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Carlos Castillo Peraza. Presidente del Partido Acción Nacional.

Te lo dije zopilote

Después de meses enteros de festeja las gracias de lodos los críticos de la política, de los políticos, de los legisladores y del gobierno (muchas de ellas justificadas) las revistas italianas descubren casi con horror que ayudaron a llevar al poder en su país a una derecha que creían liquidada para siempre. Sorpresa: los nostálgicos de Mussolini se convirtieron en el tercer partido de Italia, con 105 diputados nacionales, es decir, uno de cada seis. Por primera vez en Europa, después de la Segunda Guerra mundial, un partido de extrema derecha que se atreve a invitar a sus manifestantes a hacer el viejo saludo fascista, obtiene tal dimensión.

Para medir el crecimiento de esta peligrosa formación caudillista, basta decir que triplicó en 1994 lo que obtuvo en 1992: conquisto el 13.5% de los votos disponibles (el viejo Partido Comunista bajó al 6%, el Socialista al 2.2, la Democracia Cristiana al 11.1). Sólo la superaron Forza Italia (el videopartido de Berluseoni) con el 21% y la recomposición coordinada de las izquierdas modernizadoras (bajo la batuta de Aquiles Ochetto) con el 20.4%.

Aclaración. Las cinco secciones que abren esta entrega debieron aparecer en el número pasado. Aquí se publican en su totalidad.

Ahora los señores del papel impreso se preguntan cómo fue posible el retorno de los musolinianos y la victoria de la suma de formaciones derechistas. Epoca y Panorama, en Italia, y los más conocidos semanarios franceses intentan respuestas diversas pero expresan el mismo temor por el futuro de la patria de Leonardo da Vinci. Hay una atmósfera de zozobra en el ámbito de las instituciones comunitarias europeas, de las cuales fue cofundadora la Italia democrática de la posguerra, y que ven crecer la presencia, a escala continental, de una derecha las más de las veces opuesta al desarrollo de la comunidad, al comercio libre y a la integración. Señalan también que este crecimiento pondrá en manos muy poco democráticas, organismos y fondos europeos que mucho deben ayudar al nacimiento y la consolidación de la democracia en los países otrora «socialistas». Y comienzan a sentir olores de antisemitismo y racismo, de chovinismo y separatismo en demasiados parlamentarios y parlamentarias italianos neoelectos. Su integrismo puede definirse con una fórmula de Etienne Borne: una nostalgia del pasado que se cree una referencia al absoluto.

Algunos medios de información y de opinión descubren -ojalá que no sea tarde- que la liquidación de la política y del parlamentarismo es paso previo a la del periodismo independiente. Y que bien puede invocarse a la democracia y al pueblo para aniquilar las formas democráticas y burlarse del pueblo mismo. En la patria de Gramsci no faltara quien recuerde cómo, desde la prisión, el filósofo experimentaba nostalgia de las formalidades democráticas que, destruidas «democráticamente», dejan a los pueblos a la merced de los Mussolini y otras alimañas.

Bien de pocos…

Después de Lufthansa, Air France intenta con éxito su transformación. En efecto, la línea aérea con oficinas centrales en Paris eligió la misma ruta que su colega germana para afrontar el problema de sus balances en números rojos. Los alemanes, en 1992, recurrieron a la votación interna para consultar al personal. Este aceptó por cómoda mayoría renunciar a ciertas prestaciones para que no muriera la empresa.

Christian Blanc, director general francés, imitó el método tedesco. Bastó que la dirección mostrara sin tapujos las cifras de la empresa y que las sometiera a todos los análisis exigidos por los asalariados. El desastre quedó a la vista y, con este, la inminencia de la quiebra. El director hizo ver a los trabajadores que su voto decidiría la vida o la muerte de Air France. El 83.55% de los trabajadores votó. El 81.26% de los votantes aprobó el duro plan de restructuración. La pregunta que sigue es: ¿cuál será el «sindicato» o la «central sindical» de porvenir si las empresas optan por un camino como los transitados por las aerolíneas alemanas y francesas para hacer frente a los cambios y conflictos? ¿Podrá el obrerismo de antaño ser capaz de entender y asumir las novedades de hogaño? Tal parece que habrá de revisarse todo en este ámbito.

