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Silvia Tomasa Rivera. Poeta. Acaba de aparecer Vuelo de sombras, reunión de su obra poética previa con otros libros inéditos.

-Te amo, a ningún hombre he amado, lo sabes. íSabes todo sobre mí! Te lo conté para que no hubiera engaño que pudiera empañar nuestra unión.

-Estás equivocada. Yo no quiero compañía.

-No sabemos lo que queremos cuanto la soledad ha sido nuestra sombra.

-íLa soledad es mi fuerza! Por eso vivo aún, porque sólo tengo una espalda que cuidar.

Sergio Galindo

No voy a hablar de mi experiencia personal sobre este quizás no controvertido pero sí comprometido tema. Si lo hiciera, tendría necesariamente que hacer poesía sobre las primeras épocas del enamoramiento que dio paso al amor donde yo y todo el que siente y habla, ha dicho alguna vez a alguien que lo escucha con el alma en las manos, como una paloma a punto de ser enviada al universo de la voz:

«Quiero vivir contigo, casarme, huirme, hundirme o lo que sea, pero contigo». Si hablo del amor -sentimiento y albur- que debe ser el único causante de que dos gentes caigan en mutuas garras para sostener la comunión de costumbres y quehaceres que uno sólo no puede, por esa extraña causa que proviene de la necesidad que genera un elemento químico -no sé si detectable- adentro de uno mismo.

No quiero hablar de amor porque lo siento como un deseo latente, y uno escribe a distancia cuando añora lo que a veces parece una condena. «Estamos condenados a vivir juntos». ¿Es eso una pareja? Hay parejas de amantes, es decir, parejas que se aman, que se miran, que les gusta tocarse; y hay parejas que no tienen el AS bajo la manga del deseo, pero que juntos sobreviven el sueño de los otros, de los que un día se amaron y otro día tuvieron el valor para decir: «Ya no estamos a gusto, éste es un tiempo muerto».

Quien se queda a habitar

un tiempo muerto,

ya no tiene derecho

a sentir en su cuerpo

las aguas poderosas

que han vestido de luz

las tempestades.

Las parejas que no se aman y tienen que estar juntos por causas ajenas a los sentidos, se viven entre sí, como una deuda vitalicia. Ya nada les preocupa, porque a final de cuentas la conciencia (más ligada al pensamiento que al sentimiento), no nace del amor; otros son los puntos a los cuales se apega la conciencia, quizás al deseo de estar inmerso en un amor que nos haga olvidar por todas partes nuestros engorrosos problemas cotidianos. Error de la conciencia. El amor no hace olvidar nada, es uno mismo, solo, el que de línea en paz su territorio; y sabe dónde entra o no la persona que ama, si quiere conservar el amor como un río de agua fresca dentro y fuera de sí, y no como un arduo camino donde la sorda espina y la pregunta jamás tendrán respuesta: a menos que alguien ría como ignorando que la prueba de fuego del amor es el grito inaudible del silencio.

No hablaré de los que no se quieren: esa clase de dos que permanecen unidos como una ruina y otra en el centro del bosque, entre árboles que brillan y entrecierran las hojas. No hablaré de sus ojos ni de la tenue luz de las linternas que llevan en las manos como una carga inútil. No hablaré: los guardaré de a poco en la memoria como un cuento de amor donde no tienen vida los amantes. Tan sólo recordados como frutas jugosas de otro tiempo.

Voy a decir amor pensando en los rapaces. No hay historia que sirva, cada quien hace la suya propia, a veces lejos del amado en cuestión. Tiene que ser así, porque la historia hace sufrir de más a los amantes, y ya tenemos bastante con el tiempo real de sufrimiento.

¿Amantes en pareja?

¿Durmiendo juntos en un final de siglo

que amanece temblando de la azotea hasta el piso?

¿Amantes en pareja?

¿Y si empiezo a dudar de lo que he escrito,

como dudo de mí y de los poetas

que no aciertan la voz

para tocar el claro de la imagen?

A través de los tiempos, la imagen del amor se ha mantenido como una cascada inagotable; en ella abrevan los que tienen una idea cristalina del amor, como si éste fuera un sentimiento inexorable.

Idealizado por quien no podrá o se le dificultará concebir una pareja con pensamientos terrenales, el amor ha de quedarse solo como muchas veces ocurre en la mente o en el corazón del hombre. Cierto es que vivir en pareja es una sabia decisión (que debe ser tomada sobriamente). Pero ¿qué pasa con los que aman y están solos? Los que por una cosa u otra no se pueden relacionar aunque quisieran, porque hacen del amor un mito sin raíces y temen de por sí adentrar el alma en otro cuerpo que bien podría ser el cuerpo de un amante real, a cambio de la inutilidad del pensamiento sobre un amor etéreo. Por eso hay quienes viven el amor a ciegas y sienten la pareja o la idea de pareja como una amenaza: son los que han colocado el ideal del amor por encima de lo humano.

Y encima de los hombres

sólo podrán vivir sus pensamientos.

Ellos serán los que traigan

-entre un filtro de sombras-

la luz a tus pupilas.

Ellos serán los que te griten

en el río de la noche

que el amor es cosa de raíz

de raíces que viven en el otro.

Aquí no hay imposibles: lo que no puede ser, no es el amor. Sin embargo, hay historias que se viven como si fueran las palabras de otros. «Yo lo observé una vez, y sentí que en sus ojos estaba la verdad de mi conciencia». Pero ya dije que el amor no es conciencia, es un ideal eterno para todos, aunque algunos se toquen y se besen. El amor no es conciencia: es la necesidad de tener cerca a alguien que rebasa -por siniestra fortuna- el rostro del ideal.

 

Un comentario en “Aunque algunos se toquen y se besen