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Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Puerto libre (Cal y arena).

En 1995 el cine cumple cien años de tejer sus fantasías con las nuestras. Quienes hoy habitamos el planeta, hemos vuelto este prodigio una costumbre, que sin embargo nos sigue sorprendiendo con su encanto. Cada día, el cine le cuenta más historias a más gente, y al parecer se apropia el lugar que antes fue de los libros en el corazón y los deseos de la gente. Me pregunta Academia, la revista del cine español: ¿Cuáles son, desde su punto de vista, las diferencias y cercanías que el cine tiene con la literatura? Enfrento esta pregunta, prendida a la tabla de salvación que ofrece la frase: desde su punto de vista. Para mi desamparo no sé hacer teoría en torno a la literatura, mucho menos en torno al cine. Quienes nos encargamos de inventar mundos, sabemos decir poco de cómo lo conseguimos, y de cómo se enlazan nuestros medios. Decir que el cine utiliza la palabra y que de eso vive la literatura, decir que el cine imagina y que no hay literatura sin imaginación, decir que el cine nos regala historias fantásticas y que ésa ha sido desde hace siglos la primera ambición de la literatura, no es decir nada nuevo. Buscar quién tiene más derecho a la preponderancia, si el cine o la literatura, es perder el tiempo.

Hace diez años publiqué un libro llamado Arráncame la vida. De entonces a la fecha, lo he vendido tres veces para el cine y he conversado con posibles productores unas siete veces. Aún no sé si alguna de estas veces he compartido con mis compradores la misma idea en torno a lo que esta novela quiso decir. Todas estas veces, ellos han estado seguros de que la novela parece escrita para convertirse en película. Sin embargo, una primera vez el productor no pudo conseguir el dinero necesario para filmar una historia de época, otra me arrepentí al conocer a la extravagante productora mezcla de hindú y colombiana que llegó a la Sociedad Mexicana de Escritores, con su dinero bajo el brazo y una beligerancia verbal que asustaba, una más salí corriendo antes de entrar en tratos con un productor ambicioso y autoritario que pretendía hacerme tomar un curso de guiones, con el objeto de que yo misma trabajara en el salto febril y luminoso hacia un medio menos perdido que el literario. Esta última vez, cedí ante la oferta de unos compradores que leyeron la novela en alemán, y le propusieron a mi imaginación la posibilidad de una película dirigida por un buen cineasta.

Debe ser un mal propio de la soledad con que los escritores tenemos que decidir el destino de nuestras historias, el caso es que firmé el contrato de venta, segura de que cometía una traición con el libro. No conforme con eso, cada vez que hablo con la suave mujer a cuyo cargo ha quedado el guión, entro en unas tristezas que sólo desaparecen cuando logro quitarme el asunto de la cabeza. ¿Qué necesidad tenía de compartir con otros mi trabajo? Yo había terminado con esa historia. Conforme o inconforme ya les había dado un destino a sus personajes, ya los había hecho hablar, odiarse y querer como mejor quise. Lo que otros sueñen o maldigan a partir de mi decisión, es asunto de otros, yo no tengo por qué corregirlo, ni explicarlo, ni pretenderlo distinto. Si quien leyó el libro quiere pensar que Andrés Ascencio mata al amante de su mujer porque se mete a hacer política, o prefiere pensar que lo mata por celos, es muy su decisión. Pero si al convertir la novela en película, quienes hacen el guión interpretan según su parecer, cosa que hacen, el escritor, si no ha conseguido la salud mental necesaria para desprenderse de su historia y cederla, como bien dice el contrato, pasará, como yo pasé, por una crisis de zozobra y arrepentimiento. Hace unos meses estuve en Nueva York, revisando la primera versión del libreto para Arráncame la vida. La guionista, una mujer inteligente, inventó unas escenas que para mi gusto confunden y no son necesarias. Cuando le pregunté cuál era su propósito, me dijo que el cine necesita mostrar lo que el libro sólo sugiere. Me hubiera podido decir cualquier otra cosa, no me habría convencido de nada que no fuera la certeza de que no debí venderle nada a nadie.

La guionista vive en Nueva York, casada con un alemán, y no entiende, por ejemplo, que Catalina Ascencio pueda seguir viviendo con su marido después de que intuye o sabe que éste mandó matar a su amante. ¿Cómo se lo explico? ¿Cuánto tiempo la pongo a vivir entre nosotros? ¿Cuántos años tendría que oir a nuestras abuelas? ¿Cómo le hago entender que el México de los cuarenta no es el Nueva York de los noventa? ¿Cómo impido que su cine cambie la historia que conté con palabras, con insinuaciones, con sugerencias? Me pregunto, ¿si uno pretende que en la cabeza y las emociones del lector perdure la historia contada con palabras, debe negarse a venderla para el mundo de las imágenes? Para salvar nuestra versión de una historia ¿hemos de negarle a esa historia la oportunidad de hacer su camino en otras cabezas y de otro modo? No lo sé. He aprendido de cierto, que una diferencia clave entre el trabajo de un escritor y el de un cineasta, es que el escritor trabaja solo y condesciende poco. Deja sus mañanas y sus insomnios en un texto, y sólo con él debe sentirse comprometido. Después, si el cine lo toma por su cuenta, la historia será problema del cine y de su lengua, el escritor y sus fantasías son otro cantar. No hay regreso al sosiego que no pase por esta convicción.

Así, para cuando la película irrumpa con su propia moral en los sueños ajenos, uno estará curado y a salvo del penar que puede ser encontrarla tan distinta que parezca de otros. Será de otros. ¿Y qué importa? Si sólo de eso se trata la literatura, de inventar historias para que otros las hagan suyas. ¿Y de qué otra cosa, si no de esto mismo se trata el cine?