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Christopher Lasch murió en 1994. Era un distinguido crítico de la sociedad estadunidense. Se le conoció sobre todo por sus libros The Culture of Narcissism (1979) y The True and Only Heaven (1991). Este ensayo forma parte del libro The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy, que este año aparecerá en Estados Unidos.

“Cualesquiera que hayan sido sus fallas, el nacionalismo de la clase media proporcionó un terreno y estándares comunes, y un marco de referencia compartido sin el cual la sociedad se disuelve en nada más que facciones contendientes, como bien lo entendieron los padres fundadores de Estados Unidos. La rebelión de las masas que Ortega y Gasset tanto temía no constituye ya un peligro real. Pero la revuelta de las élites contra las tanto tiempo honradas tradiciones de localidad, obligación y contención todavía puede desatar una guerra de todos contra todos”.

Cuando Ortega y Gasset publicó La rebelión de las masas en 1930, no pudo haber previsto una época en la que podría hablarse más bien de una revuelta de los privilegiados. En esta obra, escrita durante la era de la revolución bolchevique y del surgimiento del fascismo, después de las consecuencias cataclísmicas de una guerra que desmembró por completo a Europa, Ortega atribuye la crisis de la cultura occidental al “imperio político de las masas”.(*) En nuestros tiempos, sin embargo, la principal amenaza parece provenir no tanto de las masas como de aquellos que se encuentran en la cima de la jerarquía social: las élites que controlan el flujo internacional de dinero e información, presiden las fundaciones filantrópicas y las instituciones de enseñanza superior, manejan los instrumentos de la producción industrial y, por lo tanto, establecen los términos del debate público. Los miembros de la élite han perdido toda fe en los valores -o en lo que resta de ellos- de Occidente. Para mucha gente, el término mismo de “civilización occidental” designa más bien un sistema organizado de dominio dirigido a garantizar cierto nivel de conformidad con los valores burgueses y mantener a las víctimas de la opresión patriarcal -mujeres, niños, homosexuales, gente de color- en un estado de sujeción permanente. En un vuelco sorprendente de sucesos que alteró nuestras expectativas sobre el curso de la historia, se está dando algo que Ortega y Gasset jamás soñó: la rebelión de las élites.

(*) Las citas a La rebelión de las masas corresponden a la trigésima reimpresión, de enero de 1994, de la colección Austral de Espasa-Calpe Mexicana. (N. del T)

Desde el punto de vista de Ortega y Gasset -que por cierto era compartido por mucha gente de su época-, el valor de las élites culturales radicaba en su disposición a asumir responsabilidad por los exigentes estándares sin los cuales resulta imposible la civilización. Vivían al servicio de esos ideales. “La nobleza”, escribió Ortega y Gasset, “se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos”. El hombre masa, por su parte, no tenía un uso para las obligaciones ni idea alguna de lo que implicaban; no sentía “ningún compromiso con los grandes deberes históricos”. En su lugar, anteponía los “derechos del lugar común”. Resentido y auto-satisfecho, rechazaba “todo lo excelente, individual, calificado y selecto”. Ignorante de la fragilidad de la civilización o del carácter trágico de la historia, le preocupaba sólo su bienestar y vivía en espera de un futuro de “posibilidades ilimitadas” y “libertad absoluta”. Dentro de sus características sentimentales se incluía una “ausencia completa de romance en su relación con las mujeres”. El amor erótico, un ideal demandante en sí mismo, no le resultaba atractivo. Su actitud hacia el cuerpo era profundamente práctica: hizo un culto del bienestar físico y se sometió a regímenes higiénicos que prometían mantenerlo en buen estado y garantizarle la longevidad. Sin embargo, por encima de todo, lo que caracterizaba la mente de la masa, era “su odio mortal a todo lo que no fuera ella”. Incapaz de asombro o de respeto, el hombre masa era el “niño mimado de la historia”, que daba por sentado los beneficios que le confería la civilización y los exigía “autoritariamente, como si se tratara de derechos naturales”. Aunque disfrutaba de las ventajas producto de la “subida del nivel histórico”, no sentía obligación alguna ni con sus progenitores ni con su progenie. Su “increíble ignorancia de la historia” le permitía concebir el momento actual como muy superior a las civilizaciones del pasado, y olvidar que la civilización contemporánea era en sí misma producto de siglos de desarrollo histórico y no el logro único de una época que había descubierto el secreto del progreso dándole la espalda al pasado.

