Ángeles carroñeros: un encuentro con el cóndor de California

Domingo a las cuatro de la mañana en la sierra de San Pedro Mártir: tres miembros del Programa de Recuperación del Cóndor en Baja California están listos para empezar la jornada. En el interior de una camioneta todoterreno esperan a un escritor chilango que afirma ser amante de las aves carroñeras. Hace tiempo declaró en un ensayo de divulgación vultúrida que su mayor ilusión era conocer en persona al buitre más grande y vulnerable de Norteamérica. Por fin ha llegado el día anhelado, si es que se puede llamar “día” a la oscuridad que reina bajo los gigantescos pinos del bosque a esta hora de la madrugada.

9 de agosto de 2022: el susodicho escritor acaba de contraer matrimonio, por lo que este viaje le sabe a luna de miel, a pesar de que no pernocta junto a su cónyuge en una suntuosa suite nupcial sino al lado de un hombre barbado —el fotógrafo y ambientalista Patricio Robles Gil— en el austero ático de la estación donde viven los guardianes del cóndor. Ambos están en San Pedro Mártir para documentar los triunfos y retos del programa a veinte años de su implementación.

Tres minutos después de las cuatro: en calidad de zombi, el escritor ya se subió a la camioneta. Al volante está Juan J. Vargas Velazco, quien ha liderado este esfuerzo junto con María Catalina Porras Peña desde 2002. Mientras avanzan por el camino de terracería, Juan le platica al letárgico visitante sobre los recién llegados al aviario a donde se dirigen: cuatro cóndores chilangos, nacidos en el zoológico de Chapultepec, y dos inmigrantes californianos. Aunque parece una contradicción, es preciso enseñarles a estas aves a ser salvajes; para evitar que los vean y se malacostumbren a la presencia humana, los cuidadores les llevan el alimento por la noche y se ocultan dentro de cabinas discretas a observar su conducta durante el día.

5:10 a. m.: el escritor se asoma por una de las diminutas ventanas polarizadas de la cabina de observación y no ve absolutamente nada. Tendrá que esperar a que amanezca para ver a los cóndores dormidos en las perchas atravesadas entre los pinos que hay dentro del aviario, una amplia parcela de bosque rodeada de redes de tela gruesa. Arrullado por la silenciosa calidez de su escondite, el escritor se queda dormido. Cuando despierte, el alma regresará a su cuerpo y podrá narrar en primera persona los episodios más románticos de su luna de miel.

Guardianes del paraíso

El nombre de San Pedro Mártir le va muy bien al único lugar de México donde viven los cóndores de California. La tradición católica le concedió a san Pedro las llaves del Reino de los Cielos y este lugar parece ser la planta baja del Paraíso, lugar idóneo para mirar las estrellas —por eso se encuentra aquí el Observatorio Astronómico Nacional— y para funcionar como refugio de las aves que los chumash, un pueblo originario de California, concebían como mensajeras entre el mundo y el más allá.

La sierra de San Pedro Mártir es el sistema montañoso más alto de Baja California, con la punta del Picacho del Diablo —ese arcángel rebelde— a 3100 metros sobre el nivel del mar. Hacia el Pacífico, la sierra tiene mesetas, cumbres y barrancas pobladas por un bosque de coníferas cuyos majestuosos pinos, cedros y abetos crecen lenta y espaciadamente debido a la escasa lluvia que moja esta región. Hacia el golfo de California, el macizo de granito se desploma abruptamente, con paredes verticales muy propicias para el anidamiento de los cóndores.

La presencia histórica de la especie en la sierra está bien documentada. En 1893, el naturalista A. W. Anthony da cuenta de su abundancia y de los principales motivos de su depredación.

“En San Pedro Mártir [los cóndores] son bastante comunes, pues son vistos diariamente en las praderas a altitudes de 8 a 9000 pies. Los indios me dijeron que sus nidos pueden encontrarse en los altos acantilados de la vertiente del golfo y otros me informaron que los construían en las puntas de los pinos altos. Sin embargo, dudo mucho de la última afirmación [dado que los cóndores a veces anidan en las sequoias californianas, el reporte es plausible]. Todos los mineros indios y mexicanos de oro son dotados de una a seis plumas primarias de esta especie para cargar polvo de oro, la boca se cierra con un tapón de madera suave y el primitivo bolso se cuelga del cuello con una cinta de cuero. Todos los ejemplares que vi en Baja California habían sido matados solamente por sus plumas”.

Ilustración: Ricardo Figueroa

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Publicado en: 2023 Abril, Crónica