Una incómoda paradoja envuelve a la prensa y sus tangentes nacionales. Es admisible suponer que pocos temas han sido más discutidos de forma menos productiva e intelectualmente honesta que el papel de los medios en la vida pública mexicana. La inmensa amplitud de debates, frases convertidas en lugares comunes, afirmaciones y especulaciones representan la vastedad de lo precario.
De aquel largo momento de control medido durante la segunda parte del siglo XX, manifestado con un juego de mínima permisividad en la crítica al poder para aparentar una liviana libertad de prensa, nos desbocamos desde la última década del siglo anterior en la imposibilidad de comprender que la antípoda de aquel control tampoco produce instrumentos responsables, políticamente adecuados —en términos de su papel como actores políticos— y republicanamente decentes.
Se ha debatido hasta el cansancio cómo el mero modelo de negocio para los canales de televisión, estaciones de radio, periódicos y portales digitales contiene un diseño perfecto para complicar su ejercicio sin dependencia de gobiernos variopintos. Ése es un aspecto que a estas alturas me interesa poco y del que no creo que quedan aristas a profundizar. En cambio, el propio papel de los medios hacia sí mismos y, sobre todo, su actuar durante esta administración resulta un tanto menos explorado de manera abierta.
Quienes estamos de una forma u otra relacionados con espacios mediáticos, participamos de conversaciones privadas de las cuales sacamos escasos argumentos en nuestras participaciones públicas. Las críticas, reflexiones y molestias sobre el actuar del universo mediático; algunos periodistas, comunicadores o las líneas editoriales de los dueños y sus directivos, rozan textos donde la afinidad marca el tono, así se traten de redes sociales. No mucho más. Es natural. Difícilmente, uno le dedicaría su columna semanal o espacio para rebatir lo que se considere equivocado o sea falso sobre su propio medio y contratante. Tampoco a analizar con rigor los diferentes aspectos de la vida política. Es como si hubiésemos refinado las capacidades de ignorarnos.
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