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Las ejecuciones

Gustavo Hirales. Columnista del periódico El Nacional. Es autor de El complot de Aburto.

Memoria de la guerra de los justos es la historia de los hombres y mujeres jóvenes que luego de la represión del movimiento estudiantil de 1968 se meten de lleno a hacer la revolución. Su autor, él mismo exguerrillero de la Liga 23 de septiembre, apuesta con este su nuevo libro a rescatar del olvido la memoria de tantas vidas comprometidas con sus ilusiones y de esa manera reconciliarlas con el pasado. Este es un adelanto de la novela de no ficción fue la Editorial Cal y arena publicará próximamente.

Cuando caíste allá se manejó que hubo chivatazo, que estaba «muy raro» lo de su detención, que sólo Julio sabía los movimientos de ustedes. Como quiera nos reorganizamos y Roberto se vino a coordinar Sinaloa, junto con Nacho Olivares. Con ellos preparamos las jornadas de enero. Los torcieron precisamente cuando regresaban a Culiacán, de una reunión nacional en Guadalajara. Luego el Buró Político nombró al Piojo blanco (el hermano de Roberto) para que se hiciera cargo de Sinaloa. Pero después de estas acciones se agudizó la represión, empezó a caer mucha raza, de la mejor. Tomás y Sergio (¿te acuerdas de Tomás, «el Carita»?) venían de una reunión militar en Guadalajara.

Al bajar del tren les marcaron el alto, como no se detuvieron les llovieron las balas. A Sergio allí lo mataron. A Tomás le dieron un balazo en la nalga; como pudo corrió, y luego se arrastró, haciendo hasta lo imposible por no dejar rastros de sangre. Quién sabe cómo, pero el compa logró llegar con una familia conocida que, asustada y todo, lo escondió. Cuando nos lo entregaron estaba casi muerto, pero logramos salvarlo. Después como quiera lo agarraron y lo desaparecieron.

El caso es que «coincidió» tanta caída de raza (en enero cayeron por racimos, después del 16) con las campañas del Madera -de Oseas- contra el oportunismo y la policía política; pensamos: de cincho que estamos infiltrados. Nos empezamos a fijar más en las actitudes de los compas, en sus antecedentes. Si aquél pierde muchas citas. si ésta le da más importancia a coger que al estudio de los «Madera». si el papá del otro tiene lana o es del PRI… Total, terminamos ubicando a una pareja, el Güero y su morra, pues aparte de que eran negligentes (por culpa de ellos perdimos las citas con los «arribas» de Sonora, dijeron que el contacto «no llegó»), cogelones y peques, resultó que el papá del compa era cacique cetemista, de combis, en Culiacán. Pero hubo otra bronca, la que mas pesó: habían estado manifestando «ciertas discrepancias» con la línea política de la Orga… Todo coincidía, pues…

Simplemente los citamos a una reunión, los arrestamos y les informamos de la conclusión a que habíamos llegado… Claro, antes los habíamos desarmado… Te imaginarás que se defendieron con desesperación, argumentando, explicando, jurando que no eran tiras y que no los fuéramos a matar… Bueno, si en realidad eran policías no lo iban a admitir, ¿verdad? (digo, sabiendo a lo que se atenían). Nosotros estábamos convencidos de que una conducta tan sospechosa no podía tener otro origen que el de sabotear las tareas revolucionarias…

-¿Y luego?- le interrumpí.

– Los atamos de las manos, los amordazamos y nos los llevamos a terreno… Yo fui el encargado de ejecutarlos…, un tiro en la nuca a cada uno.

– Oye pelao, por lo que me dices…, como que no tenían ninguna prueba concreta de que los compas eran realmente policías…

– Pues la verdad sí, así fue, y no porque ahora lo digas, desde el principio a mí todo ese rollo de cazar policías políticos dentro de la Orga me olió mal, estuvo muy cabrón; pero es que no te imaginas: si no actuabas así, rápido e implacable, entonces tú podías caer bajo la sospecha de estar favoreciendo, con tu negligencia, el trabajo saboteador del «enemigo de clase»…

– íQué grueso, compa!, íqué gruesísimo!; lo que me dices…

– No lo vayas a contar…

– Cómo crees; pero me confirma la impresión de que la Liga ya estaba muy descompuesta, aun estando Oseas… Oye, ¿puedes dormir tranquilo?

