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CUADERNO NEXOS

Héctor Aguilar Camín. Escritor. Su último libro es Subversiones silenciosas.

I. CONVERSACION EN CARTAGENA

Cartagena de Indias, 15 de Junio 1994. En muchos círculos académicos, periodísticos y políticos de América Latina, el neoliberalismo ha dejado de ser una etiqueta para volverse un insulto, una desgracia, casi una epidemia el nuevo aleph del mal. Es, sin embargo, el nuevo silabario conque descifran y se disponen a estar en el mundo, uno tras otro, los 21 gobiernos de países iberoamericanos que se reunieron para debatir sus problemas de comercio e inversión, en la IV Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno.

El credo y la guayabera

Rehusando por primera vez el anacrónico uniforme verde olivo, en favor de una caribeña guayabera, incluso el comandante Fidel Castro trajo a esta cumbre la noticia de su primera privatización: la de la compañía y los servicios telefónicos de Cuba, firmada el día anterior con un grupo de empresarios mexicanos. El acto de más peso específico de la Cumbre fue lateral a ella y tuvo un inconfundible tufo neoliberal: la firma de los tratados de libre comercio entre Venezuela, Colombia y México, acto que hizo congratularse a Rafael Caldera, antiguo y nuevo mandatario venezolano, por el hecho de que México siguiera mirando hacia la América del Sur, luego de su inmersión en Norteamérica (Atajos de los tiempos: en materia de integración latinoamericana el camino más corto hacia el Sur pasa por el Norte.)

En medio del infecto auge neoliberal de las agendas gubernativas -un auge que no excluye la crítica sobre sus efectos sociales, pero que sostiene como ejes la liberalización económica y la liberalización política temas que la CEPAL frasea como «regionalismo abierto»- el doble negrito en el arroz fue el comandante Fidel Castro, reo impenitente de las culpas mayores que puede albergar el nuevo credo iberoamericano: cerrazón económica y dictadura política, núcleos del «socialismo de caricatura», como áspera e inesperadamente definió al sistema cubano Mario Soares, presidente de Portugal.

Una cena en la muralla

En el primer día de sesiones a puerta cerrada, con más rigor que cortesía, los presidentes de Uruguay, Argentina Venezuela, El Salvador, España y Portugal aludieron a la urgencia de una apertura política en la isla, como parte de su plena reincorporación al sistema interamericano. Al final de la ronda Castro aceptó la opción de replicar que le brindó el jefe del debate, César Gaviria, y hábilmente, se limitó a manifestar su extrañeza por la ausencia de respeto a las posiciones de los demás, así como por el hecho de que, en esa cumbre, dedicada a los temas de comercio y la inversión, no se hubiera hecho una sola mención del único bloqueo comercial que durante treinta anos se ha sostenido en el continente por motivos políticos: el bloqueo comercia de Cuba por los Estados Unidos.

No salió mal librado el comandante ese día, pero por la noche, durante la cena ofrecida al aire libre sobre la suntuosa muralla de Cartagena, agradeció la compañía exclusiva en una mesa ad hoc, de sus colegas menos desafines: el presidente de Colombia, César Gaviria, cuyo gobierno reanudó relaciones diplomáticas con la isla; el primer ministro de España, Felipe González, cuyos públicos desacuerdos con la rigidez política de Castro son parte de un viejo diálogo mutuamente convenido, y Carlos Sainas de Gortari, quien aparte de representar al único país del continente que nunca rompió con Cuba, un día antes se había manifestado, a la mexicana sin contundencia pero con claridad, contra el bloqueo comercial a Cuba.

Minicumbre

Bajo la guía de las preguntas de Gabriel García Márquez – portentoso habitante de Cartagena que circula por sus calles merolicas recibiendo saludos y pregones que van de «Adiós Don Premio» a «Bienvenido, ilustrísimo Doctor»- Fidel Castro, Felipe González, Gaviria y Salinas, iniciaron esa noche su propia minicumbre, que empezó a la iberoamericana separando en dos círculos estancos a hombres y mujeres.

