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Rafael Pérez Gay. Escritor. Su último libro es Llamadas nocturnas (Cal y arena).

En México han prosperado tres imperios: el de Agustín de Iturbide, el de Maximiliano de Habsburgo y el Imperio de la Obviedad. El primero consumó la Independencia, el segundo acabó con un chaleco de la realeza agujereado por las balas de un pelotón de soldados juaristas y el tercero no ha terminado, impera aún en nuestros días y revela cierta esencia mexicana que permea, como dicen los sociólogos, vastas zonas de la vida en México.

El acopio de obviedad, propia o ajena, puede ser un ejercicio cotidiano que alerte la inteligencia, pero puede mandar al manicomio a un filósofo racionalista cuando se vuelve una política de la vida diaria.

El peso de esta certidumbre cayó sobre mí con toda su fuerza la tarde en que el cajero automático se tragó mi tarjeta de operaciones en efectivo. Se sabe: quien tiene una cuenta de cheques puede, al mismo tiempo, ejercer el derecho de usar una tarjeta para obtener dinero de inmediato con cargo a su propia cuenta en cualquiera de las cápsulas donde se instalan los cajeros automáticos del banco que se ha contratado, o por medio del sistema Red. Este servicio evita, entre otras cosas, la pena que trae hacer una cola de quince o veinte gentes exasperadas para cobrar un cheque de trescientos pesos. Quien haya entrado a un banco coincidirá conmigo en que esto no es poca cosa.

Aquí haré una breve digresión acerca de los Cajeros Automáticos: el dinero en efectivo es para los que no tienen dinero. Quien realiza distintas transacciones en un cajero recurre a este servicio porque carece del dinero suficiente para olvidarse del dinero y vive obligado a echar mano de su cuenta de cheques constantemente, algo que nunca tendrá que hacer Carlos Hank González. El cajero automático es un servicio común y corriente para los que no tienen dinero.

Formo parte de esta franja de la población, razón por la cual entro en la cabina de un Cajero una tarde templada de sol y aire fresco. Apuesto conmigo mismo: «36 grados centígrados en el interior de la cabina», Saco y Vanzetti no la habrían envidiado en su cautiverio. Introduzco mi tarjeta en la ranura de la máquina, tecleo mi número confidencial y pac, la máquina se traba con mi tarjeta adentro. Pienso: «La máquina se tragó la tarjeta». He aquí una obviedad monumental ya que es un hecho indiscutible que la máquina se tragó mi tarjeta. En estos casos uno tiende a culparse. Así lo hice durante algunos minutos mientras investigaba las posibles razones de la desaparición. Me asomé por la ranura y le hablé a la máquina en voz alta como si fuera ella un funcionario del banco.

– ¿Me pueden devolver mi tarjeta? ¿Hay alguien ahí?

«Hay algún problema ahí dentro», pensé para tranquilizarme por medio de una obviedad aún más colosal que la anterior ya que era indiscutible que había un problema. Descolgué el auricular del teléfono con el que están equipadas las cabinas de los cajeros y que sirven para lo que contaré enseguida.

Se oyó la voz de una mujer que se puso a mis órdenes de inmediato. Le expliqué mi problema. Ella por su parte me dio un menú de varias opciones: la primera, que a ella le entusiasmó de forma notable, fue ésta: por un extraño mecanismo psíquico, los usuarios de los cajeros pierden sus tarjetas antes de entrar a la cabina y en un golpe de olvido o autoengaño se convencen a sí mismos de que sí introdujeron su tarjeta en la ranura, pero en realidad nunca lo hicieron. Le respondo que estoy seguro de que sí metí la tarjeta por la ranura, aunque en realidad me hace dudar y busco en mi cartera con consecuencias fatales ya que he tirado sin siquiera darme cuenta todo su contenido. Después de recoger del suelo papelitos con números de teléfono de desconocidos a los que no volveré a ver en mi vida, bauchers de compras irresponsables dada la situación económica de nuestro país y mía en lo personal. una tarjeta de Telmex que nunca sirvió de nada, descarto la hipótesis de una disfunción cerebral y me castigo por esta escandalosa fatal de seguridad en mí mismo.

