenos de odio. Luego, en junio, hubo gritos y sombrerazos en relación a si, y cómo, el Congreso debía controlar la violencia en programas infantiles de televisión, la pornografía sadomasoquista y pedofílica ahora fácilmente asequible por INTERNET.

La intensidad de este renovado debate sobre la inmoralidad de los medios y su vinculación con la actual conducta criminal (aún no demostrada satisfactoriamente) parece haber lanzado a muchos de los críticos de El Juez en una competencia, políticamente correcta, para ver quién podía adoptar la postura antiviolencia más atinada. Stallone, que para empezar no ha sido aceptado completamente por el establishment crítico, se convirtió en el chivo expiatorio de esos neomoralistas pop que llevan su listón de responsabilidad social en la solapa. De hecho, salvo el primero e incoherente tiroteo, El Juez no es particularmente violenta de acuerdo con el estándar hollywoodense de los últimos 20 años. El haber dado la clasificación «R» al filme, por lo que protestó y con razón Stallone, impide que cualquier menor de 17 años lo vea sin la compañía de un adulto, además ha disminuido de manera notoria los ingresos en taquilla. Pese a haber predicho el fracaso de la película, los reseñistas reconocieron que El Juez recuperaría su inversión en el extranjero, donde, se nos dijo en tono condescendiente, un público más crédulo tendría mayor capacidad de tolerar los diálogos deficientes de un Stallone con doblaje lastimero.

Lo exasperante de la recepción de El Juez por parte de la prensa norteamericana es, antes que nada, el hecho de que se ha desmotivado a cinéfilos serios a ver una película que, a excepción de algunos momentos confusos, es hermosa e interesante de principio a fin. En un país dominado por la superoferta en cable y la descomunal industria de renta de videos, debe haber una buena razón para que en estos días los adultos vayan al cine. Los argumentos tibios y confusos también pueden ser disfrutados en medio de la comodidad hogareña. Una película debe ser espectacular para que convoque público a una sala; con sus extraordinarios efectos de sonido, su engolada música chapada a la antigua, su exquisita gama de cafés y azules pálidos, El Juez ofrece una sofisticada experiencia estética que sobrepasa el ilusionismo de ciencia ficción digitalizada por el que ha sido criticada. 

El escenario es el tercer milenio, en un caótico y sobrepoblado Estados Unidos, dividido en tres gigantescas ciudades y el desolado paisaje de Cursed Earth (Tierra maldita). Un enorme mapa muestra que las llanuras del Medio Oeste se han transformado en Texas City, mientras que el montañoso Lejano Oeste está bajo dominio de la Colonia Penal Aspen -un elegante ressort para esquiadores que ha devenido en Gulag. El Noreste urbano es ahora Mega-City One (Megaciudad Uno), donde 65 millones de personas se aglomeran en una jungla de cristal de espectaculares torres que semejan rotas cabezas de esfinges. En Ground Zero (Tierra Cero), en el corazón ruinoso de la antigua Nueva York, la Estatua de la Libertad se yergue espectacularmente empequeñecida y opacada por una reciente construcción claustrofóbica.

Las Block Wars (Guerras de Barrio), más que las fiestas, son ahora la norma vigente. La decadencia social es tan absoluta que desde hace tiempo el proceso democrático ha desaparecido. La ley está representada por una élite policiaca, los Jueces, a quienes se les ha delegado el poder para investigar, arrestar, juzgar, condenar y ejecutar en el acto. En el papel de Joseph Dredd, el más famoso, temido e incorruptible de los Jueces, Stallone usa un fulgurante casco de motociclista y un impresionante uniforme negro y dorado diseñado por Gianni Versace. Las hombreras asimétricas recuerdan el arnés de los petos romanos, mientras el halcón de perfil en un brazo remeda los motivos mayas y egipcios, retomados arquitectónicamente por el art decó. Dredd viaja en una motocicleta voladora equipada con cañón, la Lawmaster (la «Magistrada»). Su brazo derecho, el Lawgiver (el «Legislador»), es un arma activada mediante la voz y ligada al DNA de su propietario para incinerar a los usuarios sin autorización. Como el rostro completo del Dredd original nunca se había visto, el desenmascaramiento ritual de Stallone en una de las primeras escenas cobra una especial fuerza.

En este episodio particular (la película pide una continuación), el Concilio de Jueces en el poder es amenazado por un golpe interno y Dredd es injustamente acusado de homicidio. El verdadero culpable es su clon trastornado, Rico, interpretado con energía operística por un cautivador Armand Assante. En su climático enfrentamiento de hermanos arquetípicos, Stallone y Assante rugen entre sí como leones, manteniendo un nivel de atormentada expresividad que por lo general sólo se ve en los filmes de samurais de Akira Kurosawa. Al igual que en los westerns clásicos, el lazo masculino en El Juez es más estrecho que el que hay entre hombre y mujer. Amor y respeto genuinos parecen saltar de los ojos de Stallone a los de Max von Sydow, el gran actor sueco, que interpreta a su mentor el Jefe Justicia con su gravedad característica. Sin embargo hay muy poca química entre Stallone y la actriz principal, Diana Lane, cuyo personaje, la Juez Hershey, traba amistad y protege a Dredd intentando romper su caparazón de frialdad emocional y de adicción al trabajo. Lane parece un duendecillo, con su uniforme militar se ve demasiado intimidada por las premisas amazónicas de su papel hasta avanzada la película, cuando se enfrenta con una hermosa y glacial Joan Chen en un impactante aunque breve round a una caída.