Puestas a salvo del bombardeo las primeras damas, Salinas sugirió a García Márquez uno de los dos temas que ordenaron esa conversación en Cartagena: «Siempre le dicen a Castro lo que debe hacer, pero nadie le pregunta lo que va a hacer». Al final de la noche, bien entrada la madrugada, hubo una respuesta puntual para esa pregunta a la que volveré después. Pero antes, durante la cena sobre la muralla, dominó la conversación un intercambio sobre el conflicto de Chiapas.

Cavilación sobre Chiapas

Desde el día anterior, en La Habana, Castro había celebrado la inteligencia y la oportunidad de la negociación política ofrecida a levantamiento chiapaneco. Había subrayado la imposibilidad de una solución militar con la prensa internacional y las elecciones encima y mostrado su asombro por la rapidez conque la opinión mundial había hecho suya la causa indígena chiapaneca, atribuyéndolo a una especie de reacción acumulada por la bulla del Quinto Centenario. Durante la cena en la muralla, volvió sobre esos temas.

Mucho menos entusiastas se mostraron frente al hecho Felipe González y César Gaviria. El primero, por una cuestión de procedimientos democráticos: en su opinión, nada serio o democrático puede ni debe negociarse con un enmascarado. El segundo, por la desolada razón de la experiencia colombiana: las guerrillas no negocian, según Gaviria sólo ganan tiempo para seguir gerreando, y no entienden más lenguaje que el de la rendición o la guerra. Toda negociación es una posposición del conflicto en condiciones más duras, como lo demostró en Colombia la negociación intentada por Belisario Betancur, que sólo hizo más arduas y confusas las cosas después.

Salinas salpicó la conversación con apuntes que habría de reiterar en distintas charlas privadas durante el viaje: la guerrilla chiapaneca, en su opinión, estaba ganando tiempo y esperaría a ver el resultado de las elecciones de 94, para negociar, en todo caso, con el nuevo gobierno; si las elecciones de agosto salían bien, si el segundo lugar reconocía el triunfo del primero, entonces las posibilidades de negociación crecerían y las de una nueva insurrección, no. Lo esencial era, entonces, que las elecciones salieran bien, para lo cual su gobierno trabajaba buscando acuerdos y entregaría el poder a quien triunfe en las urnas.

El pueblo y el aparato

Al terminar la cena en la muralla, los conversadores habían vuelto sobre Cuba y su democratización, a la vez inaplazable e imposible. Para subrayar esto último, Castro preguntó cómo podía explicarle él al pueblo cubano que la revolución había terminado. Gaviria rehusó el argumento señalando que no era al pueblo a quien Fidel debía convencer, sino al aparato que el propio Castro había creado y en el que, a fin de cuentas, se sostenía. La cena había terminado, pero la conversación en muchos sentidos empezaba apenas, así que el ángel tutelar de García Márquez, que es el de la gracia, sugirió seguir la cosa en otro sitio, como hubieran seguido la parranda los políticos de otro tiempo. Y fueron al Hotel Hilton, donde se hospedaban todos los mandatarios, rehusaron la presencia de sus cancilleres, alguno de los cuales quiso colarse, y siguieron la parranda sin alcoholes como los políticos de este tiempo.

Amigos en capilla

Felipe González abrió la nueva tanda del más amistoso y melancólico de los modos. Le dijo a Castro que estaban entre amigos y que podían hablarle sin demasiados cálculos políticos porque los tres mandatarios presentes ahí iban a dejar muy pronto la escena política, probablemente antes que el propio Fidel: Gaviria en agosto, Salinas en diciembre y él mismo, González, en un tiempo más próximo que remoto. La derrota sufrida por el PSOE en las elecciones del parlamento europeo, celebradas tres días antes, no le imponían a González una crisis de gobierno, dijo, pero si revelaban una tendencia en el electorado español de la que habría que hacerse cargo más pronto que tarde. En ese ánimo, entonces, podían decirle, reiterarle: Cuba debe cambiar para sobrevivir y el único que puede hacer ese cambio en Cuba es Fidel Castro. ¿Por qué no hacerlo?

Así empezó la ronda de los desvelados del Hilton. Hablaron uno y luego el otro, argumentando la conveniencia de abrir Cuba dar señales de cambio, mensajes inequívocos que ayudaran a los amigos a abogar por Cuba contra el bloqueo norteamericano, contra el núcleo duro anticastrista de Mía, en favor de un tránsito pacifico del estancamiento a la actividad económica de la dictadura a la liberalización política del aislamiento a la reinserción de Cuba en el mundo iberoamericano.