Todos los hábitos mentales que Ortega y Gasset atribuyó a las masas son hoy más característicos de los altos niveles de la sociedad que de sus sectores medios o bajos. Difícilmente puede hoy afirmarse que la gente común y corriente aspira a un futuro de “posibilidades ilimitadas”. El argumento de que las masas están montadas sobre la ola de la historia hace tiempo que se desechó. Los movimientos radicales que alteraron la paz del siglo XX han fracasado uno a uno, y no ha aparecido en el horizonte sucesor alguno. La clase trabajadora industrial, en alguna ocasión el principal soporte del movimiento socialista, se ha convertido en un triste residuo de sí misma. La esperanza de que surgirían “nuevos movimientos sociales” que tomarían su lugar en la lucha contra el capitalismo, y que sostuvo por un periodo breve de tiempo a la izquierda en los años setenta y principios de los ochenta, se hizo cenizas. Los nuevos movimientos sociales -el feminismo, el movimiento gay, los derechos sociales, la lucha contra la discriminación racial- no sólo no tienen nada en común; su única demanda coherente está dirigida a su inclusión en las estructuras dominantes más que a la transformación radical de las relaciones sociales.

Las masas de hoy han perdido todo interés en la revolución. De hecho, sus instintos políticos son demostrablemente más conservadores que los de sus autonombrados portavoces y liberadores potenciales. Después de todo son las clases media y baja las que apoyan los límites al aborto, se aferran a la familia de dos padres como fuente de estabilidad en un mundo turbulento, resisten los experimentos de los “estilos de vida alternativos” y guardan enormes reservas sobre las acciones afirmativas y otras aventuras de ingeniería social de gran escala. Hoy en día son las masas y no las élites las que poseen el alto sentido de límites que Ortega y Gasset identificaba con la civilización. A diferencia de las clases altas, los miembros de las clases trabajadora y media entienden que existen límites inherentes al control humano del curso del desarrollo social, la naturaleza y el cuerpo, y al control de los elementos trágicos de la vida y de la historia. Mientras que los jóvenes profesionales se someten a arduos programas de ejercicio físico y control dietético dirigidos a mantener a la muerte a distancia -para conservarse en un estado de juventud permanente y eternamente atractivo-, la gente ordinaria, por su parte, acepta el desgaste del cuerpo como algo contra lo cual resulta inútil luchar. Los liberales de la clase media alta han organizado una cruzada para higienizar a la sociedad estadunidense -para crear un “medio ambiente libre de humo”, censurar todo, desde la pornografía hasta los “discursos del odio”, y, al mismo tiempo, de manera incongruente, extender el rango de las elecciones personales a asuntos en los que la mayor parte de la gente siente necesidad de lineamientos morales sólidos.

Cuando detectan cierta resistencia a estas iniciativas, los miembros de la élite contemporánea dejan ver ese odio venenoso que se esconde bajo la cara risueña de la benevolencia de la clase media alta. Les resulta difícil aceptar que su concepción higiénica de la vida no genera un entusiasmo universal. En Estados Unidos, el término Middle America -que tiene implicaciones tanto geográficas como sociales-, ha venido a simbolizar todo lo que obstruye el paso del progreso: “valores familiares”, patriotismo, fundamentalismo religioso, racismo, homofobia, visiones retrógradas de la mujer. Los americanos medios aparecen ante los ojos de la opinión educada como irremediablemente desaliñados, fuera de moda y provincianos. Son al mismo tiempo absurdos y vagamente amenazadores -no porque quieran derrumbar el viejo orden sino precisamente porque lo defienden de una manera irracional que se expresa, en sus momentos más álgidos, en fanatismos religiosos, en una sexualidad reprimida que en ocasiones se manifiesta en violencia contra las mujeres y los homosexuales, en un patriotismo que apoya las guerras imperialistas y en una ética nacional de masculinidad agresiva. Arrogantes e inseguras al mismo tiempo, las nuevas élites contemplan a las masas con una mezcla de aprehensión y desprecio.

La rebelión de las élites contra las viejas concepciones de prudencia y contención está ocurriendo en un momento en el que el curso general de la historia no favorece más la nivelación de las distinciones sociales sino el surgimiento de una sociedad compuesta por dos clases, en un momento en que las minorías favorecidas monopolizan las ventajas del dinero, la educación y el poder. Es indiscutible que las comodidades de la vida moderna están mejor distribuidas que antes de la Revolución Industrial. Fue precisamente la democratización del confort lo que Ortega y Gasset tenía en mente cuando hablaba de la “subida del nivel histórico”. Como a muchos otros, a Ortega y Gasset le impresionaba la abundancia sin precedentes generada por la división moderna del trabajo, por la transformación de los lujos en necesidades y por la popularización de los estándares de confort y conveniencia previamente confinados a los ricos. Estos hechos -los frutos materiales de la modernización- no están en discusión. En nuestro tiempo, sin embargo, la democratización de la abundancia -la expectativa de que cada generación disfrutaría de un nivel de vida superior al de sus predecesores- ha dado lugar a un retroceso en el que las viejas desigualdades están empezando a restablecerse en algunos casos a un ritmo aterrador y en otros en forma tan gradual que pasan desapercibidas.

