A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Roberto Kretschmer Schmid. Director de la División de Inmunología de la Unidad de Investigación Biomédica, CMN-IMSS. Una versión de este texto fue leída en el Coloquio sobre responsabilidad profesional del médico y los derechos humanos, en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.

Las relaciones médico-paciente se encuentran cada vez más bajo la vigilancia de la ley. Esto, que en apariencia brindaría un marco saludable para moderar excesos y reforzar la protección de enfermos y profesionales, puede derivar en un laberinto de intereses comerciales del que sólo sale airosa la omnipresente compañía aseguradora.

Debo confesar que no me considero particularmente capacitado para debatir sobre este tema que en lo fundamental es de corte jurídico, y mucho menos junto a los ponentes tan especializados y distinguidos que ya lo han hecho.

Hemos escuchado conferencias excelentes que han definido el marco de la responsabilidad legal de los médicos. A eso, poco o nada puedo agregar. Quizá los que me invitaron a participar esperaban de mí una contribución candorosa. Espero satisfacer al menos esta expectativa.

Desde tiempo inmemorial, el quehacer médico -y curiosamente también el jurídico- se desenvuelve en un ámbito de confianza y conciencia recíprocas que rodean al médico y al paciente. Sólo bajo estas condiciones -y no bajo la vigilancia de la ley- es que el médico hace con sus conocimientos y destrezas lo que humanamente puede hacer por su paciente.

Este espacio de confianza y conciencia, desde luego, no excluye automáticamente incidentes de negligencia, ignorancia, ineptitud, descuido, imprevisión, impericia, morosidad, apatía, imprudencia, precipitación, infortunio, etc., que pueden contribuir, pero no ser la única causa, de que el resultado de la interacción médico-paciente no siempre sea el deseado. Sabemos de sobra que la relación médico-paciente suele estar acompañada de lealtad, devoción y agradecimiento del paciente hacia el médico, pero también de una buena dosis de ira y agresividad latentes, que pueden aflorar con beligerancia, precisamente cuando el resultado no es el deseado o el acordado. Este espíritu beligerante, oportuna y astutamente guiado, puede dar lugar a una demanda -justificada o no- por mala praxis. Si esta actitud se vuelve hábito, como ya ocurre en los Estados Unidos, se proyectará negativamente sobre el quehacer de la medicina, con un costo económico y social tan alto como curiosamente imprevisto.

Fue notable escuchar recientemente a William Clinton cuando aceptaba que, en buena medida, la miseria -y ésa fue la palabra utilizada- de la científicamente espléndida medicina norteamericana, su deshumanización y su altísimo y desmedido costo, se debía entre otros factores, al creciente abuso de las demandas de mala praxis y a la actitud defensiva en la que lenta, pero inexorablemente, han ido cayendo los colegas norteamericanos. Defensiva, en tanto que ordenan ahora costosas pruebas y estudios que con el antiguo sentido común médico no solicitarían, sólo para cubrir cualquier futura inquisición. Igualmente defensiva en tanto que a sus pacientes ya los ven en un futuro no tan lejano como potenciales demandantes y así, desde ahora, los tratan con objetiva frialdad haciéndoles leer y firmar largos y complejos documentos con el fin de parapetarse contra ellos, algún día, en la corte. Defensiva, finalmente, porque a sus honorarios tienen que agregar ahora una cantidad para pagar la prima del seguro de mala praxis que los proteja Económica y humanamente hablando, el costo de esta compleja situación ha sido muy alto. La medicina norteamericana, alguna vez paradigma de calidad y casi una religión secular para los norteamericanos -y para muchos en el resto del mundo- ahora amenaza con volverse una actividad más en la compleja red social de consumo de servicios. Actividad que, además y desafortunadamente, ha venido a convertirse en una veta inagotable de jugosos y relativamente fáciles juicios por mala praxis (40% de los médicos norteamericanos serán demandados al menos una vez en su vida profesional, aunque también es cierto que algo más de la mitad de ellos son eventualmente exonerados).

