Los misterios de Auguste Dupin

El siguiente relato es uno de los tres misterios parisinos de Edgar Allan Poe. Apenas puede exagerarse su trascendencia como clásicos. En los tres cuentos de esta nueva traducción anotada, llegados a México de la mano de Editorial Periférica (2022), aparece el arquetipo del héroe detective, el antecedente directo de Sherlock Holmes y Hercule Poirot. Ofrecemos aquí el arranque de ese clásico al que habría que volver cada cierto tiempo.


Cuando residía en París, durante la primavera y parte del verano de 18…, conocí a un tal C. Auguste Dupin. Este joven caballero pertenecía a una familia excelente, ilustre de hecho, pero, por una serie de circunstancias adversas, había caído en una pobreza tal que la energía de su carácter sucumbió, y dejó de relacionarse con el mundo y de preocuparse por la recuperación de su fortuna. Por cortesía de sus acreedores aún conservaba una pequeña parte de su patrimonio y, con los ingresos que esto le proporcionaba, conseguía, mediante una rigurosa economía, cubrir las necesidades básicas de la vida sin preocuparse por lo superfluo. Los libros, en realidad, eran su único lujo, y en París es fácil conseguirlos.

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en una oscura biblioteca de la rue Montmartre, donde la casualidad de que ambos estuviéramos buscando un mismo volumen, muy raro y singular, nos llevó a establecer una relación más estrecha. Nos veíamos con frecuencia. Me interesaba la sencilla historia familiar que él me detallaba con esa sinceridad con la que un francés se explaya en sus confidencias cuando habla de sí mismo. Quedé también muy impresionado por la extraordinaria vastedad de su cultura; y, sobre todo, sentí mi alma conmoverse ante el vehemente afán y la fresca vitalidad de su imaginación. La índole de las investigaciones que me ocupaban entonces en París me hizo comprender que la compañía de un hombre así sería para mí un tesoro inestimable, y así se lo hice saber. Se acordó, pues, que viviríamos juntos durante mi estancia en la ciudad; y como mi situación económica era más holgada que la suya, accedió a que yo me encargara de arrendar y de amueblar, en un estilo que armonizara con la particular melancolía de nuestro común temperamento, un siniestro caserón carcomido por el tiempo, abandonado desde hacía mucho a causa de supersticiones sobre las que no indagamos y a punto de derrumbarse, que se encontraba en una zona apartada y desolada del Faubourg St. Germain.

Si la rutina de nuestra vida en este lugar hubiera llegado a conocimiento de los demás, nos habrían tomado por locos, aunque, tal vez, locos de naturaleza inofensiva. Nuestra reclusión era absoluta. No admitíamos visitas. De hecho, habíamos tenido la cautela de no revelar la ubicación de nuestro retiro a mis anteriores colegas; y hacía muchos años que Dupin no frecuentaba a nadie en París ni nadie lo frecuentaba a él. Sólo vivíamos para nosotros.

Era una anomalía (porque ¿de qué otra manera podría llamarlo?) del carácter de mi amigo el estar fascinado por la Noche en sí misma; y en esta extravagancia, como en todas las otras que tenía, caí también yo poco a poco, abandonándome a sus locos caprichos con una perfecta renuncia a todo lo demás. La negra divinidad no moraba siempre con nosotros, pero imitábamos su presencia. Con la primera luz de la mañana cerrábamos las sucias contraventanas de nuestra casa y encendíamos un par de delgadas velas intensamente perfumadas que sólo arrojaban unos rayos muy pálidos y débiles. Después, con la ayuda de esta luz, consagrábamos nuestras almas a la ensoñación: leyendo, escribiendo o conversando, hasta que el reloj nos advertía de la llegada de la verdadera Oscuridad. Entonces salíamos a las calles cogidos del brazo y continuábamos con los temas del día, o vagábamos de acá para allá hasta tarde, buscando, entre las excesivas luces y sombras de la populosa ciudad, esa infinita estimulación intelectual que la observación muda puede proporcionar.

En tales circunstancias me resultaba inevitable comentar y admirar (aunque conociendo su rica imaginación, era de esperar) la extraordinaria capacidad analítica que tenía Dupin. Parecía, además, que él encontraba un vivo deleite en ejercitarla —si bien no estrictamente en manifestarla— y no dudaba en confesar el placer que le proporcionaba. Se jactaba ante mí, riendo entre dientes, de que la mayoría de los hombres tenía, para él, una ventana en el pecho1 y solía demostrar tales aseveraciones con pruebas directas y asombrosas del profundo conocimiento que tenía de mi persona. Su actitud en aquellos momentos era fría y ensimismada; sus ojos se quedaban sin expresión, mientras que su voz, normalmente un cálido tenor, subía a un timbre atiplado que habría resultado petulante de no ser por su intencionalidad y la perfecta claridad de la pronunciación. Al observarlo en aquel estado, yo reflexionaba a menudo sobre la antigua teoría filosófica del Alma Dual, y me divertía la idea de un doble Dupin: el creativo y el resolutivo.