La gente en el 20% superior de la estructura de ingresos hoy controla la mitad de la riqueza de la nación. En los últimos 20 años, sólo ellos han conseguido un incremento neto en su ingreso familiar. En los breves años de la administración Reagan, su porción del ingreso nacional aumentó de 41.5 a 44%. La clase media, definida generosamente como aquel sector con ingresos de entre 15 y 50 mil dólares anuales, declinó del 60% de la población en 1970 al 52% en 1985. Estas cifras constituyen sólo una muestra imperfecta de los asombrosos cambios que se dieron en un periodo de tiempo extraordinariamente breve. El crecimiento ininterrumpido del desempleo, que ahora afecta también a los empleados de oficina, es todavía más revelador. Lo mismo podría decirse del crecimiento de la “fuerza de trabajo contingente”. El número de trabajos de tiempo parcial se ha duplicado de 1980 a la fecha y ahora representa un cuarto de todos los empleos disponibles. No cabe duda que este crecimiento masivo del empleo de tiempo parcial ayuda a explicar por qué el porcentaje de trabajadores cubiertos por los planes de retiro, que aumentó de 22 a 45% entre 1950 y 1980, descendió a 42.6% hacia 1986. También ayuda a explicar el descenso en la membresía de los sindicatos y la continua erosión de su influencia. Todos estos sucesos, a su vez, reflejan la pérdida de los trabajos industriales y el desplazamiento hacia una economía que se basa cada vez más en la información y los servicios.

La clase media alta, que constituye el corazón de las nuevas élites profesionales y empresariales, se define -además de por un ingreso en rápido ascenso- no tanto por su ideología como por su modo de vida, que la distingue más y más del resto de la población. Se trata de un estilo de vida glamoroso, llamativo, en ocasiones indecentemente derrochador. La prosperidad de las clases profesional y empresarial, que conforman la mayor parte del 20% superior de la estructura de ingresos, deriva en buena medida del patrón marital emergente conocido con el poco elegante término de “apareamiento arreglado” -la tendencia de los hombres a casarse con mujeres que habrán de contribuir al ingreso familiar con una cantidad más o menos equivalente a la que contribuye su cónyuge. Los médicos solían casarse con las enfermeras, y los abogados y los ejecutivos con sus secretarias. Ahora los varones de la clase media alta tienden a casarse con mujeres de su propia clase, socios o colegas con carreras lucrativas propias. “¿Qué pasa si un abogado que gana 60 mil dólares al año se casa con una abogada que gana esa misma cantidad?”, se pregunta Mickey Kaus en su libro The End of Equality, “y un oficinista que gana 20 mil dólares anuales se casa con otra oficinista que gana esa cantidad? Que la diferencia en el ingreso familiar es la diferencia entre 120 mil y 40 mil dólares”; y “aunque la tendencia todavía está enmascarada en las estadísticas de ingresos por los bajos salarios promedio de las mujeres”, agrega Kaus, “resulta evidente, incluso para los expertos, que es esto lo que está sucediendo”. No es necesario ir más allá para explicar por qué a los profesionistas y empresarios les resulta tan atractivo el feminismo.

¿Cómo describir a esta nueva élite social? Su inversión en educación e información, y no tanto en propiedades, la distingue de la burguesía típica, cuya influencia caracterizó una etapa previa del capitalismo, y de la vieja clase propietaria -la clase media, en el sentido estricto del término- que en alguna ocasión formó el grueso de la población. Estos grupos constituyen una “nueva clase” sólo en el sentido de que su novedoso estilo de vida se sustenta no tanto en la posesión de una propiedad como en la manipulación de la información y el expertise profesional. Esta élite comprende una gran variedad de ocupaciones -financieros, banqueros, promotores de bienes raíces, ingenieros, consultores de todo tipo, analistas de sistemas, científicos, médicos, publicistas, editores, ejecutivos de mercadotecnia, directores artísticos, cineastas, artistas, periodistas, productores de televisión, escritores, profesores universitarios- como para ser descrita como una “nueva clase” o una “nueva clase gobernante”. Aún más, sus miembros carecen de una visión política común.

