2024: Operación Triunfo virtual

Ubu, forma plena y obesa, de una inmanencia grotesca, de una verdad deslumbrante,
figura genial, repleta, de lo que lo ha absorbido todo, transgredido todo,
y brilla en el vacío como una solución imaginaria.
Jean Baudrillard, Las estrategias fatales

Semanas atrás, en estas mismas páginas, Jesús Silva-Herzog Márquez recordaba que fue Engels quien dio pie a Marx para retomar la famosa frase de Hegel sobre la repetición de la historia, recogida en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, sólo que con un matiz que al filósofo parecía habérsele escapado, pues, en efecto, suele haber sucesos históricos que se asemejan a otros, aunque en su redundancia tomen, no obstante, formas grotescas. Pero ¿qué pasa cuando la historia regresa, no dos, como creía Hegel, sino tres, cuatro, veinte veces? ¿Qué viene después de la farsa, que a decir de Engels era el género que seguía a la tragedia? ¿El burlesque?

Las maneras del gobierno actual nos hacen pensar constantemente en otras épocas e, incluso, en otros países en los que se han ensayado modos parecidos de gestionar la cosa pública. Pero es claro que la presente administración, por mucho que se empeñe en reinstaurar formas pasadas —de los años setenta o hasta del siglo XIX, en algunos casos—, tiene un carácter y unos rasgos propios e inconfundibles. Con este gobierno hemos llegado, por ejemplo, a un grado de virtualidad insospechado: una suerte de hiperrealidad televisiva que sobrepasa cualquier intento anterior de convertir la gobernanza en teatro. Aquí, más que teatralidad hay un ejercicio de persuasión ininterrumpido y, ay, cada día más irreversible.

Antes, los presidentes aparecían públicamente —comparecían, por usar un verbo clásico de la política— en sólo dos instancias: en los informes anuales, donde se explayaban hilando una mentira tras otra, a veces durante varias horas, y en ruedas de prensa ocasionales, que preferían evitar a toda costa, porque los ponían al borde de lo que más aborrecían: la rendición de cuentas. De este modo, los actos comunicativos eran más bien escasos y las acciones de gobierno sumamente opacas y sólo se dejaban sentir, por así decirlo, en el desastroso día a día. No sabíamos, pues, en qué consistía realmente el trabajo, por ejemplo, del presidente de la República. Y seguimos sin saberlo, me temo, sólo que ahora se nos ofrece la ilusión de que esta delicada labor tiene lugar frente a nosotros, en tiempo real y con insólita transparencia. Algo parecido a las sucursales de banco, que por alguna moderna razón decidieron en algún momento abolir los cubículos, para que fuera posible, mientras uno hace colas eternas, observar a los empleados entregados a la labor —que no deja de tener su lado hipnótico— de poner sellos.

Ilustración: Ricardo Figueroa

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