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Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Puerto libre (Cal y arena).

No ha sido fácil para nuestro país la mitad de este año. Cada quien tiene su recuento de penas y agravios, cada quien los platica o adormece según el ritmo de su propia sangre, cada quien los resuelve o los guarda según puede. Cada quien cree de lo que hemos visto lo que quiere y de lo que ignoramos lo que prefiere. A veces, ni siquiera es fácil coincidir con lo que opinan y creen quienes casi siempre han opinado y creído cosas parecidas a las que nuestro corazón suele creer. Es lógico: ni los pesares, ni las ausencias, ni la fantasía ni el miedo, ni la furia ni el pasmo laten igual en todo el mundo.

¿Qué es entonces lo que estamos obligados a compartir? Le temo a mi respuesta porque de momento está desprestigiada. Pero creo que se llama esperanza y que nos urge.

La esperanza también la encuentra cada quien donde quiere y como va pudiendo, el caso es coincidir en la búsqueda y en la certeza de que otros ya padecieron la historia cuando les tocó hacerla. Y sobrevivieron.

Hace un mes llegó, como del cielo, la carta de una mujer italiana, dirigida a la hija, de Carlos, su amigo mexicano a finales de los años treinta. Había leído Donne dagli occhi grandi y el apellido de la autora y la dedicatoria la condujeron a la editorial que le dio mi nombre. Era una carta cálida y breve en la que hablaba de su trato con mi padre, de su marido médico, de sus hijos. Me pedía que le respondiera a la dirección de su hija Lorenza.

Yo no recuerdo con qué certezas contesté a su tímida presentación de sí misma, pero ahora ha llegado su segunda carta. La empieza diciendo lo que no pudo decir completo en la primera: «Como bien has comprendido Carlos é stato il mio primo primerissimo amore. Yo era una adolescente soñadora cuando vino la terrible guerra. Por años todo fue destrucción y muerte. También en Milán. Muchas veces se nos obligaba, aun de noche, a acudir al refugio. Ahí después del miedo platicábamos, se reía con los amigos.

«Yo era bonita, alta, pelo negro, ojos azules. Tenía muchos admiradores. Pero tu papá me enternecía, mi faceva sentire tanto piú grande».

Trato de imaginarlo. Mi mamá tiene encima del piano la foto de un hombre con los ojos de la primera juventud que no le conocimos a mi padre. Un hombre que por entonces sentía con su nariz afilada la húmeda vid creciendo en un pueblo húmedo del Piamonte. Un hombre que ya de entonces sabía esconder la pena silbando mientras subía las escaleras. Sus manos no pueden haber sido muy distintas. Ni mejores. La forma de sus manos no la cambió la guerra.

Termina la carta: «Eramos jóvenes, y la juventud nos ayudó a superarlo todo. Quién sabe cuándo vendrás a Italia. Te acogeré siempre con un abrazo».

Tengo una caricatura que le hizo Naranjo a Renato Leduc. De cada bolsa del saco le brota la pierna entaconada de una mujer tibia. Tienen que haber sido tibias las mujeres que arroparon a Renato. Me gusta mirarla porque a veces, no todas, tengo el privilegio, alguna magia me da permiso de volver a escucharlo: «Ustedes los jóvenes creen que la revolución se hizo con canciones. Pero están muy pendejos mijita. La revolución se hizo caminando cuarenta cabrones kilómetros con gonorrea encima. Se hizo con muertos. Y los muertos apestan y regresan de noche a espantarnos con el recuerdo de sus gritos».

-Renato -le pregunté un día-, ¿cómo era la mujer para la que escribiste el Romance del perdidoso?

-Cursi -me contestó-, ¿Vienes a los toros?

Cuenta doña María Luisa Ramos en las memorias que le envió por carta a una de sus nietas.

«Por entonces se temía que entraran los rebeldes a Teziutlán. Mis papás estaban alarmados. Como se comentaba que se robaban a las muchachas, mi mamá temblaba por nosotras. En el zarzo de mi casa había una caja de piano vacía. La disimulamos con cartones y costales. Ese sería nuestro escondite en caso de necesidad.

«Mientras tanto, entre las duras y las maduras, pasábamos el tiempo al acecho de diversiones. Me habían salido además de tu abuelo, que era el más guapo y simpático pero no era del pueblo y por lo tanto me daba desconfianza, otros tres pretendientes: un español muy colorado que me hizo un verso y me mandó un cajón de madera lleno de distintos dulces. Decían que con él no me faltaría nada, pero no me gustaba. El otro era Periquito Medina, muy tímido y muy meloso. En los bailes me decía: es usted la reina de La fiesta Luisita. El tercero era Miguel Cavada, guapo y con una mamá y unas hermanas muy bonitas, pero a ese decían que le olían los pies».

-Abuela -le preguntó su nieta en una carta-, ¿pero tú viste la revolución?

-No sé -dijo la abuela-. Yo en esos años me estaba casando.

Vamos perdiendo cosas en el camino. Algunas las olvidaremos con el tiempo, el afán de otras regresará siempre a buscarnos. Esas son las que importarán, después de todo.