A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Giorgio Manganelli. Escritor. Es autor de La literatura como mentira (Anagrama). Este texto es parte del libro II rumore sottile della prosa (Adelphi, 1994).

¿Acaso los intelectuales están obligados a tener una idea de todo, lo mismo de las virtudes de un cereal que de la novela canadiense? Aquí se propone una salutífera pobreza moral frente al desenfreno con el que se emiten las opiniones.

Desde hace algunos años se ha venido difundiendo un nuevo género periodístico, cuya técnica es muy simple. Un periodista le habla por teléfono a un fulano -por lo general otro periodista- y le pregunta: «¿Qué piensa de… ?». Es sólo una pregunta facilita, como se decía. El periodista Uno hace treinta llamadas telefónicas a treinta números telefónicos y repite la misma pregunta. Luego de treinta llamadas telefónicas tiene frente a sí una serie de opiniones citables en un artículo. Una llamada telefónica puede llevarle cinco-diez minutos. ¿Cómo se le hace para decir no? Sin embargo, es necesario decirlo. No lo niego: no siempre resulta fácil. Hay voces atrayentes del otro lado del teléfono, una mezcla enternecedora de paciencia, diligencia, cansancio. Me siento animado cuando, a los primeros no, he encontrado en las voces entrevistadoras una especie de gratitud. Cuando comenzaba a explicar que yo… etc., me interrumpían para decirme que estaban completamente de acuerdo. Efímeras amistades telefónicas han nacido de algunos no.

Pero, después de todo, ¿por qué hay que decir no? ¿Modestia? Si fuese modesto, no escribiría ni siquiera este fragmento. ¿Soberbia? A lo mejor. Pero no mucha. Lo justo. Pero no estoy respondiendo a la pregunta que me he planteado a mí mismo: ¿por qué hay que decir no? En primer lugar, porque es una pregunta. Una pregunta no es algo tan inocente como lo aparenta; especialmente si es una pregunta sencilla, a la que basta con responder con un sí o un no. El ejemplo clásico es: «¿Ya no le pegas a tu mujer?». Por consiguiente, nunca hay que responder a las preguntas sencillas, porque sales apaleado. Por lo tanto, ¿se podrá responder a las preguntas complicadas, a esas que exigen una respuesta articulada, con oraciones principales y secundarias? Aquí intervienen otros impedimentos. Si la pregunta es compleja, es probable que incluya muchas palabras cuyo significado es dado por descontado, pero que no lo es. Por ejemplo, recuerdo una pregunta: «¿Qué debe hacer el intelectual en este momento de la historia cultural de Occidente? ¿De qué manera debe defender la paz?». Aparte de la obvia comprobación de que una pregunta así planteada requiere de un libro o el silencio, quisiera hacer una observación de método. La interrogadora utiliza la palabra «intelectual», dando por descontado que es una palabra obvia, como «perro» o «vaso». ¿Pero, realmente es así? No, no es así. ¿Y qué es la cultura? Quién sabe. ¿Y la civilización occidental? ¿Y es seguro que la paz existe? Lo siento, no respondo.

Este género esconde otro presupuesto: que el así llamado «intelectual» se distingue por el hecho de que le basta tocar con el dedo el Cuerno de la Abundancia de las respuestas, y de inmediato tiene una idea de todo. Sobre Dios, el más allá, el amor, la muerte, el sexo, lo latino, el sexo, Occidente, el sexo, el Premio Nobel, el sexo, la novela rosa. Una vez fui interrogado sobre «la novela rosa»; como de costumbre, me defendí; no porque ya me hubiese decidido por el no, sino porque mi natural lentitud intelectual me exentaba de toda opinión sobre la novela rosa. Farfullé, cobarde como soy, que me parecía un tema demasiado complejo… Yo creí que no había respondido; pero a su debido tiempo me sucedió que leí mi no-respuesta, transformada en la respuesta de un fulano que no quería responder; y la no-respuesta era referida con desaprobación a causa de mi pobreza moral. Esto es, la expresión «pobreza moral» va conmigo. Me di cuenta que responder a estas preguntas exige una fuerza moral de la que yo carezco. Creo ser contrario al canibalismo, pero primero quisiera pensar en esto, y ya luego hacer distinciones. Y sobre la moda, sobre el sexo, sobre el amor, sobre la adolescencia, no tengo ideas. Si las tuviese, estaría en el Tibet del Dalai-Lama. Todo es cuestión de pobreza moral; a ella no se puede renunciar, en ningún caso.

Traducción de Malia Teresa Meneses