La fama no es justa, tampoco la memoria del público. Gracias a eso son posibles hallazgos felices. Carlos Pujol, por ejemplo. Un escritor numeroso: poesía, crítica, cerca de cien traducciones, trece novelas de una rara perfección, y un escritor hoy casi secreto. Aunque estén situadas en el pasado, un pasado de hace setenta, cien o doscientos años, las suyas no son novelas históricas porque son sobre todo novelas —escritas con soberana libertad. Tienen, casi todas, una vaga trama policiaca, iluminada por atmósferas de época y sostenida al final por algo que sólo podría llamar una preocupación filosófica. Llama la atención la escritura precisamente porque no se nota: es inteligente, amable, casi aérea, elegante con una elegancia antigua.
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