Escribo con unos lentes encima de los otros. De un día para otro me apareció una catarata y empecé a verlo todo como bajo el agua. Me han hecho unos anteojos para mientras me la quitan, pero con ésos no puedo ver de cerca. Así que los de la presbicia, uno más de los síntomas con que nos cerca el paso del tiempo, tengo que usarlos encima cuando estoy frente a la máquina o la hoja de un libro. Se siente raro. Mucho de lo que ahora me pasa se siente raro. Y algunas cosas cruciales se sienten cada vez menos. Ya no enloquezco por un helado de chocolate. Ni tampoco me ha dado tristeza vivir en tenis. Creo que oigo menos bien, pero la música a todo volumen me lastima como si me estuvieran pisando los oídos.
Suena raro pero, a veces, a media tarde, ya que he pasado el día siendo prudente, porque no hay que agobiar con besos a los nietos, quiero visitar a mi novio de dos años y el desvarío de los amores imposibles me lleva a caminar bajo la lluvia y a irrumpir en el orden de la hora del baño sólo para oírlo pedir que yo lea su libro de la noche.
Este artículo está disponible sólo para suscriptores
Si ya tienes una suscripción puedes iniciar sesión aquí.
Suscríbete
Suscripción plus
(impresa y digital)
1 año por $ 799 MXN
Entrega de la edición impresa*
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
*Para envíos internacionales aplica un cargo extra, la tarifa se actualizará al seleccionar la dirección de envío
Suscripción digital
1 año por $ 399 MXN
Lectura de la versión impresa en línea
Acceso ilimitado al archivo
Contenidos especiales
¿Eres suscriptor de la revista y aún no tienes tu nuevo registro?
Para obtenerlo, sólo tienes que validar tus datos o escribe a soporte@nexos.com.mx.