Por razón natural, el médico desea un rápido arreglo, bajo riesgo de ver demasiado expuesta su buena reputación. Así se echó a andar además una novedosa instancia para vender pólizas de seguros, antiquísima actividad que igual se nutre de lo imprevisto que de la imprudencia, la ignorancia, la negligencia o simplemente el azar. Es bien conocido que la mayoría de estos juicios terminan en arreglos en los pasillos de los juzgados, entre el abogado litigante y la compañía de seguros del médico acusado. Dos décadas o más de este creciente desenfreno han dejado muy descontentos tanto a los médicos como a los pacientes en los Estados Unidos de América, que en no pocas ocasiones expresan su nostalgia por los «buenos viejos tiempos». Por otra parte, no se oyen quejas de algunos astutos abogados, y apuesten ustedes a que no se oirán jamás quejas por parte de las compañías de seguros, que ahora aseguran a tirios y troyanos. Con el Tratado de Libre Comercio y con el avance de la cultura de los derechos humanos no es imposible que este fenómeno, por ahora todavía muy estadunidense, invada pronto a la medicina mexicana -si es que no lo está haciendo ya- con variantes mexicanas, que dejaremos a la imaginación del lector.

Hasta hace poco, los médicos mexicanos vivíamos en Arcadia en lo que concernía a responsabilidad jurídica de nuestras acciones.

El esquema moral dentro de nosotros -para citar a Kant- y las tradiciones hipocráticas heredadas e inculcadas por nuestros maestros, creaban la suficiente responsabilidad como para que los pacientes nos siguieran respetando, a pesar de nuestros inevitables desaciertos. La autovigilancia, y la vigilancia que ejercen nuestros cuerpos colegiados (academias, consejos, etc.), que con carácter moral -que no legal- sancionan el buen quehacer médico, tratan de proveer una tersa y en apariencia suficiente infraestructura de confianza.

Todo parece indicar, sin embargo, que esto no seguirá así y que, imitando al modelo norteamericano, las demandas por mala praxis se multiplicarán en nuestro medio. Los cerca de 200 casos anuales de los que ya habló el licenciado Gonzalo Moctezuma cuando era director de Asuntos Jurídicos de la Secretaría de Salud (1994), son sólo ruido en el traspatio, pero evidentemente el futuro ya tocó a nuestras puertas. Estoy convencido de que debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para evitar que el problema de la responsabilidad médica se salga de control -como ya ocurrió en los Estados Unidos- para beneficio exclusivo de algunos abogados (que se llevan la tajada grande en los juicios ganados) y de las compañías de seguros (que gane quien gane, siempre ganan), y para enorme perjuicio social de la medicina, que se encarecerá y se hará inhumanamente defensiva. En última instancia, los pacientes serán tratados, cada vez más, con objetiva frialdad por sus médicos. La atención médica privada e institucional requiere de calidad y calidez, conceptos que a pesar de su desgaste por consumo en la retórica cotidiana no dejan de ser absolutamente ciertos. La incontrolada invasión legal de la medicina, no cabe duda, erosionará gradual e inevitablemente la calidez; a la calidad probablemente ni la afecte; en tanto que a los costos los disparará a zonas insospechadas.

Obviamente, no conozco la solución, pero me congratulo de poder asistir a ponencias tan excelentes como las que escuchamos. Por ese camino, a lo mejor, la medicina mexicana se salvará de imitar lo peor de la norteamericana, pero hago votos porque no por eso deje de ver en ella el modelo de rigor científico que todavía es. No tengo proposiciones concretas. O quizá sólo una: que en México solamente se permita litigar, en casos de mala praxis médica, a abogados expresamente preparados, calificados y debidamente certificados para ello. En todo evento médico intervienen no sólo factores voluntarios, sino muchos otros, ajenos a la voluntad del médico. El destino -o como lo quieran definir- también tiene la mano firmemente metida y, como sabemos muy bien, el destino es sordo y no atiende demandas. Así como sólo un neurocirujano debidamente preparado debiera ser quien realice una compleja intervención quirúrgica en el cerebro, sólo un abogado especialista en mala praxis médica debiera litigar en estos casos, ya que en el mal resultado no sólo intervinieron factores punibles.

Se antoja que las mismas devastadoras consecuencias resultarían si un pediatra realizara una intervención quirúrgica cerebral, que si un abogado general llevara un caso de mala praxis médica. A lo mejor, en este rubro, México puede hacer una contribución tan sabia como oportuna, incorporando, además, la sana idea del presidente Clinton de imponer topes a los montos de las demandas, para desterrar la frivolidad de estos muy serios asuntos. De no hacerlo, y exceptuando situaciones anecdóticas, es muy probable que entre los beneficiados se cuenten otra vez sólo algunos abogados y desde luego las compañías de seguros en tanto que entre los perjudicados estarán perplejos los médicos y los pacientes. Curiosa situación.