Que el primer cantante mexicano en ocupar el número uno global en reproducciones de Spotify no haya salido de Ciudad de México, sino de un ecosistema musical que tiene sus centros en Culiacán y Los Ángeles, habla de cambios profundos en la configuración cultural de México y Norteamérica. Que además se trate de un representante de la nueva generación de cantantes de corridos, un subgénero popular menospreciado que solía limitarse a un público estrictamente local, lo hace aún más significativo.
Hace mucho que los corridos dejaron de ser la expresión espontánea de la admiración popular. Hoy un cantante mediano puede fácilmente cobrar $40 000 dólares por componerle una canción a un jefe local. Muchos de los corridos más famosos de la última década hablan con detalles verídicos de personas reales. Un corrido exitoso puede darle al personaje del que habla una trascendencia y un carácter que se vuelven mucho más reales que su persona física, que generalmente permanece oculta por su condición de prófugo de la ley.
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