– ¿Sabes qué? A veces sueño con los compas, veo sus ojotes que se les querían salir cuando los estábamos amordazando, cómo me miraban…

– Vas a ver, al rato, en unos años, la tira se va a agarrar de estas mamadas, de estos crímenes inmundos, para quitarse la barra: van a decir que no hay «desaparecidos», que los subversivos «se mataron entre sí en vendetas de guerrilleros», y no va a faltar algún pirrurri cachete de nalga que diga que fuimos «tan despreciables como sus [nuestros] perseguidores…».

Durante el tiempo que estuve en el bote, nunca pude enterarme bien de lo que pasó con Julio. Todo lo que se me dijo fue que «se sabía que estaba congelado», y que ‘parece que se lo echaron» los mismos compas de la Liga. Cuando salí, estuve tratando de seguir su pista, pero los resultados fueron frustrantes. Una versión decía que Julio estuvo en la última reunión de la Coordinadora Nacional de la Liga, después de la caída de Oseas; otros dicen que no es cierto, que para esa reunión a Julio ya lo habían ejecutado.

Fue en los primeros meses del 74, probablemente en abril, cuando Oseas citó a la tercera reunión nacional de la Coordinadora Nacional de la Liga Comunista 23 de Septiembre, dizque para evaluar las jornadas de «agitación y combate» a que la Liga había convocado a fines del 73 y principios del 74. Estaba todo el mundo, dirigentes, tendencias y fracciones: la Brigada Roja, el FER, los Enfermos, los arribas y los abajos… Oseas pide que cada comité local o regional rinda sus informes. A medida que iban hablando los jefes y representantes de las organizaciones, la autocrítica se iba convirtiendo en golpes de pecho.

Ante Oseas, que permanecía impertérrito, uno tras otro se acusaban mutuamente de «oportunismo», «democratismo» y pecados afines. El colmo fue cuando un delegado, parece que del FER, dijo que él se reconocía, efectivamente, oportunista. Pero -exclamó al tiempo que señalaba a Sam con índice flamígero- «este compa es mucho más oportunista que yo». Aquí fue cuando Oseas ya no aguantó más, sacó la pistola y, blandiéndola frente a la asamblea, rugió: «De aquí nadie sale hasta que aclaremos qué es el reformismo y qué es el oportunismo y, sobre todo, quiénes son sus representantes al seno de la Liga».

La Coordinadora Nacional, intimidada, acordó otorgarle a Oseas «facultades extraordinarias» para rescatar del oportunismo a la Liga y a su dirección. Este decide entonces disolver el Buró Político y constituir, a su libre albedrío, otra dirección. De una plumada eliminó a la vieja guardia, al pie veterano de la Liga, y puso a sus incondicionales al frente de la dirección. ¿Y por qué los veteranos no se defendieron? Tenían la mala conciencia de haberse entregado, durante demasiado tiempo, a jueguitos de intrigas y fraccionalismo (la especialidad, por ejemplo, del Gordo Angel), por eso los pulverizó tan fácil.

De allí salió Oseas -dejando la reunión en stand by- «a una cita muy importante». Nunca se le volvió a ver; al menos no los que ahí estaban. Pasadas unas horas, como seis, sobrevino la balacera que todo mundo supuso tenía que ver con él (que estaba bajo acoso) y fue cuando el Viejito se opuso, dicen, a que nadie saliera de la casa de seguridad. De allí surgió la versión de que el Viejo era tira, pues había dejado a Oseas morir solo.

