De todos los nuevos objetos el “teléfono móvil” era el más milagroso y perturbador. Nunca nos imaginamos que un día podríamos bajar por la calle con un teléfono en nuestro bolsillo y llamar a cualquiera, dondequiera, cuando fuera. Era extraño ver a la gente hablarse a sí misma en la calle, con un teléfono pegado a una oreja. La primera vez que oímos el sonido en nuestra bolsa en el RER, o en la caja, dimos un salto y de modo frenético buscamos el botón de OK con una especie de vergüenza, de malestar. Nuestro cuerpo de repente llamaba la atención sobre sí mismo cuando decíamos “Hola, sí”, y palabras no destinadas a oídos de extraños. A la inversa, cuando una voz sonaba junto a nosotros para contestar una llamada, nos irritábamos, cautivos de una vida que obviamente daba a la nuestra como inexistente y nos encajaba su insípida cotidianidad, la banalidad de preocupaciones y deseos hasta entonces confinados a las casetas telefónicas o a los departamentos.
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