La nueva élite estadunidense ha encontrado en el secretario del Trabajo, Robert Reich, a su filósofo. La categoría de Reich de “analistas simbólicos” de su libro The Work of Nations sirve como una torpe pero útil descripción empírica y poco pretenciosa de esta élite. Se trata, según Reich, de gente que vive en un mundo de conceptos abstractos y de símbolos, que van desde las citas del mercado de valores hasta las imágenes visuales producidas por Hollywood y Madison Avenue, y que se especializa en la interpretación y el despliegue de esta información simbólica. Reich la contrasta con las otras dos categorías de trabajador: los “productores rutinarios”, que desarrollan tareas respectivas y ejercen muy poco control sobre el diseño de la producción, y los “servidores en persona”, que también se ocupan de actividades rutinarias pero que deben proporcionarlas personalmente, por lo que no pueden “venderse a nivel global”. Si obviamos el carácter altamente esquemático y necesariamente impreciso de estas categorías, ellas corresponden lo suficiente a la realidad como para darnos una idea general no sólo de la estructura ocupacional sino de la estructura de clase de la sociedad estadunidense contemporánea. Los “analistas simbólicos” obviamente están en ascenso en términos de riqueza y estatus, mientras que las otras categorías, que conforman el 80% de la población, se encuentran en franca decadencia.

El retrato que Reich hace de los “analistas simbólicos” es extraordinariamente halagador. A sus ojos, ellos representan lo mejor y lo más brillante de la sociedad estadunidense. Educados en las “escuelas privadas de la élite” y en las “mejores escuelas públicas de los suburbios, en donde son detectados en los cursos avanzados”, ellos gozan de todas las ventajas que les pueden ofrecer sus cariñosos padres.

Estos privilegiados jóvenes adquieren grados avanzados de las “mejores universidades del mundo”, cuya superioridad se demuestra por su habilidad para atraer la mayor cantidad de estudiantes extranjeros. En esta atmósfera cosmopolita superan esas maneras provincianas que limitan el pensamiento creativo. “Escépticos, curiosos y creativos”, se convierten en solucionadores de problemas por excelencia. A diferencia de aquellos involucrados en rutinas adormecedoras de la mente, ellos aman su trabajo, que los involucra en procesos de aprendizaje que toman toda la vida y en procesos de experimentación sin fin.

Los intelectuales de viejo cuño tienden a trabajar por sí solos y a ser celosos y posesivos con sus ideas. En contraste, los nuevos trabajadores de la mente -productores de insights de alta calidad en una gran variedad de campos que van desde la mercadotecnia y las finanzas hasta las artes y el entretenimiento- operan en equipos. Su “capacidad para colaborar” promueve el “pensamiento en sistema”, la habilidad para “resolver problemas en su totalidad, para absorber los frutos de la experimentación colectiva, y “discernir las grandes causas, consecuencias y relaciones”. Como su trabajo depende de manera muy importante de su “red de contactos”, se establecen en “bolsas geográficas especializadas” pobladas por gente como ellos. Estas comunidades privilegiadas -Cambridge, Silicon Valley, Hollywood- se convierten en centros artísticos, técnicos y de promoción empresarial “prodigiosamente adaptables”. Estos nuevos trabajadores representan el epítome del logro intelectual, en palabras de Reich, y de la buena vida, entendida ésta como el intercambio de insights, información y chismes profesionales.

La concentración geográfica de los productores de conocimientos, una vez que genera una masa crítica, da lugar a un mercado para la creciente clase de “servidores en persona” que atienden sus necesidades. “No es accidental”, nos dice Reich, que Hollywood albergue a un enorme número de maestros de canto, entrenadores de esgrima, instructores de baile, agentes artísticos y proveedores de equipos fotográficos, acústicos y de luz. En sus proximidades pueden encontrarse también restaurantes con el ambiente apropiado para que los directores cortejen a los productores, los guionistas a los directores y todo el resto de Hollywood a todos los demás.

La admisión universal a la clase de gente “creativa” es lo que mejor coincide con la sociedad democrática ideal de Reich. Sin embargo, como se trata de un objetivo irrealizable, lo siguiente mejor, presumiblemente, es una sociedad compuesta por “analistas simbólicos” y sus seguidores. A estos últimos los consumen los sueños del estrellato, pero se conforman, por lo pronto, con vivir a la sombra de las estrellas, esperando a ser descubiertos. Están simbólicamente unidos a sus mejores en la búsqueda continua de talento vendible, búsqueda comparable, como lo muestran de manera muy clara las imágenes de Reich, sólo con los ritos de cortejo. Uno agregaría la displicente observación de que los círculos de poder -financieros, gubernamentales, artísticos, de entretenimiento- se traslapan y se vuelven crecientemente intercambiables.