Después de la caída de Oseas, se empezó a desgranar la mazorca: hubo todavía la Cuarta Reunión de la Coordinadora Nacional. Allí cada quien llevó su rollo por escrito: Julio, el Gordo Angel, la Brigada Roja… Se suponía que la CONA editaría y difundiría los documentos a nivel nacional, pero el Gordo Angel y la Brigada Roja se pusieron de acuerdo para aislar a Julio, y no editaron el rollo de la «vinculación partidaria». Al ver este desmadre, Sinaloa se abrió: se negó a recibir y a difundir el Madera, con el pretexto de que lo que había que hacer era periódicos regionales… Por más que se les explicó que eso implicaba volver al más burdo artesanalismo, como claramente lo indicaba Lenin en el ¿Qué hacer?, estos batos no entendieron razones… O sea, no es que no entendieran lo de los métodos artesanales, sino que los compas ya no querían saber nada, estaban espantados…

Parece que en todas partes se empezó a dar un deslinde entre políticos y militaristas, o si lo prefieres, entre demócratas y revolucionarios proletarios. Aquí en la Brigada la cosa estaba, como te imaginarás, muy cabrona. En la última reunión de la CONA, después de que Oseas había salido, Julio planteó que matar policías no podía ser parte central de la política de la Liga, que se trataba de una «distracción» de los reales objetivos políticos; que, además, nunca los íbamos a acabar (a los policías), pues el «ejército de reserva» de la burguesía era infinito.

El Gordo Angel asumió esta posición de Julio como la prueba (íúltima!) de su democratismo, diciendo que la política proletaria de desgaste del Estado burgués implicaba la necesidad de liquidar a la policía política y a todos los instrumentos de represión… De aquí el Chano derivó la consigna de que, para ser un revolucionario probado, había que matar «cien policías»… Pero el aloque del Chano vino después, cuando mataron a su mujer en el Parque Hundido…

Te imaginarás que, bajo esta visión furibunda, era difícil siquiera hablar… Ahora que las tendencias a la rectificación, aunque fuera en sus formas más tímidas, se fueron abriendo paso en todas partes, aun en el seno de la misma Brigada Roja. Se conocían tus escritos, y aunque se te tiraba mierda, algo influían… Pero aquí el deslinde se hizo, literalmente, con las armas en la mano: si querías romper, tenías que imponerte güevos de por medio. Cuando te daban una cita en las afueras de la ciudad, había que sonar la alarma: buso, carnal… N’hombre, hubo varios ajusticiados, precisamente en el deslinde.

– ¿Y por qué aceptabas citas con los cabrones, si sabías que estabas en la mira?

– Pues sería por los lazos sentimentales, ¿no? Acuérdate que yo era uña y mugre de David, del Chano: su pistolero y brazo derecho…, entonces no era tan fácil romper, por más que tú estuvieras claro de que el rollo militarista estaba frito.

(Pero no era cierto, o al menos no era exacto lo de Julio: a éste lo asesinaron todavía en tiempos de Oseas. Uno de los sobrevivientes me dice: yo era parte del comando encargado de ejecutar a Julio, ya íbamos por él; pero surgieron ciertos inconvenientes, y se suspendió, temporalmente, la ejecución de una sentencia ya dictada.)

Pregunto que cuál era la actitud de Oseas ante Julio. Me dice: era el principal interesado, mejor dicho, obsesionado, por liquidar a Julio. Dice también: el Viejito se había ofrecido como voluntario para encabezar el comando encargado de ejecutar a Julio. Digo que no puede ser, el Viejito era casi hermano de Julio, vivieron juntos los años de formación; el Viejito era el maestro superado por el alumno, para quien sin embargo guardaba enorme afecto y respeto.

– Pues aunque no lo creas…

Dice que una versión (íotra!) sostiene que la ejecución la dirigió finalmente el Viejito, y que fue ésta la manera como compró tiempo, pues los cazadores de cabezas de la Orga andaban ya tras la suya. Incluso se sabe que lo sentenciaron a muerte, pero el Viejito se las olió y desapareció.

(Pero Ana, nuestra querida Ana, me platica otra historia.