A tal revisión convoca en un libro estimulante Jacques Julliard. Se llama en francés Ce fascisme qui vient (Ese fascismo que viene) y, entre otros, plantea el problema siguiente: si la modernización de las empresas, su productividad, la globalización de la economía, la competencia y, sobre todo, el desarrollo tecnológico nos muestran que vamos hacia unidades de producción con cada vez menos puestos de trabajo, ¿es razonable seguir planteando políticas públicas, sindicales y/o sociales de pleno empleo? ¿No debería más bien comenzar a pensarse cómo distribuir justamente las utilidades que generen los empleos necesarios y suficientes para producir bienes y servicios de calidad, abundantes y baratos?

Bastaría echar una mirada a los informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo para darse cuenta de un dato que confirma la tendencia apuntada por Julliard. En America Latina, durante los diez años próximos pasados, hubo crecimiento económico sin crecimiento del empleo. Tal parece que el mundo ya no va hacia lo que en la etapa científica, técnica, productiva, social y política anterior conocimos como posibilidad y hasta obligación del pleno empleo. Y, si no cambia el concepto y, en consecuencia, las políticas, no habrá salida sin represión de los más variados géneros, sin algún tipo de fascismo. De suerte que lo que han hecho Lufthansa y Air France, que ha generado el bien de pocos, debería ser ejemplo para muchos. Es tiempo de pioneros.

Albert Camus, siempre

Su viejo editor, Gallimard, acaba de poner en circulación el inédito tal vez más esperado de Albert Camus, sus «confesiones». Se trata de una sinfonía que quedo inconclusa cuando el coche en que viajaba el autor se estrello contra un árbol el 4 de enero de 1960. Entre los retorcidos y humeantes fierros, había un legajo manuscrito que la policía rescato. Iba a ser su cuarta novela y aparece ahora, 34 años después, bajo el título Le Premier Homme.

Al respecto, comenta en Le Nouvel Observateur Pierre Enckell: «Que un primer borrador pueda mostrar talento suficiente para no dejar pasar más que un mínimo de escorias… es algo en mismo milagroso. Pero cuando además se trata de un texto tan íntimo, tan revelador, esto añade más placer, más pasión, más sorpresa, Le Premier, Homme, tal cual es, se volverá instantáneamente un clásico».

Habrá que leerlo.

Cobrar o no cobrar

¿Quién supuso que los alemanes carecían de imaginación y se ahogaban en su racionalidad? ¿Quién imagino que los alemanes de lo que fue el Este del antes dividido país serían incapaces de adaptarse al sistema occidental? El que supuso aquello o imaginó esto sin duda patino. He aquí que un alemán antes oriental ha organizado una empresa de cobranzas tan imaginativa como racional y eficiente. Van los datos, tomados de Le Nouvel Observateur:

La compañía recibe el encargo de hacer puntuales, o cuando menos de convertir en pagadores forzados a los morosos. De inmediato, su director creador Bruckhardt Hell llama a uno de sus empleados que, acto seguido, se disfraza de conejo rosa. No es broma: de la cabeza a los pies, orejas descomunales incluidas, el empleado se viste de tal y sale a buscar al deudor rejego, lo encuentra y lo sigue por las calles, comercios, oficinas, restaurantes y hoteles, a corta distancia.

Como la «exhibida» es tan cruel como total, el incumplido acaba por pagar. Hell dice que pronto no sera suficiente este seguimiento conminatorio y que sus conejos habrán de acercarse más, brincar y restregarse a los deudores de endurecida faltriquera y vergüenza a prueba de dientes y orejas. Nadie aguanta ahora, y menos soportará después, asegura el empresario en cobros difíciles, este amago ininterrumpido del ridículo. Sobre todo porque los servicios de cobranza se especializan en deudores ricos que pierden imagen cuando los sigue a troche y moche un rosado, orejón y jovial bicho que lo delata como mala paga. Cuando se entere don Pedro Aspe y descubra la eficacia del método, no faltará quien corra a comprar zanahorias.