La mayoría de las actuaciones secundarias de El Juez son de alta calidad, desde el pétreo villano estilo nazi (Jargen rochnow) y la orgullosa estadista entrada en años (Joanna Miles) hasta el hiperactivo bufón (Rob Schneider), un ladronzuelo que trota tras el solemne y heroico Dredd como un Sancho Panza; incluso el robot homicida de ojos ardientes (ABC) merece un aplauso. Stallone de buen modo se deja aguijonear y ridiculizar por Schneider tal como en los talk shows de la vita real. Combina hábilmente un aplomo casi casual y encantador con una hiriente autoburla de sus legendarios personajes machos Rocky y Rambo. El hecho de que los críticos constantemente traten de reducir a Stallone a Rocky (el púgil producto de su imaginación que hace más de 19 años lo rescató de la pobreza y la oscuridad para lanzarlo a la fama y al mundo de los oscares), es ilustrado por la frecuencia con la que las reseñas norteamericanas de El Juez ridiculizan la primera línea publicándola como: «I am duh law!» («íYo soy la ley!»). La sensual boca torcida de Stallone es su firma psicológica. Lo conecta con sus predecesores cinematográficos -Víctor Mature en Sansón y Dalila (1949) y Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo (1951)-: florida musculatura masculina, mirada seductora, toros con el alma dulce de un novillo. El agónico estilo de Stallone es helénico: sus rígidos músculos en Riesgo total (1993) son los del torso de Belvedere, su fuerza interior y su expresión facial son iguales a las del busto de Alejandro y a las de las figuras en el altar de Pergamo.

Las lucrativas películas de acción y aventura en las que se especializa Stallone son menospreciadas en parte debido a que la mayoría de los críticos son artesanos ocultos que carecen de sensibilidad y simpatía por la antigua, pero aún vigente, reafirmación masculina. Sin embargo, cada mueca de la cerebral Meryl Streep, con su remilgo artisticoide, hace que todo Estados Unidos mueva la cola, mientras que a las más conocidas estrellas de acción se les achaca que superan sus acciones más por suerte que por talento interpretativo. Esta es la era del baile, una forma artística internacional que trasciende al lenguaje. Los críticos han malinterpretado El Juez porque gran parte de su esencia radica en la cualidad física, tan elegante como atlética. Uno de los maravillosos aciertos de la película es la imitación -un honesto homenaje, no una irónica «apropiación» posmodernista- de grandes momentos coreográficos de cintas comerciales. Mis favoritos son: primero, cuando Max von Sydow, como el desterrado Jefe Justicia, abandona la ciudad y se adentra en la terrorífica y cenicienta Tierra Maldita, igual que Charlton Heston en el papel de Moisés al ser expulsado al desierto en Los Diez Mandamientos; segundo, cuando Dredd, destilando su orgullo herido, permanece atado a su asiento entre ratas en la nave rumbo a Aspen, igual que Charlton Heston como esclavo de las galeras en Ben Hur; tercero, cuando confluyen dos finales de Hitchcock: Dredd pende de la corona de la Estatua de la Libertad como el conspirador condenado en Sabotaje, y el rescate efectuado por Hershey en el último momento reproduce las acrobacias de Cary Grant y Eva Marie Saint en North by Northwest -pero con la novedad feminista de la mujer como salvadora del hombre.

Si hay un problema en El Juez es el guión, quizá demasiado superficial, que privilegia la velocidad y deja poco tiempo a la exploración de temas fundamentales como la ley y el orden, la democracia y el totalitarismo. La inteligencia del público joven no debe subestimarse, como demuestra el éxito de la serie norteamericana Star Trek: The Next Generation, con su sutil mezcla de filosofía y política. Danny Cannon, el joven director de El Juez, junto con Adrian Biddle y Nigel Phelps (fotógrafo y diseñador de producción respectivamente), deberían ser felicitados por su logro estilístico. No hay disculpa para la estupidez y el cinismo con que este filme ha sido recibido. Su protagonista es un verdadero héroe de la clase trabajadora que posee la admiración incondicional del público. Como Frank Sinatra, Sylvester Stallone ha proyectado al mundo una osada actitud callejera ítalo-americana hacia la vida. En él confluyen el guerrero y el bardo; él es el autor de su propio mito, uno de los mejores ejemplos de cómo los artefactos hollywoodenses están en primera línea dentro de la cultura occidental, y de cómo entre el colapso moderno han heredado el papel tradicional que unifica al gran arte.

Traducción de Mónica Nepote