Donde ella estuvo. Oaxaca y el sur de Veracruz, la mayoría de los compas de la Liga eran seguidores de Julio y del Viejito. Se la pasaban hablando mal de Oseas y de su línea», me dice. Cuando llegaba el Viejito, que era el responsable por el Buró de atender esa zona, hacían una especie de reuniones etílicas de fracción y allí, delante de ella, se ponían bien pedotes, y ya briagos, soltaban todo el odio y el resquemor que sentían por Oseas y el ala oseásnica de la organización.

– Pero cómo -le digo-. en la Liga no se permitían esos excesos. tomar y ponerse bolos.

– Pues sería donde tú estabas. porque aquí les valía madre. ¿Y sabes qué? Yo tengo una visión de Julio que no se compadece con la tuya… Era un gandalla, miraba a las mujeres sólo como material de cama. Te voy a contar algo muy cabrón, que no me gusta platicar. ¿Te acuerdas de Lupe, la mujer de Richard?

Le digo que sí, cómo no me voy a acordar, si en su casa de Guadalajara hicimos el denominado congreso de fundación de la Liga. Y me acuerdo mucho, además, porque tenían una chavita muy enferma, tenía un tumor cerebral o algo así, se estaba muriendo, y en las condiciones de la clandestinidad era muy poco lo que se podía hacer para salvarla. Era algo terriblemente patético.

– Supiste que mataron a Richard.

– Sí -le digo-, fue por los mismos días que yo caí…

– Pues Lupe me cuenta que ese día, cuando tuercen a su marido y al Borrego, ella va llegando a la casa de seguridad y los ve tirados en la calle, y apenas alcanza a huir; anda espantada por todo Guadalajara, pues no encuentra el contacto con la organización. Finalmente, encuentra a Julio, ¿y qué crees? El muy cabrón le tira el calzonazo, quiere cogérsela ahí, aprovecharse de su dolor y desamparo… Ella lo manda a la chingada, pero te lo cuento para que veas cómo era en realidad tu querido Julio…

Todavía le digo, medio en broma:

– Te falta compasión para entender la condición humana…

– Vete a la chingada -concluye.)

Le pregunto por el Chicano.

Lo mismo que a Julio, dice. ¿O sea? O sea que a la raza se le hizo muy raro que, siendo el Chicano miembro de la dirección nacional de la Liga, haya salido tan pronto de Lecumberri, pues estuvo menos de un año.

– Lo que pasa es que no tenían nada de qué acusarlo, no había participado en acciones. El cargo más fuerte era posesión de arma prohibida…

– Sí, eso lo sabías tú, pero la raza allá no sabía nada de esos «atenuantes»; además, para su desgracia, él salió cuando aquí estaba en su apogeo la campaña contra la policía política…

– ¿Y luego?

– Lo mismo, te digo: a la raza se le hicieron sospechosos los esfuerzos del Chicano por recontactarse con la Orga… Para no hacértela muy cansada, decidieron que era chota, y que había que ejecutarlo. Un comando se encargó de realizar la cita-ejecución…

– No entiendo, compa… entiendo que estaban en la locura, que habían perdido la perspectiva política, pero el Chicano había sido un dirigente histórico de los Enfermos, el segundo después de Camilo, no chinguen, con qué autoridad cualquier pendejete de la segunda o tercera generación iba a decidir matarlo…

– Hay otra cosa que no sabes: Nazar empezó a filtrar rumores de que este o aquel compa, que estaba en el bote o que pronto iba a salir, había sido «cooptado» por él… Se lo decía a otros compas presos, quienes a su vez lo filtraban hacia afuera.

– No chingues, cómo le iban a creer más a Nazar que al Chicano…

– Bueno, no es que se le creyera más… Cómo te diré, Nazar no decía este bato es mío, ya lo compré, sino que hablaba bien del compa delante de los otros, y además como que se le salía, como si no hubiera querido decirlo…

– O sea que Nazario ensayaba un truco barato para introducir la desconfianza en la organización de los revolucionarios profesionales, los compitas se iban como el cochi a la mierda, de hocico.