Suertes distintas

Resulta que Paul Ricoeur es el filósofo francés más leído y estudiado… fuera de Francia. Lo afirma Dominique Bourel, de L’Express, quien hace la recensión de una nueva obra del pensador y de otra que, acerca de este, publica Olivier Mongin bajo los auspicios de Seuil.

¿Por qué Ricoeur fue abandonado por sus coterráneos y adoptado por anfitriones belgas y norteamericanos? La historia es aleccionadora. El autor, nacido en 1913, sufrió prisión de parte de los nazis y aprovechó la cárcel para traducir a Husserl al francés. Promotor de la fenomenología a partir del fin de la Guerra mundial, enseñó en Estrasburgo y luego pasó a la Sorbona. En plena rebelión estudiantil sesentayochera escogió impartir cátedra en la agitada Nanterre donde -asegura Bourel- «fue víctima de las agresiones físicas y la estupidez imperante; izquierdistas y cretinos consiguieron lo que no logró ministro alguno: privar a generaciones de estudiantes de uno de los mejores profesores de este siglo». Ricoeur tuvo que irse y fue acogido entonces con honores y estima primero en Lovaina, Bélgica, y luego en las universidades norteamericanas de Yale y Chicago.

El filósofo protestante retornó a Francia, terminando el periodo de influencia de «los gurús efímeros». Ya en su patria no deja de recordar a todos que la regla de oro, en la filosofía como en la vida, es «tomar al adversario por su ángulo más favorable». Olivier Mongin acota, en relación con la obra de Ricoeur: «Jamás una falsa nota, jamás una concesión demagógica, jamás el menor signo de menosprecio por la filosofía y su enseñanza». Ejemplar maestro, en síntesis.

Fe y razón

Ya se había dicho: es difícil salir por el camino de la razón de los ámbitos en los que se ha ingresado por la ruta de la fe. El conocimiento racional -santo Tomás de Aquino dixit- es empero superior al de fe. Pero, como se sabe, es la fe la que mueve montañas. Por eso hay quienes prefieren creer que conocer y hasta desperdician las oportunidades que se les brindan de transitar de la fe a la razón. Se les amontonan los datos, los hechos, las cifras pero, si todo esto pone en peligro la creencia, optan por ésta para no tomarse el trabajo de mirar.

Durante unos cinco años, cierta prensa hizo suya la creencia imperante en el entorno del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano: el PAN era una curiosidad histórica sin peso político real y sólo había en México dos fuerzas verdaderas, a saber, la del expriísta michoacano y la del PRT vivo y coleante. Indudablemente, los inventores del mito fueron habilidosos para difundirlo. Por eso lo asumieron periodistas y analistas mexicanos y extranjeros.

Por eso también, a partir del debate televisado de mayo próximo pasado, entre los candidatos presidenciales del PAN, el PRI y el PRD, a todas luces ganado por Diego Fernández de Cevallos, parecen no reponerse de la irrupción de la realidad. Y han comenzado las operaciones de minimización o de franco soslayo del hecho, cuando no las de agresión al candidato panista.

Hay una por demás curiosa: que el sitio conquistado en buena lid por el abanderado del PAN es fruto de «la

magia de la televisión». Nadie negará que el medio ayuda, pero ¿por qué no ayudó igual a los otros dos que tuvieron el mismo tiempo disponible y las mismas cámaras enfrente?

Hipótesis: los dos competidores de Fernández de Cevallos no tienen entrenamiento para la democracia, especialmente en lo que esta tiene de cultura del debate. Uno, por hijo de presidente y por caudillo, habituado a que todo el mundo diga un si reverencial a sus aseveraciones. El otro, porque no es lo mismo la discusión intragabinete que a la luz del día o de los reflectores. Ganó el round quien venía de la tradición y la historia orgánicas y democráticas. Lo demás es fe que no quiere ver, que no sabe oír y que no aprendió a hablar.

