En 1983 los habitantes de Zapata, Texas, retomaron una tradición que no habían practicado desde hace más de treinta años: realizaron un baile en la plaza central de su pueblo, disfrutando de la música hasta las dos de la mañana, debajo de luces alimentadas por un generador de gasolina. Durante doscientos años Zapata —que se asienta sobre la frontera entre Estados Unidos y México, a mitad de camino entre Laredo y McAllen— fue una comunidad inextricablemente vinculada al río Bravo. Los niños jugaban en su orilla, las mujeres lavaban ropa en él y acarreaban agua a casa en cubetas. Todos cruzaban el puente a México para hacer compras y visitar a sus parientes.
“Venía a sentarme en la orilla, sólo para escuchar el gorgoteo del agua y verlo fluir. Me hipnotizaba”, me dijo Hildegardo Flores, quien actualmente tiene 80 años. “Y luego, regresando a mi casa, escarbaba un pequeño canal entre nuestros naranjos. Mi propio riito que yo imaginaba que era el río Grande”.
Pero esta forma de vida de pronto llegó a su fin. En 1950 los gobiernos de Estados Unidos y México iniciaron la construcción de la presa Falcón. Zapata y las comunidades circundantes quedaron inundadas. Los habitantes no sólo perdieron su hogar, sino también su conexión íntima con el río y con Guerrero, el pueblo hermano del lado mexicano. Para abrir espacio para la presa, los gobiernos reubicaron a los dos pueblos, antes vecinos, a nuevos sitios a más de 60 kilómetros de distancia. Así, el lago artificial forjó una suerte de muro fronterizo lacustre: un prototipo para la monstruosidad de acero que ahora se encuentra en construcción en las afueras de Zapata, uno de los pocos segmentos de esa zona de la frontera que en años recientes había escapado del entusiasmo de las excavadoras del gobierno estadunidense.
El pueblo de Zapata se originó como una “porción”: un terreno cedido por la Corona española para promover el asentamiento de Nueva España. En 1747 la expedición de José de Escandón recorrió la zona y en 1750 el adelantado José Cristóbal Ramírez llegó a hacer ganadería. Ramírez recibió el título de propiedad en 1767, luego de demostrar a la Corona que había mejorado los terrenos. La población de Zapata y de los otros pueblos formados en las porciones de Ramírez se disparó en la década de 1910, cuando la Revolución mexicana obligó a muchos a huir al lado estadunidense del río. Las comunidades de los dos lados se volvieron inseparables, unidas tanto por lazos familiares y de matrimonio como por patrones de migración laboral y escolar, así como por ligas de béisbol transfronterizas.
Al inicio del siglo XX, sin embargo, las cosas empezaron a cambiar río abajo. En 1904 el ferrocarril de St. Louis, Brownsville y México conectó la boca del río Bravo con la ciudad de Corpus Christi, en el límite de la Texas anglosajona. Empresas de bienes raíces y de riego surgieron para subdividir los pastizales de los rancheros hispanos y venderlos a compradores recién llegados del Medio Oeste. En 1910 la revista Sunset publicaba: “[estas] tierras salvajes y primitivas […] rápidamente se están transformando en un reino de granjas y jardines”.
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