Hilván para una Tierra velardía

El hilván que sigue está hecho de pasajes, líneas, situaciones (y posibles situaciones) de la obra y vida de Ramón López Velarde insertados en algunas zonas de La tierra baldía de T. S. Eliot.

Febrero es el mes de mi don, acuerda
traílla y trasiego en vientos contrarios, acopia
fuentes sobrias y arboleda parca, irisa
horas de un matiz rosado —gota luego de sangre
de un ideal martirio—; punto de plata náufrago
en la inmensidad vespertina; dispone dulces
disputas entre la nieve
numerosa
                   y la rosa
                                  que asoma.

Noviembre nos meció en la magnánima
neutralidad de su mano; alguacil con tos,
pecera lívida en que los muertos suben
y bajan; noche en que rueda sin mulas
la tartana del infierno;
                                      aire
equidistante del deseo y del temor.

Una hirviente escala solar
se descolgaba por el tragaluz:
incendio de las rojas
mayúsculas del mantel.
Recordé haberle dicho:
“Sólo serás la novicia
que riega pétalos de ansiedad austera
en el Zodiaco de ultratumba
donde rosales eternos se deshojan.
¿O acaso tú quieres una vida
como las de todos los que se aman?
—Yo quiero lo que tú quieras—
respondió Rosario Gil sin titubeos.
Yo luego la saqué del calor de mis entrañas
y la solté sobre el invierno.
Lancé su corazón con la ceguera inclemente
con que los niños lanzan el trompo.
Pago mi impuesto al sainete sublunar
y me compenso con la alhaja del Escorpión.
La oigo tersa decirme
desde la lejanía y mi tiempo impune
viendo ella al frente, reclinada en el respaldo de la silla
con sus dedos tras la nuca enlazados: “cabrón”.

Hijo del hombre: habrán de avergonzarte
los alelados álamos que has amado;
te será afrenta el jardín que has escogido;
has de meterte en la piedra,
has de esconderte en el polvo;
darás al tiesto con los tiestos de la tierra.
Aullará la puerta, clamará la calle.
Para ti sólo habrá pan de congoja
y agua de zozobra.
Antes de que el ángel queme
tu boca exangüe con carbones,
las quejas de heridas torres.
Antes de que sane tus llagas el cálido higo,
el cielo va a cerrarse como un libro,
vaso de alfarero que se quiebra.
Según los días de los árboles segados
habrán sido tus días.
No habrá conforte a tus manos cansadas
ni robor a tus rodillas vacilantes.
No habrá silbido divino
a la mosca en el final del río de los años
ni a la abeja en los muros de adobe;
para ti el solo muro ciego
en que se incrusta una mirada
que habrá de espeluznarte al ver tú que te espía
porque tú, vivo al muro no sabías.
¿Qué es tuyo aquí, y a quién tienes aquí, tú,
que te has labrado aquí, aquí, una tumba?
Y preguntarás a las imágenes,
la voz de la tierra será de una adivina;
tu destino, cifrado en un habla del polvo.

Ayes de muerte,
                            montes de espuma
(alguna señorita
                            cantaba una vieja aria),
rugientes olas
                       del fiero mar
(soprano indeleble
                                 en el ahínco de su voz pretérita).
Luego una playa
                            de la Noruega
(sobresalto de los terribles
                                               tropos que lamían
los pies del personaje Margarita);
y un risco luego
                          para llorar.
(Ay del ay agónico
                                 en la rima atolondrada;
ay del tema que llorón
                                       se decantaba.
Mi maquinal dolencia:
                                        una caja de música
falible, que en lo gris
                                    de un tácito aposento
se deshoja.)

Aquel día recogimos lirios pálidos
y viste en mí la sonrisa inexorable;
sin embargo al volver, tarde
bajo los ojos fiscales
de las primeras estrellas
tuviste miedo de mí y te asomaste
temblando, al centro
del abismo que ya no te cabía adentro.
Te llevaste la mano al corazón
sin que pulsara en él latido alguno;
y viste ya en mi sonrisa la mueca doliente
de una novia espectral
y, en sufragio de ella,
no más que exequias secas.
(Atravesó la calle su ataúd; mi muerta
llevaba una mano fuera;
por esa mano supe que ella era.)
Habitamos el deliquio de oro del collado,
hálito verde en que el dragón respira;
y nos selló la boca el corazón del silencio
con sus índices de luz inapelables.

Ilustración: Estelí Meza

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Publicado en: 2023 Abril, Poesía