La empleada bancaria me ofrece entonces la segunda opción posible para explicar lo inexplicable. Me dice que es común que los usuarios tecleen en el tablero un número equivocado. Si éste fuera el caso, por mí seguridad y la de todos los cuentahabientes, la máquina está programada para retener la tarjeta falsa. Hubo en las palabras de la mujer la clara insinuación de que yo había cometido un delito. Le dije que yo había tecleado el número correcto. Le agradecí, por otra parte, que el banco nos protegiera, pero le dije que si mi tarjeta estaba detenida no era por un error de la memoria. Repasé mentalmente mi número tantas veces que acabé por olvidarme de él en serio. Ahora ya no lo sé. Quizás el que repito en silencio sea el del empresario Garza Sada, o el del narcotraficante Amado Carrillo, mejor conocido como el Señor de los Cielos. Ha ocurrido lo inaudito, mi tarjeta está detenida con serias sospechas de fraude. Sin embargo, demuestro gran aplomo y le explico que es un número que he usado durante años, que sería improbable que la memoria me traicionara así tan de golpe. Descarto entonces la opción del error en el número confidencial que nos protege del fraude.

La mujer se saca entonces un as de la manga: me informa que si tardé más de veinte segundos en retirar mi tarjeta de la máquina ésta, para protegerme una vez más, la retira en el acto. Me explica que el banco toma estas dramáticas medidas porque ocurren muchos asaltos en estos lugares. El robo, el secuestro y las golpizas, me dice apesadumbrada, están a la orden del día. Me doy cuenta de que en efecto llevo varios minutos dentro de la cabina en una soledad escalofriante y bajo una temperatura de 36 grados centígrados. Afuera hay cuatro personas. No me parecen de la clase de los asaltacuentahabientes, pero se vieron caras muy parecidas en la evacuación de Pnom Penh, cuando llegaba el Khmer Rouge.

Según me informa la funcionaria del banco queda una opción en el menú, la última: que la máquina, por alguna razón ajena a su propia naturaleza, haya sufrido un desperfecto. En ese caso no hay nada que hacer por ahora. Mañana tengo que marcar el número tal y tal en donde un empleado me indicará el procedimiento adecuado. He perdido mi tarjeta; de momento, el calvario de los cheques.

Llegado a este punto hago dos observaciones: la primera es que la peor forma de lo obvio es la que se esconde bajo la falsa complejidad. La segunda es que hay que ser Carlos Hank para sacarle jugo a una tarjeta de Cajero Automático: si se pierde, no importa, porque no se necesita; además, es improbable un asalto en la cabina, porque afuera hay seis guardaespaldas dispuestos a cambiar su vida por la seguridad de su jefe.

Por la noche, pasadas las doce, prendo la televisión en busca de sosiego. Sintonizo TVE, televisión española, que algunos amigos míos ponderan y elevan al rango de las mejores del mundo. Veo en un noticiero las imágenes de distintas carreteras, Bilbao, Madrid, Sevilla, de bote en bote. La voz de un locutor informa que en la mañana de un nuevo día en España, el tráfico es, como todos los días, muy lento. Colijo que no hay nada que hacer, los españoles llegarán tarde a sus trabajos mientras yo duermo. Este tipo de obviedad, extendida en el mundo bajo el disfraz de un periodismo informativo, consiste en explicar las misma cosa tres o cuatro veces, incluso apoyada en imágenes claras, contundentes, como si el género humano hubiera sido despojado de su capacidad deductiva. Si el mundo se moviera por estas reglas de lo obvio, cuando uno se acerca a saludar a un amigo para decirle: «Buenas tardes, ¿cómo estás?», tendría que empezar desde el principio: «Soy un ser humano. Estoy aquí, frente a ti. Soy tu amigo, estiro mi mano, te saludo». Concilio el sueño reconfortado, yo pensaba que los mexicanos ostentábamos el monopolio de la obviedad.

