Crónica de San Lorenzo

Cuando Eugenio me los presentó, los dos fiscales —voluntarios que se encargan de la administración diaria de la parroquia— me miraron de forma desconcertante, si bien no inesperada. Eugenio, un voceador de periódicos de 60 años, nacido, criado y encanecido en el pueblo originario de San Lorenzo Tezonco, me había llevado a Iztapalapa para enseñarme el entorno de su trabajo. Curiosamente, el primer lugar al que se le ocurrió llevarme fue éste, la Parroquia de San Lorenzo Diácono y Mártir, donde enseguida buscó a los fiscales, ambos adolescentes de 17 o a lo mucho 19 años. Me presentó como un reportero de Estados Unidos que “vino para escribir sobre la nota roja y aprender de [su] trabajo”. Ante las palabras nota roja, los jóvenes voluntarios alzaron las cejas y fruncieron el ceño. “Bueno…” empezaron a responder, sin conseguir concretar la oración.

Susan Sontag dijo una vez que no existen interpretaciones de la pornografía, sino sólo juicios sobre ella. Se trata, desafortunadamente, de una forma ante la que uno se declara a favor o en contra. La nota roja no es en sentido estricto pornografía, pero se me ocurre que los debates públicos sobre ambos géneros obedecen a normas discursivas parecidas. Dicho esto, no me interesa pasar juicio sobre la nota roja; decidir si es buena o mala, nociva o importante, violenta o catártica. Prefiero preguntar: ¿dónde está la nota roja? ¿Qué hace la gente en esos sitios? ¿Qué los motiva a hacer lo que hacen?

Conocí a Eugenio —y a su esposa, Antonia— una semana antes de mi visita a San Lorenzo, en la acera frente a un expendio de periódicos en la colonia Tabacalera. Para ese entonces ya había capturado mi atención, con su distinguido bigote canoso, su bastón y su vieja camioneta blanca. Casi todas las mañanas, al llegar al expendio para encontrarme con los grupos de periodistas de la fuente policiaca que allí se reúnen, Eugenio se aparecía en esa camioneta para comprar periódicos. Los reporteros, mis interlocutores en una investigación etnográfica sobre la cultura de la nota roja, conocían bien a Eugenio por su ávido interés en el trabajo periodístico y por sus intermitentes informes desde escenas de crímenes en San Lorenzo. Fue así como llegué a reconocer a Eugenio antes incluso de conocerlo. Supongo que él podría decir lo mismo de mí. No es como que hubiese muchos reporteros de la nota roja con pelo rubio y acento extranjero.

 

Todos los días Eugenio empuja un diablito atiborrado de periódicos por las calles de San Lorenzo. Su pregón —¡Periódicos! ¡La-Prensa-el-Metro-el-Pásala-El-Universal!— a veces alarga la última sílaba de “periódicos”, dejándola resonar en su diafragma como el “ah” de los vendedores de gas, siempre con cierta calidad musical. La voz de Eugenio es parte del tejido sónico de San Lorenzo. Casi nunca descansa: “Sólo en Pascua y el 15 de septiembre”. Siento que su ausencia abrumaría a la colonia, induciendo en sus habitantes la misma sensación inquietante que nos envuelve cuando una conversación cae en un silencio inesperado. Los fines de semana Eugenio acarrea sus periódicos por el laberinto del tianguis de las Torres, recorriendo el trecho de unos dos kilómetros de la calle del mismo nombre que se extiende entre avenida Tláhuac y Canal de Chalco. Agotar su mercancía es trabajo de horas, en parte porque Eugenio se detiene a cotorrear con casi todos sus clientes.

—El negocio —me dijo una vez Antonia— es sacarle plática al cliente.

Antonia sigue su propio consejo en su puesto de periódicos sobre avenida Tláhuac. A veces parece menos una vendedora de periódicos que la protagonista de una comedia picaresca: burlona, carismática, a veces cálida y, a menudo, ocupada entreteniendo a un grupo abigarrado de vecinos y desconocidos. Mientras tanto, sus dos nietos, Miguel y Guillermo, juegan a las luchas alrededor del puesto, de vez en cuando ayudando en la venta de periódicos. Antonia y Eugenio, en otras palabras, pasan todos los días entre familia y amigos.

Ilustración: Patricio Betteo

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Publicado en: 2023 Julio, Ensayo