Aunque Reich recurre a Hollywood en busca de un ejemplo particularmente preciso de la comunidad “prodigiosamente adaptable” que florece en donde quiera que hay una concentración de gente “creativa”, su descripción del nuevo tipo de comunidad de élite concuerda también con la capital de la nación. Washington se vuelve así una parodia de la ciudad de oropel: ejecutivos que se presentan en la televisión en una velada que semeja un encuentro político; estrellas de cine que se vuelven maestros de la política, incluso presidentes. La realidad y la simulación de la realidad se vuelven cada vez más difíciles de distinguir. Ross Perot lanza su campana presidencial desde el Show de Harry King. Las estrellas de Hollywood forman parte relevante de la campaña de Clinton y lo acompañan masivamente en la toma de posesión, dándole así al evento el glamour de un estreno cinematográfico. Los conductores y entrevistadores de la televisión se vuelven celebridades; las celebridades del mundo del entretenimiento se vuelven críticos sociales. El boxeador Mike Tyson lanza una carta de tres páginas desde la prisión de Indiana condenando la “crucifixión” presidencial de Lani Guinier. Robert Reich, el académico Rhodes, profeta del nuevo mundo de la “abstracción, del pensamiento en sistema, la experimentación y la colaboración”, se une al equipo del presidente Clinton en el incongruente papel de secretario del Trabajo -en otras palabras, administrador de la categoría de empleo (“producción rutinaria”) que no tiene el más mínimo futuro (de acuerdo con su propia visión) dentro de una sociedad compuesta por “analistas simbólicos” y “servidores en persona”. Sólo en un mundo en el que las palabras e imágenes no poseen parecido alguno con los objetos que pretenden designar resulta posible para un hombre como Reich referirse a sí mismo, sin ironía, como secretario de Trabajo o escribir tan fervorosamente sobre una sociedad gobernada por los “mejores y más brillantes”. (La última vez que los mejores y más brillantes gobernaron al país, lo arrastraron a una larga y desmoralizadora guerra en el sudeste asiático de la que la nación todavía no se recupera.) 

La arrogancia de la élite, en su revuelta contra los límites civilizatorios, no debe confundirse con el orgullo, característico de las clases aristócratas, que yace en la herencia de un antiguo linaje y en la obligación de defender su honor. Ni el valor ni la caballerosidad, ni el código del amor cortés que se asocia a estas virtudes, tiene nada que ver con la visión mundana de los mejores y más brillantes. La meritocracia no tiene mayor uso para la caballerosidad y el valor, así como la aristocracia hereditaria no tenía uso para la inteligencia. Aunque las ventajas hereditarias juegan un importante papel en el logro de un estatus profesional y empresarial, la nueva clase debe mantener la ficción de que su poder depende tan sólo de la inteligencia. Por lo mismo manifiesta un íntimo sentido de gratitud ancestral o de la obligación de responder frente a responsabilidades heredadas del pasado. Se piensa a sí misma como una élite que debe sus privilegios exclusivamente a sus propios esfuerzos. Incluso el concepto de república de las letras -que uno esperaría que apelaría a las élites que han participado tanto de la educación de postgrado- está ausente de su marco de referencia.

A las élites meritocráticas les cuesta trabajo imaginar una comunidad, incluso una comunidad del intelecto, que se alza hacia el pasado y el futuro con conciencia de cierta obligación intergeneracional. Las “zonas” y “redes de contactos” admiradas por Reich guardan muy poco parecido con las comunidades en sentido tradicional. Habitadas por nómadas, carecen de la continuidad que se deriva de un sentido del lugar y de estándares de conducta auto-cultivadas de manera consciente y transmitidas de generación en generación. La “comunidad” de los mejores y más brillantes es una comunidad de contemporáneos, en el doble sentido de que sus miembros piensan en sí mismos como eternamente jóvenes y en el sentido de que la marca de juventud es precisamente su habilidad para mantenerse al día en las tendencias de moda.

La identificación de “los mejores y más brillantes” es el ideal meritocrático. La meritocracia, sin embargo, no es más que una parodia de la democracia. En teoría, por lo menos, ofrece oportunidades de movilidad a cualquiera con el talento para aprovecharlas; pero las “oportunidades para ascender”, como señala R. H. Tawney en Equality, “no pueden convertirse en el sustituto de la difusión general de los medios de la civilización”, de la “dignidad y la cultura” que todo mundo requiere, “se ascienda o no en la escala social”. La movilidad no socava la influencia de las élites; en todo caso, las ayuda a solidificar su influencia al crear la ilusión de que ésta depende únicamente del mérito. Al ensalzar la movilidad social se fortalece la posibilidad de que las élites ejerzan el poder irresponsablemente, precisamente porque reconocen muy pocas obligaciones con sus predecesores o con las comunidades que profesan liderear. La falta de gratitud descarga a las élites meritocráticas del peso del liderazgo y, en todo caso, ellas mismas están menos interesadas en el liderazgo que en distinguirse de la masa -que constituye a fin de cuentas la definición misma de éxito meritocrático.