A la mañana siguiente vuelvo a la carga con renovados bríos. Por teléfono me han informado que sólo el titular de la tarjeta, en persona, puede realizar los trámites en la sucursal donde fue expedida la tarjeta. Medito sobre mi pasado y localizo en mi memoria el banco donde tiempo atrás abrí una cuenta de cheques. Para entonces voy en un taxi que se pierde en un tránsito como el que vi la noche anterior en Bilbao, Sevilla, Madrid, rumbo al banco. Descubrimos que la lentitud del tráfico se debe a un cortejo fúnebre. El taxista mira fijamente la carroza del cortejo que pasa frente a nosotros. Supongo que fue una ocasión inmejorable para que el taxista se pronunciara porque irrumpió en nuestro silencio con esta sintética frase:

– Siempre pasa: antes o después, pero siempre pasa.

Más que a Heráclito recordó la sabiduría de un maestro que amaba las frases breves, secas y directas, su aforismo favorito era éste: «El que quiera estudiar, que estudie; y el que no, no». Así son los dichos y las máximas populares que quieren decir mucho en empaques pequeños.

-La muerte siempre ocurre- le respondo sombrío como un Norbert Elias melancólico ante las leyes inamovibles de la vida y de la muerte.

El subgerente del banco me observó con una atención que sólo han conocido los pacientes de Freud y Pasteur. Me pregunta que si soy el titular de la tarjeta Cheque Electrónico. Le respondo que me informaron que sólo los titulares de las tarjetas pueden hacer los trámites para recuperar la tarjeta que su máquina retuvo. Me responde que por eso me lo pregunta. Le respondo que por eso estoy ahí. La entrevista no va a ninguna parte. El subgerente me insinúa que yo perdí mi tarjeta en un lugar que no fue la máquina del cajero, me pide que haga un esfuerzo, que interrogue a mi memoria. Le digo que la máquina no me la devolvió. Me dice que eso es imposible porque remiten de inmediato las tarjetas perdidas a la sucursal que las expidió salvo, claro, que por un error, hayan remitido mi tarjeta a otra sucursal, en cuyo caso tendremos que esperar varios días. Le digo que para mí eso es imposible, que si no lo podemos arreglar de otra manera, que soy un antiguo cuentahabiente. Cuando iba a amenazar al subgerente con influencias, recomendaciones y órdenes que bajarían como rayos fulminantes desde lo alto de la jerarquía bancaria decidí parlamentar dándole una idea que a él le pareció genial. Le pregunté que si no era posible que se me dotara de una nueva tarjeta cancelando a la vez la antigua. Me respondió que por supuesto, que cómo no lo habíamos pensado antes. Abrió un cajón, sacó un sobre y me lo entregó. Me dijo que ese sobre contenía el nuevo número confidencial de la nueva tarjeta Cheque Electrónico. Me conminó a no extraviarlo: perdido ese número, la nueva tarjeta sería completamente inútil. Guardé el sobre en la bolsa interior derecha de mi saco como si guardara plutonio enriquecido. Cuando le pregunté por la tarjeta, me respondió que en unos días llegaría a mi domicilio pero que, por mi seguridad, sólo podrían entregármela a mí personalmente. Le respondí que esa medida era inútil porque si sólo yo tengo el número secreto, aunque se la robaran, la tarjeta no le serviría a nadie. Después de dudar unos segundos, me dijo que como quiera que fuera ellos extremaban las medidas de seguridad y que el reglamento del banco era sagrado. Por razones que no puedo aún explicar me puse muy nervioso. El subgerente se despidió de mí siguiendo todas las reglas de la amabilidad gerencial y me dijo que todo tenía arreglo, salvo la muerte, obvio. Le respondí que eso siempre pasa, antes o después pero siempre pasa, y él me sonrió con la sonrisa de quien al fin ha oído algo inteligente y cierto.

Ahora estoy en la casa de usted, memorizando mi número confidencial. Una fuerza inexplicable me hace tropezar con el tercer dígito. No he podido salir de casa con libertad porque sé que puede llegar, en cualquier momento, el mensajero del banco que traerá con él la nueva tarjeta Cheque Electrónico. No sé qué hacer.