– No te niego que se pueda ver así, pero en aquel entonces no era tan fácil verlo…

– Hey, los topos no ven muy lejos…

Luego pasó lo del Topogigio. O sea David López Valenzuela, quien era otro compa que venía de la Jota. En la etapa de formación de la Liga, el Topogigio se hizo a un lado, pues los Procesos le parecieron muy acelerados, muy rígidos y doctrinarios; entonces prefirió la guerrilla blanda (pero espectacular) del FRAP, en alianza con los Campaña. Ya en el bote, en Oblatos, se hizo reformista, y hasta tuvo la ocurrencia de declarar públicamente que estaba de acuerdo con las posiciones «rectificadoras» del Gordo. Pues a los dos o tres meses de eso, de las declaraciones, lo clavaron, lo mataron a puñaladas sus mismos compañeros presos políticos, dizque se había vuelto policía, o colaborador de la policía. Yo siempre pensé que eran falsas las acusaciones de policía, que el asesinato del Topogigio era otro fruto envenenado de la descomposición, del fanatismo y la impotencia. Pronto tuve ocasión de comprobarlo.

Un día, a mediados del 77, a doña Rosario se le ocurre llevar de visita a Topochico a uno de los matadores de David, un tal Cebrián o Covián, que el G conocía desde el PC. Era un grillo rústico, cínico y felón. Estaba ahí en campaña por la amnistía de los presos políticos que aún permanecíamos en las prisiones, pues él ya había recibido ese beneficio. Cuando el G le preguntó que qué pruebas tenían de que David era policía, alegó que la dirección del penal le había dado la concesión de una tiendita, y que eso era privilegio de orejas.

– ¿Y qué otra prueba tienes?

– Sus posiciones -respondió.

– Pues si a esas vamos, deberías de matarme a mi también, cabrón: David coincidía con mis posiciones, lo dijo públicamente.

– Eso decía como cobertura -dijo turbio el matón-. Pero en realidad ya no quería saber nada de la política, se había vendido… Para no hablar por el momento de tus posiciones: dejan mucho que desear.

– No me vengas con mamadas, yo conocía bien a David, lo que pasa es que no les siguió sus pinches ondas ultras, y por eso lo mataron, y en cuanto a mis posiciones, para acabar pronto, yo no las discuto con lúmpenes, con asesinos hijos de la chingada -concluyó el G; y tuvieron que interponerse los acompañantes, si no, allí se agarran a madrazos.

Después, en su camarote, platicando con Elías, muy sacado de onda: cómo es posible que lo que por años creímos alternativa revolucionaria se haya descompuesto tanto, tan rápido y tan chafamente: una turba de matones (y montoneros, por añadidura) son ahora la vanguardia de las posiciones revolucionarias, hazme el cabrón favor, y a esta calaña han estado amnistiando, y a nosotros aquí nos tienen bajo siete llaves.

– ¿Por que? -decía Elías-, no entiendo compa, ¿por qué volverse contra los propios compañeros de lucha, en vez de apuntar la mira contra los verdaderos enemigos…?

– Es más fácil -decía el G-, no ves que a la verdadera policía política está más que cabrón llegarle, están armados, son muchos y bestiales, y tienen toda la infraestructura del Estado a su disposición. En cambio los compitas generalmente están inermes, totalmente a descubierto; es fácil desarmarlos, formarles juicio (o lo que entre los matones se entiende por tal), sentenciar y ejecutar… Está peladita y en la boca…

– Sí, pero sigo sin entender, ¿por qué dejamos de ser lo que éramos?, ¿qué somos ahora, compa?

– Eramos rebeldes, cabrón, creíamos en la integridad del hombre, de todo hombre sobre la tierra, queríamos cambiar el mundo para bien, para hacerlo más bello y más justo, y estamos terminando como viles resentidos, como «la secreción nefasta y descompuesta de una impotencia prolongada.»