Por recomendación de un amigo que notó mi desazón por combinar el cuidado de mi hija con la escritura, leí recientemente Las pequeñas virtudes, una maravillosa colección de ensayos autobiográficos de Natalia Ginzburg. Encontré una brillante descripción —que podríamos llamar etnográfica— de Pizzoli, el pueblo en la Italia meridional donde su familia tuvo que exiliarse durante el gobierno de Mussolini; una serie de recomendaciones muy atinadas sobre cómo promover en los hijos el amor a la vida, y un agudo análisis cultural de su época titulado “Silencio”.
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