La lógica interna de la meritocracia pocas veces ha sido tan rigurosamente expuesta como en la novela distópica del escritor inglés Michael Young, The Rise of the Meritocracy 1870-2033 (1959), una obra escrita en la tradición de Tawney, G. D. H. Cole, George Orwell, E. P. Thompson y Raymond Williams. El joven narrador, un historiador que escribe en la cuarta década del siglo XXI, hace una crónica optimista del “cambio fundamental del siglo y medio que se inicia en 1870: la redistribución de la inteligencia `entre las clases'”. De manera imperceptible, una aristocracia de nacimiento se ha transformado en “la aristocracia del talento”. Gracias a la adopción, por parte de la industria, de las pruebas de inteligencia, al abandono del principio de antigüedad y a la creciente influencia de la escuela a expensas de la familia, “a los talentosos se les ha dado la oportunidad de elevarse al nivel que corresponde a sus capacidades, y en consecuencia las clases inferiores se reservan para aquellos que ocupan los rangos inferiores de habilidad”. En el mundo de Young, la creencia doctrinaria en la igualdad se colapsó frente al surgimiento de las ventajas prácticas de un sistema educativo que “ya no requería que los inteligentes se mezclaran con los estúpidos”.

La imaginativa proyección de Young arroja mucha luz sobre las tendencias actuales en Estados Unidos, en donde un sistema aparentemente democrático de reclutamiento de élites ha producido resultados que están muy lejos de ser democráticos: segregación de las clases sociales, desprecio por el trabajo manual, colapso de las escuelas públicas, pérdida de una cultura común. Como dice Young, la meritocracia tiene el efecto de hacer que las élites se sientan más seguras que nunca de sus privilegios (que ahora pueden ser vistos como la justa recompensa a su diligencia y poder mental), al tiempo que se nutricia la oposición de la clase trabajadora. “La mejor manera de vencer a la oposición”, observa el historiador de Young, “es… apropiándose y educando a los mejores niños de las clases bajas cuando aún son jóvenes”. Liberales y conservadores por igual ignoran la verdadera objeción a la meritocracia -que drena el talento de las clases bajas y por lo tanto las priva de la posibilidad de liderazgos eficaces-, y se consuelan con los dudosos argumentos de que la educación no cumple con su promesa de promover la movilidad social. Si así fuera, parecen sugerir, muy posiblemente nadie tendrá razones para lamentarse. Aquellos que se ven desplazados, “sabiendo que tuvieron todas las oportunidades”, no pueden legítimamente quejarse de su destino. “Por primera vez en la historia de la humanidad el hombre inferior no cuenta con ningún sostén para su amor propio”. Por esto no debe sorprendemos que la meritocracia genere también una preocupación obsesiva por la “auto-estima”. Las nuevas terapias (en ocasiones conocidas con el nombre genérico de movimiento de recuperación) -que dejan intacta la actual estructura de reclutamiento de las élites: la adquisición de credenciales educativas- buscan contrarrestar la sensación opresiva de fracaso en aquellos que no pudieron montarse a la escalera educativa.

La aristocracia del talento, desde una perspectiva superficial, constituye un ideal atractivo, que parece distinguir a las democracias de las sociedades basadas en los privilegios hereditarios. Sin embargo, la meritocracia resulta ser una contradicción en términos: los talentosos retienen muchos de los vicios de la aristocracia sin conservar sus virtudes. Su esnobismo carece del reconocimiento de las obligaciones recíprocas que existen entre la minoría favorecida y las multitudes. Aunque están llenos de “compasión” por los pobres, no se puede decir que suscriben la teoría de que la nobleza obliga, que implicaría cierta disposición a hacer contribuciones personales y directas al bien público. La obligación, como todo, se ha despersonalizado; ejercida a través de las agencias del Estado, el peso de mantenerla recae no en la clase profesional y empresarial sino de manera desproporcionada en las clases media baja y trabajadora. Las políticas propuestas por la clase de los nuevos liberales en favor de los pisoteados y oprimidos -la integración racial en las escuelas públicas, por ejemplo- requiere de sacrificios por parte de las minorías étnicas que comparten el centro de las ciudades con los pobres, y raras veces exigen sacrificios a los liberales de los suburbios, quienes diseñan y apoyan estas políticas.

Las clases privilegiadas -el 20% superior, si recurrimos a una definición extensiva- se han hecho independientes a un grado alarmante no sólo de las decadentes ciudades industriales sino también de los servicios públicos en general. Envían a sus hijos a escuelas privadas, se aseguran contra emergencias médicas a través de planes corporativos y contratan guardias de seguridad privados para protegerse de la creciente ola de violencia. No es sólo que no le encuentran sentido a pagar por servicios públicos que ya no utilizan; muchos de ellos ya dejaron de pensarse a sí mismos como estadunidenses implicados, para bien o para mal, en el destino de su nación. Sus ligas con la cultura internacional del trabajo y el dinero -con la cultura de los negocios, el entretenimiento, la información y la “recuperación de la información”-, hace a muchos miembros de la élite profundamente indiferentes a la perspectiva de una declinación nacional.

