We age not by holding on to youth, but by letting ourselves grow
and embracing whatever youthful parts remain.
–Keith Richards
Durante siglos la esperanza de vida se ha mantenido más o menos constante. Hasta mediados del siglo XVIII era raro que superara los 35 años y se debía a la mortalidad infantil: 3 de cada 5 niños no llegaban a la edad adulta. Hoy se ha duplicado y no sólo porque sobrevivan más niños, sino también porque vivimos más tiempo. Tal promedio es un intento de describir un conjunto ocultando sus particularidades. Pero, aun así, es un promedio elocuente. Se dice fácil que en 1935 la esperanza de vida en México era de 35 años y en 2019 de 75, pero esto representa un avance extraordinario. Hablar del promedio supone no decir, por ejemplo, que en 2019 se calculaba que los nacidos en Ciudad de México debían vivir hasta los 79 años y los nacidos en Guerrero sólo hasta los 72. Significa no decir que entre unos y otros la desigualdad se mide así de fácil: unos tienen muchas posibilidades de vivir siete años más, un sexto de vida más que el otro. Los cambios en la duración de la vida afectan de manera diferente a cada estrato económico. Es fundamental reconocer estas desigualdades para que los beneficios de una mayor longevidad se distribuyan de manera justa.
No heredamos la tierra de nuestros antepasados, la tomamos prestada de nuestros hijos. La longevidad es de alguna manera consecuencia de la arrogante tenacidad humana. Ha sido un largo proceso resultante, entre otras cosas, de ir controlando los factores que la impedían. Primero lo más inmediato: las fieras, los climas extremos, el hambre; después, las guerras y las masacres, las aguas insalubres, las infecciones, los virus. La extensión de la vida se debe a un esfuerzo sostenido que durante siglos dio resultados muy magros hasta que en el siglo pasado el cambio tecnológico consiguió duplicar los años de vida. Sin embargo, a la fecha, la longevidad es una novedad incompleta: hemos logrado vivir mucho más, pero a expensas tanto de la salud planetaria como de la individual. Deberíamos prestar atención hoy al llamado intemporal que nos comparte Saint-Exupéry.
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