Etica y sida

Filósofo que hace algún tiempo mereció el adjetivo «nuevo», André Glucksmann dedica su obra más reciente al problema del síndrome de inmunodeficiencia adquirida y a las relaciones de este con la muerte, el mal, el sexo, la sociedad, el Estado y el gobierno. Todo ubicado en Francia, por supuesto.

El libro se llama La Félure du Monde. Ethique et Sida o, en castellano, «La fisura del mundo. Etica y sida», lo edita Flammarion y dan cuenta de su aparición y contenido L’Express, Le Point y Le Nouvel Observateur. El autor la emprende contra las autoridades que, frente al mal, se inhiben por temor a ciertas ideas que la cultura contemporánea ha convertido en mitos. El del igualitarismo hizo naufragar la exigencia de examen médico obligatorio, previo a la solicitud de empleo. El del rechazo a la exclusión impidió dividir en grupos de mayor y de menor riesgo a las personas y, así, dibujar un «mapa» de los ámbitos de peligro de contagio. En suma, la situación empeora -según Glucksmann- porque, en el fondo, subyace esa «voluntad de no saber» que precede a los cataclismos tan previsibles como inminentes. Creer para no ver, que diría algún Tomás apóstol posmoderno.

Obligada lucidez

Con la pertinencia que marca normalmente a sus juicios, Jean-François Revel emite algunos en torno del libro citado e invita a la lucidez. Recuerda a sus lectores que, a lo largo de la historia, las grandes epidemias tienen que ver tanto con el desarrollo de la medicina como con la psicología de masas y los pánicos colectivos generados no sólo por la agresividad de los males, sino también por la humana productividad a la superstición. Es el caso del sida en la actualidad, precisa el comentarista.

Para probar su aserto, Revel cita fechas y cifras. La peste de Atenas, 429 años antes de Cristo; la peste negra en la Francia medieval y, en el mismo país, el cólera de 1832, la gripa española y la tuberculosis en 1919 y 1930, respectivamente: cualquiera de estas plagas ocasionó más muertes de las que ha causado el nuevo flagelo al que se refiere Glucksmann. En efecto, el sida ha sido causa de 1,361 muertes anuales en Francia durante los últimos doce años, que comparados con los 140 mil o con los nueve mil que al mismo ritmo generan el cáncer y los percances automovilísticos, no dan, dice el escritor, para la retórica apocalíptica que envuelve al sida.

«Hay que informar, no aterrorizar, y racionalizar la acción anti-sida… entregándola a investigadores y médicos a los que apoyen tanto los Estados como asociaciones privadas» preocupados no por conseguir publicidad u obtener fines políticos, sino por alcanzar resultados, propone Revel. Al respecto, recuerda y crítica la utilización de la enfermedad del siglo con mezquinos intereses electorales, y menciona el «hecho vergonzoso» ocurrido durante la campaña presidencial de Bill Clinton: un moribundo, enfermo de sida, fue llevado a hablarles a potenciales electores, ante quienes aseguró que si ganaba el esposo de Hillary no moriría y que sí, por el contrario, permanecía en la Casa Blanca George Bush, no tendría salvación posible. «Demagogia política y burrada científica», escribe Revel, no contribuyen a resolver problema alguno y nada tienen que ver con la ética.

Hubo una isla…

Hace años, para mostrar el aguerrido chovinismo de los ingleses, se citaba el titular de un diario londinense, al día siguiente de una noche de espesa niebla sobre la Mancha: Fog over the Channel; Isolated Continent, lo que querría decir «Niebla sobre el canal, quedo aislado el Continente». En el fondo, para los ingleses, el Continente era la isla. Pero ahora, debajo del célebre canal, ha nacido un túnel.

Inaugurado el 6 de mayo por la reina Isabel y el presidente Francisco, el llamado Eurotúnel -segun L’Express- «atemoriza a los británicos» pues hiere «su orgullo de insulares, despierta a sus viejos fantasmas y nutre su fobia contra Europa». El gran tubo subacuático permite recorrer en minutos lo que antes llevaba horas, sin temor por el estado del tiempo. Y, lo que es más importante quizá, pone al alcance inmediato de los «continentales» lo que Le Point llama «el Hong Kong europeo», es decir, la Gran Bretaña.