El mercado en que operan las nuevas élites es un mercado internacional. Sus fortunas están ligadas a empresas que actúan a través de las fronteras. Están más preocupadas por el funcionamiento armónico del sistema en su conjunto que por el funcionamiento de cualquiera de sus partes. Sus lealtades -si es que este término no resulta demasiado anacrónico en este contexto- son internacionales más que regionales o locales. Tienen más en común con sus contrapartes de Bruselas o Hong Kong que con las masas estadunidenses que todavía no están conectadas a la red de comunicaciones globales.

En una economía global que no reconoce fronteras, el dinero ha perdido toda relación con la nacionalidad. David Rieff, que pasó varios meses en Los Angeles recopilando información para su libro Los Angeles: Capital of the Third World, comenta que “por lo menos dos a tres veces por semana… escucha a alguien diciendo que el futuro `pertenece’ a la cuenca del Pacífico”. El movimiento del dinero y la población a través de las fronteras nacionales ha transformado “toda la idea del lugar”, de acuerdo con Rieff. Las clases privilegiadas de Los Angeles se sienten más identificadas con sus contrapartes de Japón, Singapur y Corea que con la mayoría de sus coterráneos.

La cambiante estructura de clase de la sociedad estadunidense constituye un fiel reflejo de los cambios que están teniendo lugar en todo el mundo industrial. En Europa, el referéndum sobre la unificación mostró la existencia de un creciente abismo entre la clase política y los miembros más humildes de la sociedad, que temen que la Comunidad Económica Europea termine dominada por burócratas y tecnócratas carentes de todo sentimiento de identidad o lealtad nacional. Incluso en Japón, el modelo de industrialización más exitosa de las dos o tres últimas décadas, las encuestas de opinión realizadas en 1987 revelaron una creciente creencia de que el país ya no podría describirse como un país de clase media, ya que la gente común y corriente no había podido participar de las fortunas acumuladas en los bienes raíces, las finanzas y las manufacturas.

Fuera de las democracias industriales, con su creciente polarización social, la disparidad global entre riqueza y pobreza se ha vuelto tan evidente que resulta innecesario revisar los datos sobre la creciente desigualdad. En América Latina, Africa y grandes partes de Asia, el abrupto crecimiento de los pobres, junto con el desplazamiento de las poblaciones rurales debido a la comercialización de la agricultura, ha sujetado a la vida civil a tensiones sin precedentes. Las vastas aglomeraciones urbanas -difícilmente podría llamárseles ciudades- se ven agobiadas por la pobreza, la desdicha, la enfermedad y la desesperación. Paul Kennedy predice que para el año 2025 existirán 20 megaciudades, cada una con una población mayor de 11 millones. La Ciudad de México contará para el año 2000 con más de 24 millones de habitantes; Sao Paulo con más de 23 millones; Calcuta con más de 16 millones, y Bombay con más de 15.5 millones. Conforme continúa el colapso de la vida en estas hinchadas ciudades, la vida no sólo de los pobres sino también de las clases medias seguirá experimentando condiciones inimaginables hace apenas unos años. Los estándares de vida de las clases medias en lo que se ha dado en llamar eufemísticamente el mundo en desarrollo se irán deteriorando. En países como Perú -en alguna ocasión una próspera nación con razonables posibilidades de desarrollar instituciones parlamentarias-, la clase media, para todos los fines prácticos, ha dejado de existir.

La clase media, como nos recuerda Walter Russell en su estudio sobre el declinante imperio estadunidense, Mortal Splendor, “no surge del aire”. Su poder y sus números “dependen de la riqueza global de la economía doméstica”; y en países en donde “la riqueza se concentra en manos de una minúscula oligarquía y el resto de la población es desesperadamente pobre, la clase media sólo puede crecer hasta un cierto límite… y nunca escapa a su papel principal de clase servidora de la oligarquía”. Por desgracia, esta descripción ahora se aplica a una creciente lista de naciones que han alcanzado de manera prematura los límites del desarrollo económico, países en los que la “creciente proporción de su producto nacional va a dar a manos de los inversionistas o prestamistas extranjeros”. No sería difícil que ese mismo destino le esperara a naciones industriales como Estados Unidos.

