La elección del Estado de México está en boca de todos. Su cobertura mediática está revestida de un aura épica: “La madre de todas las batallas” o “La joya de la corona”, la llaman unos; “El laboratorio electoral rumbo a 2024”, dicen otros; “La sobrevivencia del PRI está en juego”, apuntan algunos más; “Si Morena gana, la elección presidencial está definida”, arguyen otros tantos. Estas caracterizaciones tienen algo de cierto, pero también contribuyen a que el análisis sobre esta contienda electoral esté repleto de lugares comunes, exageraciones, y sobrecargado de una visión nacional que ignora las dinámicas locales de la elección.
Si en algo podemos coincidir todos, es en que la elección del Estado de México es fundamental tanto para Morena como para la alianza opositora. Para dimensionar su importancia, vale la pena apuntar algunas características objetivas de la entidad.
En primer lugar, se trata del estado con el mayor padrón electoral (más de 12 millones de personas), con el número más alto de distritos electorales federales (cuarenta) y con el mayor presupuesto federal asignado (126.6 mil millones de pesos para 2023).
En segundo lugar, junto con Coahuila, es una de las únicas entidades que jamás ha experimentado alternancia: la gubernatura mexiquense siempre ha estado en manos del PRI.
En tercer lugar, el Estado de México es la cuna del famoso Grupo Atlacomulco, que es uno de los principales exponentes de diversos vicios históricos del sistema político mexicano: la connivencia entre el poder político y el poder económico, el manejo patrimonialista de los cargos públicos, el capitalismo de cuates o el uso político de la justicia. Por estos vicios, pero también por su enorme pragmatismo político, por su habilidad para resolver conflictos e integrar coaliciones incluyentes mediante redes amplias de acuerdos informales y por su capacidad de operar elecciones a nivel territorial, el Grupo Atlacomulco y, en general, el PRI mexiquense representan los rasgos del régimen posrevolucionario de partido hegemónico que sobrevivieron a la transición democrática.
En cuarto lugar, esta entidad podría considerarse, en más de un sentido, como representativa de la desigualdad socioeconómica y de la diversidad geográfica y cultural del país. Alberga a Naucalpan o Huixquilucan, en donde viven muchas de las familias más ricas de México, y a Ecatepec y Neza, que son insignias de la precariedad en que viven las clases populares urbanas de este país. De un lado, tenemos municipios con una clara vocación industrial, como Tlalnepantla de Baz o Cuautitlán Izcalli; del otro, hay localidades completamente rurales, como Coatepec Harinas y Villa Guerrero. Además, algunos municipios del Estado de México forman parte de la Tierra Caliente, región que la entidad comparte con Michoacán y Guerrero, la cual se caracteriza por la presencia y el control territorial de grupos del crimen organizado.
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