En efecto, se trata del país más desreglamentado, más libre y más abierto de la Comunidad Europea, paradisiaco para banqueros, inversionistas, ejecutivos y empresarios. El más, digamos, neoliberal. Un ejemplo: el sistema de protección social made in England cuesta a las empresas la mitad que le made in France, lo que, a mediano plazo, puede viajar hacia la ex-isla a fábricas y maquiladoras, estimuladas asimismo por el hecho de que en la tierra de Shakespeare ya no hay salario mínimo legal y tal vez por la novedad de encontrarse iglesias protestantes con sacerdotisas o pastoras que aceptan -como lo ha dicho la presbítera Katherine Rumens- «todo menos que las llamen `padre»‘, según declaraciones que transcribe Le Nouvel Observateur.

El excentricismo británico llega con fuerza a las cartesianas tierras de Molière. Se anota que, durante una semana, el acontecimiento más destacado por los periódicos de Inglaterra fue la desaparición del perrito amado por el principe Carlos y que los hoolligans podrán llenar los estadios galos a bajo precio y a elevado costo para los anfitriones. O que son más osados -y por tanto atrayentes- los cabarets del Reino que los de la República. O que para los machistas y empistolados francos resulta poco admisible el porcentaje de faldas en las filas de los celebres y desarmados bobbies. En fin, desde mayo ni la isla ni el continente podrán aislarse. Se acabó el mar.

Viendo y creyendo

Después de catorce años de trabajo y trabajos, los restauradores de los frescos que Miguel Angel dejo en la Capilla Sixtina están a la vista del público. Fueron pintados entre 1508 y 1541, y oscurecidos por siglos de cirios encendidos, incensarios olorosos y calefactores ardientes – pero todos humeantes- polvo de batallas y pátina de cónclaves. Las 336 figuras debidas a la mano del florentino y a la faltriquera del sucesor del apóstol Pedro, lucen -asegura Epoca- esplendidamente. Para la historia: el principal patrocinador de los restauradores fue la cadena japonesa de televisión NTV.

Para los curiosos, unas cuantas fechas: las capilla fue construida en 1473 con las misma medidas -se supone- que le templo edificado en Jerusalem por el rey Salomón; las paredes laterales de la Sixtina fueron pintadas por Perugino, Botticelli, Ghirlandaio, Rosselli y Signorelli entre 1481 y 1482; las imágenes de la bóveda son obra de Miguel Angel (1508-1512), pagada por julio II; el fresco del Juicio Universal es creación del mismo autor (1536-1541) bajo el patrocinio de Clemente VII. Todos los nombres seguidos de números romanos son de Papas. La NTV pidió y obtuvo a cambio de sus yenes los derechos de reproducción fotografiada y teletransmitida de todas las paredes, por un lapso que va del inicio de los trabajos de restauración a tres años después de la conclusión de estás. Corre videotape.

Se cuenta que, invitado a poner manos en esa obra, Miguel Angel se resistió a emprenderla aduciendo que era escultor y no pintor. Menos mal que no pintaba.

Cincuentenario

Hace medio siglo -agosto de 1944- moría Antoine de Saint- Exupéry. Salió en misión aérea militar. No regresó. Se ignora -ya lo comentábamos- el paradero de su avión y de sus restos. L’Express dedica la portada y doce páginas a recordar el autor de El Principito, que ha vendido 6.5 millones de ejemplares en francés y ha sido traducido a 90 lenguas, incluida la quechua.

¿Por qué esta obra cautiva a los niños de todas las edades? La pregunta que planteada por el seminario francés al doctor Dominique Gobert, especialista en psicología infantil. La respuesta: porque propone verdades universales bajo la forma de imágenes poderosas y poéticas; porque su sencilla complejidad permite a cada uno interrogarse acerca de él mismo y reencontrar su propio universo. En efecto, es malvado que un animal se coma una flor, si es rosa, genere espinas para defenderse. Pero lo más extraño e inquietante es que todos nos sintamos expresados por axiomas como: «Cada quien es responsable para siempre de lo que ha domesticado».