La guerra contra el tiempo

En medio del bombardeo, no sé si como argumento de autoridad o como simple y súbita conciencia del tiempo, Castro recordó: «Llevo cuarenta y seis años en esto de la Revolución y la política», dijo, y repitió: «Cuarenta y seis». Salinas no había nacido, ni Gaviria. Y Felipe González era un crío andaluz perdido en la España amurallada de la posguerra. Como siempre, allá, hace cuarenta y seis años o seiscientos, empezaba un mundo y terminaba otro, y acá en Cartagena, cuarenta y seis años después, también.

Abrumado por la amistosa ofensiva de sus colegas -sólo tres más, acaso, en la larga lista que Castro ha visto pasar, incluyendo a Kennedy y a Jrushov, a Reagan y a Breshnev, a Mao, a Franco y a todos los presidentes y dictadores latinoamericanos de 1959 para acá-, Castro se dijo dispuesto a hacer la apertura económica de Cuba pero no, bajo ningún concepto, la apertura política «No voy a entregar la Revolución», dijo.

Uno se pregunta qué quedará por entregar de la Revolución Cubana, que no se hayan llevado el tiempo y la caída del socialismo real. Eso que queda cualquier cosa que sea no será entregado. Pero todo lo demás, al parecer, sí. Porque, como consta en estas actas privadas y en las muy públicas de la privatización de la telefonía cubana, el propio comandante es ya victima incipiente de la guayabera caribeña y la endemia neoliberal, y ha empezado a recitar de memoria por lo menos la mitad del credo abominable que imperó este año en las alturas de la Cumbre Iberoamericana.

II. RETRATO ANTES DE LA BATALLA

Con vértigo proteico, el primer semestre de 94 trajo a la vida pública de México lo que sexenios completos no habían traído. Primero, en enero, el rompimiento de la paz con el alzamiento de Chiapas. Luego, en marzo y abril, la evidencia de una crisis terminal en la seguridad pública con el asesinato de Luis Donaldo Colosio y la oleada de secuestros y violencias que azotó la república.

Finalmente, en mayo, a partir del debate de los candidatos presidenciales, el atisbo de una novedad democrática cuyas ondas refrescantes gobernaban el panorama político de México a la hora del inicio del Campeonato Mundial de Fútbol, tregua obligada de cerveza y televisión para nuestra obsesiva agenda pública.

Dos caras que no eran tres

Como la penicilina en organismos intocados por ella, el debate tuvo un efecto contundente sobre el cuerpo político. Arrojó como beneficio mayor un retrato claro, medible y medido por primera vez en la historia del país, de las preferencias de los votantes y las posibilidades de los contendientes en una elección presidencial.

El mundo de las encuestas de opinión en México ofrece tantas o tan pocas garantías como el de las elecciones, pero en el veredicto sobre las tendencias electorales, las coincidencias son más que las diferencias. Pueden resumirse en la idea final del análisis que la revista Voz y voto hizo de su propia encuesta nacional en la materia la moneda de las elecciones mexicanas está en el aire pero sólo tiene dos caras, el PRI y el PAN, y no tres, como habíamos creído hasta ahora, incluyendo al PRD.

Según el veredicto de las encuestas, la ventaja nacional del PRI es aún significativa el candidato de oposición que tiende al alza es el del PAN y las posibilidades del PRD se han tornado marginales, lo mismo en el campo que en la ciudad, y en sus antiguos bastiones irreductibles como el Distrito Federal o Michoacán.

Perfil de los registrados

La encuesta de Voz y voto fue hecha la siguiente semana del debate, con una muestra nacional representativa de los ciudadanos registrados en el padrón electoral. Arrojó un 48% de preferencias para el PRI, un 26% para el PAN y un 9% para el PRD, lo que representa con relación a las votaciones obtenidas por esos mismos partidos en 1991, una pérdida de 13% para el PRI, una ganancia de 9% para el PAN y una ganancia de menos de 1% para el PRD.