No se juzgue, por lo que acabo de decir, que estoy detallando algún misterio, ni escribiendo una novela sentimental. Lo que he descrito sobre el francés era meramente el resultado de una inteligencia alterada, o quizá enferma. Pero un ejemplo dará mejor de la clase de observaciones que hacía cuando estaba en uno de aquellos momentos.

Una noche íbamos paseando por una larga y sucia calle cercana al Palais Royal. Dado que los dos, al parecer, estábamos enfrascados en nuestros pensamientos, llevábamos al menos quince minutos sin pronunciar una sílaba. De pronto, Dupin rompió el silencio con estas palabras:

—Es un hombre muy menudo, en verdad, y estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

—Eso es indudable —respondí sin darme cuenta y sin observar al principio (tan absorto había estado en mis reflexiones) la insólita manera en la que Dupin se había acoplado a mis meditaciones. Un instante después me di cuenta, y mi asombro fue profundo—. Dupin —dije, con gravedad—, esto escapa a mi comprensión. No puedo dejar de decirle que estoy atónito y que apenas puedo dar crédito a mis sentidos. ¿Cómo es posible que supiera usted que yo estaba pensando en…? —Aquí me detuve, para asegurarme, sin lugar a dudas, de que él sabía en quién había yo pensado.

—En Chantilly —dijo—. ¿Por qué se detiene? Estaba usted pensando que esa diminuta figura no es adecuada para la tragedia.

Aquél era, exactamente, el tema de mis reflexiones. Chantilly era un antiguo zapatero de la rue St. Denis, que, tras convertirse en un apasionado del teatro, había intentado interpretar el rôle de Jerjes en la tragedia homónima de Crébillon,2 y que para desgracia suya había sido notoriamente ridiculizado.

–Dígame, por el amor de Dios –exclamé– por qué método, si es que hay un método, ha sido usted capaz de desentrañar mi mente en este asunto.

En realidad, yo estaba aún más asombrado de lo que hubiera podido expresar.

–Fue el frutero –respondió mi amigo– quien lo llevó a usted a concluir que el remendón no tenía suficiente estatura para Jerjes, et id genus omne.3

–¡El frutero! Me sorprende usted, no conozco a ningún frutero.

–El hombre que tropezó con usted cuando entramos en esta calle, hará unos quince minutos.

Entonces recordé que, en efecto, un frutero que llevaba en la cabeza un gran cesto de manzanas, casi me tiró al suelo, por accidente, cuando llegamos desde la rue C… a la calle en la que estábamos; pero me resultaba imposible entender qué tenía eso que ver con Chantilly.

No había ni una pizca de charlatanerie en Dupin.

–Se lo explicaré –dijo–, y para que pueda comprenderlo todo con claridad volveremos atrás en el curso de sus meditaciones, desde el momento en que le hablé hasta el de su rencontre con el frutero en cuestión. Los principales eslabones de la cadena son: Chantilly, Orión, el doctor Nichol,4 Epicuro, la estereotomía, los adoquines de la calle, el frutero.

Hay pocas personas que, en algún momento de su vida, no se hayan entretenido desandando los pasos mediante los cuales han llegado a alguna conclusión en particular. Esta ocupación está con frecuencia llena de interés, y quien la practica por primera vez se asombra de la incoherencia y la distancia, en apariencia ilimitada, existentes entre el punto de partida y el objetivo. Cuál no sería entonces mi estupor cuando oí al francés decir lo que acababa de decir, y cuando no pude evitar reconocer que era verdad. Y continuó:

—Habíamos estado hablando de caballos, si no recuerdo mal, justo antes de dejar la rue C…. Ése fue el último tema del que hablamos. Cuando enfilábamos esta calle, un frutero que llevaba un gran cesto en la cabeza, al pasar junto a nosotros a toda prisa, le empujó a usted donde había una pila de adoquines, en el punto en el que están arreglando el pavimento. Pisó una de las piedras sueltas, se resbaló, se torció ligeramente el tobillo, se mostró confundido o enfadado, murmuró unas pocas palabras, se volvió para mirar la pila y siguió andado en silencio. No es que estuviera especialmente atento a sus movimientos, pero, últimamente, la observación se ha convertido para mí en una especie de necesidad.

»Usted mantenía la vista en el suelo, mirando, con expresión malhumorada, los agujeros y surcos del pavimento, de modo que vi que seguía pensando en el empedrado, hasta que llegamos a esa callejuela que se llama Lamartine, que se ha pavimentado, a modo de experimento, con los adoquines ensamblados de forma alterna. Aquí se le iluminó el semblante, y, viendo que movía los labios, no tuve duda de que estaba murmurando la palabra estereotomía, un término que se aplica, con mucha afectación, a este tipo de pavimento.