El mundo de finales del siglo XX presenta un curioso espectáculo. Por un lado está unido a través de los mercados como nunca antes lo había estado. El capital y el trabajo fluyen libremente a través de unas fronteras políticas que parecen artificiales y difíciles de sostener. La cultura popular sigue el mismo camino. Por otro lado, las lealtades tribales pocas veces habían sido promovidas de manera tan agresiva. Las guerras étnicas y religiosas surgen una después de la otra, en India y Sri Lanka, en muchas partes de Africa, en la vieja Unión Soviética y en la antigua Yugoslavia.

Es el debilitamiento de la nación -Estado lo que yace bajo estos sucesos- el movimiento hacia la unificación y el aparentemente contradictorio movimiento hacia la fragmentación. El Estado ya no puede contener los conflictos étnicos, ni detener las fuerzas que comandan la globalización. Ideológicamente, el nacionalismo se ve atacado por ambos flancos: por los defensores de los particularismos étnicos y religiosos, y también por aquellos que arguyen que la única posibilidad de paz radica en la internacionalización de todo, desde los pesos y las medidas hasta la imaginación artística.

El temor a que el lenguaje internacional del dinero hable más fuerte que los dialectos locales inspira la reafirmación de los particularismos étnicos en Europa, mientras que la declinación de la nación-Estado debilita a la única autoridad capaz de mantener a raya las rivalidades étnicas. El resurgimiento del tribalismo, por otro lado, refuerza el cosmopolitismo reactivo de las élites. Curiosamente es Robert Reich quien -sin menospreciar su admiración por la nueva élite de “analistas simbólicos”- proporciona el recuento más penetrante del “lado oscuro del cosmopolitismo”. En ausencia de vínculos nacionales, nos recuerda Reich, la gente manifiesta pocas inclinaciones a hacer sacrificios o aceptar responsabilidades por sus acciones. “Aprendemos a sentirnos responsables por los otros porque compartimos con ellos una historia común… una cultura común… un destino común”. La desnacionalización de las empresas tiende a producir una clase de cosmopolitas que se ve a sí misma como una clase de “ciudadanos del mundo, pero sin aceptar… ninguna de las obligaciones que implica la ciudadanía en una constitución política”. Pero el cosmopolitismo de las minorías favorecidas, en la medida en que no está informado por la práctica de la ciudadanía, tiende a convertirse en una forma superior de parroquialismo. En lugar de apoyar los servicios públicos, las nuevas élites invierten su dinero en el mejoramiento de sus propios enclaves autoamurallados. Pagan con gusto por escuelas privadas y suburbanas, por servicios privados de seguridad, por sistemas privados de recolección de basura, pero han encontrado la manera de liberarse, a un grado sorprendente, de las obligaciones de contribuir al tesoro nacional. Su reconocimiento de las obligaciones cívicas no se extiende más allá de sus propios vecindarios. La “secesión de los analistas simbólicos”, como le llama Reich, nos proporciona un ejemplo particularmente notable de la revuelta de las élites contra las limitaciones del tiempo y el lugar.

La declinación de las naciones está íntimamente ligada a la declinación global de la clase media. Es la crisis de la clase media y no sólo el creciente cisma entre riqueza y pobreza lo que necesita enfatizarse en un sobrio análisis de nuestras perspectivas. Desde los siglos XVI y XVII, las fortunas de la nación-Estado se han ligado a las fortunas de las clases comerciante e industrial. Los fundadores de las naciones modernas, fueran éstos exponentes del privilegio real como Luis XIV o republicanos como Washington y Lafayette, recurrieron a estas clases en busca de apoyo en su lucha contra la nobleza feudal. Una gran parte del atractivo del nacionalismo yace en la habilidad del Estado para establecer un mercado común dentro de sus fronteras, reforzar un sistema uniforme de justicia y extender la ciudadanía tanto a los pequeños propietarios como a los ricos mercaderes, excluidos ambos del poder bajo el antiguo régimen. La clase media se convirtió en el elemento más patriótico, por no decir xenofóbico y militarista, de la sociedad. Pero las características menos atractivas del nacionalismo de la clase media no deben oscurecer sus contribuciones positivas, como su desarrollado sentido del lugar y el respeto a la continuidad histórica, sellos de la sensibilidad de la clase media que pueden apreciarse de manera más plena ahora que esta clase se encuentra en franca retirada en todas partes. Cualesquiera que hayan sido sus fallas, el nacionalismo de la clase media proporcionó un terreno y estándares comunes, y un marco de referencia compartido sin el cual la sociedad se disuelve en nada más que facciones contendientes, como bien lo entendieron los padres fundadores de Estados Unidos. La rebelión de las masas que Ortega y Gasset tanto temía no constituye ya un peligro real. Pero la revuelta de las élites contra las tanto tiempo honradas tradiciones de localidad, obligación y contención todavía puede desatar una guerra de todos contra todos.

Traducción de Octavio Gómez Dantés

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