El leve aumento para el PRD significaría, según la revista, que una de las esperanzas mayores del perredismo el aumento copioso de su votación por la candidatura Cuauhtémoc Cárdenas, habría sido anulada por los efectos negativos del debate. (Según la medición de Voz y voto, coincidente en esto con otras, el perdedor neto debate fue Cárdenas, con sólo un 5% de preferencias el el público que lo presenció.) (Voz y voto. «Política y elecciones», núm. 16, junio 1994.)

La mirada regional

Otra encuesta de carácter no nacional pero con muestra representativa del voto urbano y rural, realizada quince días después en ocho estados de la república, por o diarios de credibilidad regional reconocida arrojó resultados similares, con descensos significativos para el PRI que obtuvo 41%, un leve aumento para el PAN con 29% y un leve descenso para el PRD, que recibió el 8.5%.

Esta encuesta ofreció cifras interesantes sobre pretendidos bastiones partidarios de la oposición y del priísmo, cifras interesantes por sí mismas de la intensidad conque se ha recompuesto el perfil electora de México o de la cabal ignorancia en que nos tenían sumidos la ausencia de mediciones y transparencias anteriores.

Bastiones perdidos

Por ejemplo, Mérida, reputado bastión panista, registró una encuesta realizada por el Diario de Yucatán, insospechable de proclividad oficialista, una ventaja para PRI de 34% contra un 20% del PAN.

Morelia, reputado bastión perredista resultó según la encuesta preferir al PRI con 31%, en seguida al PAN con 24% y sólo en tercer lugar al PRD, con 16%. Este último partido, heredero del cardenismo que fue el ganador neto de las elecciones en el Distrito Federal en 1988, resultó tener, según la encuesta, sólo el 11% de las preferencias electorales en 1994, mientras el PRI con el 34% y el PAN con 28% se disputaban cerradamente la hegemonía de la capital.

En una ciudad centra como Guadalajara, que el PRI ganó hace unos años en la elección de gobernador, la tendencia en favor del PAN había tomado ventaja con 37% contra un 34% que le quedaba al PRI. La ventaja del PAN sobre el PRI en Hermosillo era de 10 puntos y en Tuxtla Gutiérrez de 5 puntos. (Reforma, 15 y 16 de junio 1994. Doy las cifras redondeadas, sin las fracciones decimales, para facilitar su lectura.)

Votar y no votar

La novedad democrática registrada y documentada en los diarios a partir del debate, incluye otros rasgos significativos. Por ejemplo, una mejora sustantiva de la disposición a votar y a creer en las elecciones de 1994, si se las compara con las de 1988.

En 1988, el 72% de los encuestados dijo tener credencial de elector y dijo que probablemente iría a votar el 56%. En 1994, dijeron tener credencial el 92% de los encuestados y estar dispuestos a votar en un 90%.

Creer y no creer

La credibilidad en la limpieza de las elecciones parece haber crecido también. En 1988, el 59% de los encuestados decía no confiar en la limpieza electora y en 1994 sólo el 40%, porcentaje todavía alto, pero sustantivamente menor que seis años atrás.

Menos alentadora resulta la expectativa pública de unas elecciones pacificas. Cerca de la mitad de los encuestados en 1994 no cree que los partidos perdedores aceptarán su derrota, y un porcentaje similar juzga probable que se presenten hechos violentos a raíz de las elecciones. (Reforma, ibid.).

Con el vaso medio lleno

No obstante las inercias del descrédito y la incertidumbre, la novedad democrática persiste: por primera vez la sociedad mexicana tiene frente a sí un dibujo creíble, obtenido de ella misma, de las tendencias básicas de su elección presidencial; por primera vez, esa sociedad parece decidida a acudir a una elección en masa, a externar su veredicto y a creer en sus resultados; por primera vez parece no estar a merced de los fraudes oficiales, las denuncias de la oposición o las ocurrencias de los expertos.

No es suficiente, falta la elección y lo que se le ocurra al mago de la siniestra chistera que ha ensombrecido este semestre. Pero tampoco es despreciable y, en todo caso, es mucho más de lo que hubiéramos aceptado como posibilidad real hace dos meses.

México DF, 21 de junio de 1994