Supe que no podría decir estereotomía sin que ello lo llevara a pensar en átomos y, por lo tanto, en las teorías de Epicuro; y dado que, cuando hablamos de este tema no hace mucho, mencioné la singularidad y la poca atención con que las vagas intuiciones de aquel noble griego habían sido confirmadas por la antigua cosmogonía nebular, pensé que no podría usted sustraerse a la tentación de alzar la mirada hacia la gran nebula de Orión, y desde luego esperaba que hiciera eso. Y miró usted hacia arriba, y entonces estuve seguro de haber seguido sus cavilaciones correctamente. Pero en esa amarga diatriba sobre Chantilly que apareció en el Musée de ayer, el satírico autor, al hacer unas ofensivas alusiones al cambio de nombre del zapatero para calzarse los coturnos, citaba un verso latino sobre el que hemos conversado a menudo. Me refiero al verso

Perdidit antiquum litera prima sonum.5

»Yo le había dicho a usted que esto se refería a Orión, antiguamente escrito Urión; y debido a cierta acrimonia suya mientras yo le presentaba esta explicación, sabía que no podría usted haberla olvidado. Estaba claro, por lo tanto, que no dejaría de relacionar esas dos ideas de Orión y Chantilly. Que en efecto las había relacionado lo vi en la naturaleza de la sonrisa que apenas esbozó. Pensó en la inmolación del pobre zapatero. Hasta entonces usted había ido caminando encorvado, pero en ese momento vi que se erguía en toda su estatura. Y supe, sin lugar a duda, que había pensado en la diminuta figura de Chantilly. En este punto interrumpí sus meditaciones para comentar que, como en verdad era un hombre muy menudo, el tal Chantilly, estaría mejor en el Théâtre des Variétés.

No mucho después de esto estábamos hojeando una edición vespertina de la Gazette des Tribunaux, cuando los siguientes párrafos atrajeron nuestra atención:

insólitos asesinatos. Esta madrugada, sobre las tres, los habitantes del Quartier St. Roch fueron despertados por unos terribles alaridos, provenientes, al parecer, de la cuarta planta de una casa de la rue Morgue, que se sabe ocupada solamente por una tal madame L’Espanaye y su hija, mademoiselle Camille L’Espanaye. Después de cierta demora, ocasionada por un infructuoso primer intento de acceder de la manera habitual, la puerta de acceso fue forzada con una palanca, y ocho o diez vecinos entraron acompañados por dos gendarmes. Para entonces los gritos habían cesado, pero, cuando el grupo subía a toda prisa el primer tramo de escaleras, se oyeron dos o más voces roncas que peleaban con tono airado y que parecían proceder de la parte superior de la casa. Al llegar al segundo rellano estos sonidos también habían cesado y todo quedó en perfecto silencio. Los vecinos se dispersaron y recorrieron con celeridad todas las habitaciones. Al llegar a un gran aposento de la cuarta planta (cuya puerta, cerrada con llave desde dentro, fue forzada) se hallaron frente a una visión que sobrecogió a todos los presentes con no menos horror que estupefacción.

El lugar estaba en terrible desorden, los muebles destrozados y tirados en todas direcciones. Había una única cama, cuyo colchón se había arrojado al suelo. En una silla había una navaja, manchada de sangre. En el hogar de la chimenea había dos o tres mechones, largos y espesos, de cabello humano gris, también manchados de sangre, y que parecían haber sido arrancados de raíz. En el suelo se encontraron cuatro napoleones,6 un pendiente de topacio, tres cucharas grandes de plata, tres más pequeñas de métal d’Alger7 y dos bolsas que contenían casi cuatro mil francos de oro. Los cajones de un bureau, que ocupaba una esquina, estaban abiertos y habían sido, al parecer, desvalijados, aunque todavía quedaban en ellos muchos artículos. Se encontró una pequeña caja fuerte de hierro bajo el colchón (no bajo la cama). Estaba abierta, con la llave aún en la cerradura. No había nada dentro salvo unas cuantas cartas antiguas y otros papeles de poca importancia.

De madame L’Espanaye no había rastro allí; pero, al encontrarse una cantidad inusual de hollín en el hogar de la chimenea, se inspeccionó la campana y, ¡es horrible relatarlo!, de allí se sacó, cabeza abajo, el cuerpo de la hija, que había sido encajado en el estrecho conducto hasta una considerable altura. El cadáver estaba aún caliente. Al examinarlo se observaron muchas excoriaciones, ocasionadas sin duda por la fuerza con la que el cuerpo había sido metido en aquel lugar y extraído después. Tenía muchos arañazos en la cara, y, en la garganta, oscuras contusiones y profundas marcas de uñas, como si la muchacha hubiera muerto estrangulada.

[…]

 

• Edgar Allan Poe. “Los asesinatos de la rue Morgue”. Los misterios de Auguste Dupin. El primer detective. Traducción de Ángeles de los Santos. Cáceres (España), Editorial Periférica, 2022, 168 p.


1 Alusión a las palabras de Tyler, personaje de la novela Stanley, de Horace Binney Wallace (1817-1852), novelista y abogado norteamericano, también conocido por su pseudónimo, Walter Savage Landor.

2 Prosper Jolyot de Crébillon (1674-1762), dramaturgo francés.

3 Y todo lo demás.

4 Probablemente John Pringle Nichol (1804-1859), matemático, físico y astrónomo escocés.

5 “Perdió su antiguo sonido la primera letra”. Alusión a un verso de Ovidio.

6 Monedas de oro de veinte francos.

7 Aleación que imita la plata.

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Publicado en: En la mesa