¿Qué es lo que hace alguien leyendo a un filósofo nacido en 1632? En este caso, John Locke. Por supuesto hay muchos motivos para hacerlo. Ustedes imaginen el que les plazca o acomode. La diatriba personal crece cuando uno es escritor. Locke, quien desdeñaba la explicación, se dedicaba a descubrir y a describir las relaciones existentes entre la cosas materiales y sensibles. Nadie, lo concluyó Newton mismo, va a explicar qué es la gravedad, por ejemplo, pero sufrimos sus efectos y los calculamos. Yo creo que no hay que leer a ningún filósofo seriamente. Con ello me refiero a leer sus escritos, tratados e incluso a interpretar su pensamiento como si se tratara de un dogma, biblia o una tabla en la que se encuentran inscritas verdades eternas.
Si poseemos curiosidad, entusiasmo o habilidad para ejercer la duda, además de cierta capacidad reflexiva, no importa gran cosa el filósofo al que acudamos con el propósito de dar vida a nuestro deseo de saber. De cualquiera de ellos es posible obtener provecho.
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