Álvaro Mutis, soñador de navíos

Derivaba el Gaviero un cierto consuelo de su trato con las gentes.
Vertía sobre sus oyentes la melancolía de sus largos viajes
y la nostalgia de los lugares que eran caros a su memoria
y de los que destilaba la razón de su vida.

—Mutis, Reseña de los Hospitales de Ultramar

Un niño de no más de 7 años observa el enredo de mástiles tambaleantes, o mejor dicho el bosque de mástiles. Asoman, se perfilan entre las bocacalles de la ciudad cuando no las envuelve la bruma helada. Acaso los ve desde la plaza que da al puerto o desde una avenida que desemboca en los muelles. Algo en la imagen recuerda a lo que cuenta Ismael: para los manhattoes desde cualquier calle se ve el mar, como un recuerdo de evasión en mitad de la gran ciudad bulliciosa.

Aunque son los años 1930 y estamos en Amberes, no pocas de las embarcaciones que ve el niño debían llevar a lo alto una gavia, esa paradójica torre móvil, cofa de navío que oscila en el aire como una aguja y que en la cima del palo mayor fungía como atalaya de observación, balcón solitario para privilegio y riesgo del vigía en la punta más a la intemperie y más expuesta del barco. Gavias en plural también ve seguramente, pues se le llama así a las velas más altas, a las últimas en altura, que “penden como estandartes” —nos dice la Wiki.

La situación extremadamente paradójica de quien va allá arriba, el gaviero, ha atraído a decenas de lectores y especialistas, quienes han forjado con ella una clave de bóveda para entender la obra del único escritor que lo convirtió en su epígono: Álvaro Mutis (1923-2013) y su alter ego, o más bien su seudónimo literario, Maqroll. Mutis-Maqroll: en un caso más de literatura omnímoda, vida y obra se devoran una a otra. El tiempo de la experiencia se vierte en el de la imaginación hasta formar un solo caudal. A diferencia de Pessoa, aquí no hubo necesidad de conversar con decenas de fantasmas, heterónimos con voz y personalidad propias, porque en verdad fue Maqroll —desde los primeros poemas de su autor—quien postuló al propio Mutis venidero. Veamos.

El colombiano solía afirmar que “el Gaviero cumplía una parte del destino no cumplido por él”, una proyección sincera de sus anhelos y frustraciones como tantos personajes literarios. Sin embargo, las imágenes asociadas al mundo de Maqroll, su conciencia de la muerte, su observación del pulso del paisaje y el desgaste de todas las cosas —representado por la naturaleza de los trópicos, cuyo clima devuelve todo a su estado mineral—, también prefiguraban el destino del escritor en el desasosiego. Si algo le interesaba en su extensa lectura de Joseph Conrad era precisamente “esa implacable acción del destino sobre los seres”.

Volvamos, por ahora, al nacimiento del seudónimo. Al morir su padre, muy joven, un Mutis de 7 años debe dejar Bélgica —donde ha vivido cinco— y volver a Colombia. Es fama que el poeta entendía ese episodio gracias a Darío: aquel desarraigo fue “la pérdida del reino”, incluso sin saber que a la vuelta de pocos años también lo esperaba la orfandad. “Yo no podía creerlo. Sentía que el mundo se me iba de las manos. Se me iban las barcazas que cruzaban, de un extremo a otro, Bruselas. Se me iba el faro que animaba el trabajo nocturno en el puerto de Amberes”, rememora.

La pérdida de la esperanza, precisamente, es la línea de flotación de Maqroll y el motivo de su creación en tanto máscara poética primeriza:“Sentí que mi poesía —sigue Mutis— tenía un tono de desesperanza, un tono de destrucción, de deterioro en las cosas, en los personajes y en los sentimientos que no correspondía a mi edad; pensé para mí que a los 18 años yo no era ningún Rimbaud para escribir ya con tal distancia de toda ilusión de creer en el sentido de cualquiera de las acciones del hombre y de sus episodios sobre la Tierra. Entonces se me ocurrió crear un personaje con la experiencia que autorizara esa desesperanza, y así nació Maqroll”. Conciencia precoz del deterioro, la voz prestada de Maqroll vitaliza al poeta en ciernes, cuyos versos juveniles son ya de madurez. En ellos se desenvuelve un estilo fiel a sí mismo, un universo sensorial que anida en el trópico sin abandonar su condición itinerante, sus posibilidades de disolver las fronteras entre lo que atañe al lenguaje poético y lo que toca al narrador, tránsito natural entre prosa y verso como quien pasa del agua salada al agua dulce en un estuario. De hecho, su poesía de verso libre está a menudo más cerca del flujo del versículo, del poema en prosa o de la narración lírica que del corte estrófico y métrico de las formas tradicionales. Siempre huye de esa contención, como si lo aprisionaran el soneto, el romance o simplemente la rima.

Su primer poema, en versículos, está inspirado en el río Coello, colindante con la finca cafetalera de su abuelo en el Tolima, donde Mutis dice haber encontrado el Paraíso, luego de su regreso de Europa. A ella llegaba la familia desde Bogotá en tren, barco y un último tramo de ascenso hacia el nacimiento de la cordillera a lomo de mula. Así arranca “La creciente”: “Al amanecer crece el río, retumban en el alba los enormes troncos que vienen del páramo. / Sobre el lomo de las pardas aguas bajan naranjas maduras, terneros con la boca bestialmente abierta, techos pajizos, loros que chillan sacudidos bruscamente por los remolinos”.

Ilustración: Raquel Moreno

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Publicado en: 2023 Septiembre, Ensayo